Juan Amancio Rodríguez García (Espagne)
El final rojo
Habían mirado la luna y decían que no iba a llover, y que eso era bueno para cosechar el girasol, pero que era malo para el maíz y la sementera. Nadie sabía qué viejo lo había dicho, porque la gente hablaba de los viejos en general, y entonces era como un rumor caído del cielo, que vagaba por las calles, carraspeándose después de todo el verano polvoriento hasta que saltara una chispa y quemara todos los campos resecos, el girasol, las rastrojeras, todo menos el maíz verde verde. Porque aquí ya nadie quemaba adrede las rastrojeras. Siempre habían sido tan sólo cuatro mendrugos que habían oído de no sé quién de sus padres que era bueno para la sementera, pero la mayoría decía que lo bueno era no quemar, que dejar el rastrojo para codorniz, y luego arar y que aricar y mezclar y que eso sería como abono, y encima vinieron unos ingenieros de la Junta a dar unas charlas y dijeron eso, también. Y aunque no hubiese verdín, también era bueno para las perdices no quemar los campos. Aunque ya no eran de aquí, las traían para los catalanes de por ahí de un criadero, y las echaban al campo. Y así estaban de apanarradas como las palomas de las ciudades, que casi se las podía coger del cuello desde la ventanilla del coche sin que te viesen los guardas, y los catalanes pum pum como dispararle a un minusválido a bocajarro, estúpidas perdices, como los patos de plástico esos de las ferias de dispararlos. Pero yo me ganaba un dinero. Merecía la pena al menos porque el viernes a última hora el maestro me dejaba salir veinte minutos antes porque mi jefe se lo dijo al jefe de estudios, aunque no era mi padre, y salía de clase y dejaba atrás el estiércol de las deportivas de mis compañeros, y todos aquellos granos a punto de salpicarnos a todos, porque yo estaba siempre en el campo, la piel curtida, la vista en las lomas. Entonces corría de allí y yo no miraba, yo sólo oía el instituto a mis espaldas, y las manos blancas y rosadas frotándose, pero cada vez más bajo, y cada vez más alto el sonido de mis deportivas de estiércol. Me llegaba al hotel, y mi madre me dejaba allí siempre mi navaja de cachas de asta de ciervo porque en el instituto no dejan, y un bocadillo de tortilla o de lomo porque luego la cena sí que me la daban en el hotel, y me fumaba un pito. Me bajaba al garaje y sacaba los todoterreno a la trasera aunque no tenía el carnet ni nada y cómo rugían, y la manguera aunque estaban casi limpios porque se lavan antes de guardarlos, pero siempre tienen algo de polvillo. Luego los metía de nuevo, para que los catalanes no notasen que lo hacíamos por ellos porque decía el jefe que tenía que parecer que aquí éramos siempre tan limpios como en Cataluña y esas cosas. Pero ellos no eran tan limpios, muchas veces quité yo colillas de las alfombrillas de los coches. Pero aquí tampoco, porque no teníamos los coches siempre impecables, y yo sé que las chicas hacen cosas y se manchan las manos, ahí rosadas y blancas como un topillo de graciosas cogiendo el boli, y luego sueltan el boli y se quedan ahí como muertas sobre la mesa y a veces mueven ahí un dedo raspando con la uña sobre la mesa, y luego a veces las juntan ahí y rozan las yemas y luego vuelven a coger el boli, sin escuchar al maestro, ni a la chica, como si estuviesen a punto de separarse de las muñecas y echarse ahí a descansar solas sobre la mesa, como en una película muy vieja que nos puso un maestro. Luego abren la farmacia y voy y compro un montón de condones, porque dice el jefe que hay que hacer bien las cosas que hay que hacer bien, que a saber de dónde traen las putas sus condones, y los coloco en el cajón de cada habitación, con un juego de toallas especiales y relleno el mueble bar, aunque luego por la noche yo ya no atiendo si necesitan algo. Luego voy al almacén y cojo las espuertas y las sacudo, porque aquí cada catalán llena él sólito una espuerta de perdices, es como darle a un paralítico a bocajarro, y las llevo al garaje y las meto en los coches, y también las cananas, los cartuchos y los colgaderos por si se necesitan, aunque cada uno trae los suyos. Entonces llega a la trasera una furgoneta y se abre la puerta de un lado y bajan unas putas que el jefe no nos dice de dónde las trae exactamente para que sea todo más discreto, pero porque todos los del hotel irían a darles las buenas noches aunque trabajasen en un club a 500 kilómetros. Y yo las miro sólo un poco porque se suben rápido a las habitaciones a cambiarse y ponerse muy putas, aunque decimos que no las hace falta, y ya se quedan allí todo el fin de semana, aunque el recepcionista de la noche dice que a veces ve a alguna por el pasillo en bragas de habitación en habitación. Pero es mejor no hacer nada, porque yo casi perdí el trabajo por las putas, porque yo estaba en el hall recostado tan chulo con mi pito en la boca allí hablando con dos o tres, y llegaron los catalanes con sus maletas y todo, y con unas mujeres muy feas y gordas que parecían travestis de tercera, y yo dije en alto que qué feas eran esta vez las putas, y luego tuve que ir después de la cena cuando el postre al salón y pedir disculpas allí delante de todas aquellas cotorras catalanas maquilladas y con collares de perlas, que había sido un chiste y que yo tenía problemas en el instituto, que me iban a echar y que el jefe también, y terminé y ellas siguieron a lo suyo hablando en catalán con sus maridos, pero el jefe a mí no me echó porque a los maridos en el fondo también les hizo gracia, y ellas no iban a venir nunca, y si venían otra vez pues yo me escondería, y que el jefe sabía que no iba a encontrar en todo el pueblo ni en toda la Mancha un ojeador como yo, como un auténtico perdiguero de Burgos. Luego llegaban los catalanes con sus bemeuves y los carros llenos de pointers y bracos asfixiados, y los soltaba yo un poco por las traseras y los echaba el pollo crudo. Y cuando le conté a mi padre que casi me echan, mi padre dijo que si no estuviese paralítico por aplastarse con el tractor ya me enseñaría él un trabajo de verdad y no eso de andar de aquí para allá para esos catalanes, que yo iba a poder cazar mis propias perdices en mis propias tierras, y yo le dije que ahora sólo teníamos un cornijal de cardos porque lo habíamos vendido todo para pagar la casa y los médicos, pero que mejor que esporrinar ajos o la vendimia, y que así yo no le pediría dinero, y él que sí, pero que era mejor arar uno sus propias tierras, y sembrarlas, cosecharlas y quemarlas en septiembre, y luego sembrarlas de nuevo porque ya no había que esperar a que la sementera se pudriera, que siempre era mejor quemar, pensaba mi padre. Entonces cenaba algo parecido a los catalanes. Si a ellos les echaban un entrecot con salsa de no sé qué, a mi me echaban otro bien gordo a la plancha, y me lo comía en la cocina con el cocinero y el pinche, y hablábamos de las putas y esas cosas, y luego me echaba un pito y me iba a casa para dormir bien porque el sábado a las seis había que levantarse, porque como era privado los catalanes cazaban el día que querían y abrían y cerraban la veda cuando querían, menos cuando criasen las perdices, aunque criar criar criaban pocas, porque las traían de fuera, pero el jefe no quería decir de dónde para que nadie supiese si eran buenas o no, y así él siempre decía que eran muy buenas, aunque estaban totalmente apanarradas, se podían cazar a patadas. Y yo cogía del armario que fue de mi abuelo mis botas de campo y las echaba grasa de caballo con la camisa vieja de Iron Maiden que llevaba mi hermano antes de la droga, y luego las cepillaba, y me iba al baño y me lavaba los pies en el bidé de mamá con ese olor a ciervo recién muerto, porque no quería echar a perder mis botas igual que siempre echaba a perder todas las deportivas, y luego al volver del campo las lavaba y cepillaba, y yo metía los pies en un barreño con sal, y veía allí las botas dobladas y cepilladas crujiendo por volver en sí. Luego yo empujaba el carro y yo sacaba los perros y los metía en el carro, y sacaba los todoterreno y enganchaba el carro con los perros en uno de ellos, y luego se levantaban los catalanes y desayunaban el pan tumaca, y ayudaba al cocinero a guardar todas las viandas y las cacerolas y las guijas y todo para las migas y las gachas, y los pellejos de cabra y el posete. Y luego ya nos marchábamos, y por el camino yo me desataba las deportivas, pero no llegaba a quitármelas en el coche por los catalanes, y cuando llegábamos al coto yo me echaba a un lado y me cambiaba de calzado, y frotaba un poco más mis botas con el parche del Edy. Entonces ellos se tomaban otro piscolabis y preparaban las escopetas y yo me iba ya con Paco a ojear hacia el oeste, y dejaban al cocinero preparar el tinglado para las gachas y las migas y los galianos y ellos se iban a las posturas desde el claro de las encinas, al sureste. Y Paco y yo andábamos dos o tres horas rondando las perdices hacia donde los comederos de los guardas, hasta que encontrábamos una bandada y las rodeábamos para que diesen al sureste que de allí venía el viento y eso era bueno porque así olían a los catalanes y se ponían nerviosas decía Paco, y así las dábamos nosotros una y otra vez hasta enderezarlas al sureste durante dos horas, y ellos en cinco minutos se las cargaban a la caída de la loma de las encinas, pero nosotros nos quedábamos al otro lado de la loma descansando esperando que nos silbasen para volver a otra tanda, y volvíamos al noroeste a rondar otra bandada. Paco y yo y otros, y así se echaba la mañana, con dos o tres bandadas, y luego a comer al campamento, pero había uno que no había casi llenado su espuerta y que ni el secretario ni los perros se las cobraban decía, y decía que fuesen a buscarle otra bandada, y Paco que es el jefe pues me mandó a mí sólo porque puedo sólo y eso no lo hace en toda la Mancha nadie más que yo, dicen los cazadores. Entonces cogí camino del viento al noroeste, subí la loma de los carrascos y bajé a las rastrojeras camino de las lomas esas rojas de carrascos, y cuando daba con un girasol rodeaba por no pisarlo, pero yo no sé por qué pero las perdices no estaban, así que pensé llegarme a las lagunas a ver si por allí por lo menos veía aunque fuese unos patos, y di con una bandada de perdices y se la llevé al catalán, y a la caída del otero yo oía los disparos de las posturas de la vaguada, pero no debió dar a muchas porque empezó a silbar y a gritar que fuese por otra bandada, y me puse a caminar hacia las lagunas, porque a mitad de camino la bandada se habría dividido y por allí andaría. Pero me senté un rato a la sombra de un almendro, abrí el morral y saqué el bocadillo de tortilla. Estaba blandengue, quité el papel de plata hasta la mitad y hasta la mitad me comí, lo guardé y saqué la cantimplora y eché un trago, y luego un pito y me supo todo a gloria, lo que habría dado por meter los pies en agua tibia con sal. Luego volví a andar cogiendo en sesgo por el borde del sabinar porque las perdices me daba que habían tirado para el sur. Atravesé el sabinar y volví a las rastrojeras y al rato di con ellas pero las hice rodear el sabinar porque ahí se extravían, así que tardé el doble por las rastrojeras, y el catalán estaría de los nervios con sus secretarios, aunque digo yo que alguien le habría llevado las migas y estaba allí sentado tan a gusto, y qué mal sienta andar con el estómago recién cargado, y si no has tomado el café con toda la cuadrilla. Y el catalán volvió a disparar y a pedir desde el otro lado del otero desde la vaguada otra tanda, pero con otra voz, así que ya era otro catalán pero con ese asqueroso acento de mierda, pero él no tenía la culpa, yo no voy a decir eso porque él digo yo que preguntaría y le dirían que yo no me cansaba que no se preocupase, aunque seguramente él lo preguntó como una zorra zalamera presionando como hacen los catalanes con suavidad los jodíos retorcidos, y le dirían que yo llevaba agua y comida y que yo podía andar mucho y que yo quería trabajar mucho y ganar mucho porque fuera de Cataluña también se trabaja diría el jefe, pero sin decirlo directamente, que él es tan listo como ellos. Y era verdad, porque yo ya lo había hecho muchas veces, de siete de la mañana hasta el anochecer andando y andando doce o trece horas seguidas, y el jefe me pagaba muy bien y todos sabían que yo era el mejor ojeador de todo Campo de Montiel, y a veces pensaba que ojalá siguiésemos después de anochecer y ellos se cansaran allí sentados en la postura y yo no. Pero no sé por qué empecé a pensar, el estómago empezó, empecé a pensar en la gente, el estómago empezó a pensar en la gente del pueblo, allí los compañeros preparándose para salir, pero a mí eso no me daba envidia porque yo no lo hacía porque no quería porque no me lo pasaba bien, pero eso no era, porque mientras pensaba en el pueblo viéndolos como unos imbéciles pensando sólo en salir, el estómago pensaba en algo que se reía de mí y que se iba acercando hasta hacerme sentir imbécil por reírme de los del pueblo pensando en salir. Pensé en las manos pequeñas y blancas que yo veía junto a mí en clase, y vi que estaban manchadas y no era yo, y entonces algo hacía que ella no fuese en el fondo tan zorra por hacer esas cosas porque ni siquiera se daba cuenta de que se había manchado, y a mí me daban ganas de vomitar subiendo y bajando oteros, por esa cosa silenciosa de las manos que nadie podía manchar, ni siquiera ella misma por muy puta que se empeñase en llegar a ser, y yo iba a vomitar porque aquello se echaba a perder igual que yo me perdía entre los oteros hacia el oeste por mucho que caminase, sin buscar ya perdices y pensar en el puesto de tiro, hasta que estaba tan cansado que me he sentado en medio de un barbecho rojal, y luego me he tumbado pegado al calor del suelo del anochecer porque el viento ya venía fresco del noroeste y se me metía entre el morral y el chaleco hasta los riñones. Y luego en mamá abrigando y cuidando de papá, y el bocadillo por la mitad, pero no podía comer aunque es lo que debería haber hecho por mamá que me preparó el bocadillo. Y luego otra vez en el sol escondiéndose y en los de mi clase preparándose para salir, y en las manos blancas como si no se hubiesen dado cuenta. Y me he tumbado boca arriba y he encendido otro pito, luego otro y otro y los he ido tirando cada vez más lejos hasta que uno ha caído fuera del barbecho en las rastrojeras y al principio así tumbado desde abajo parecía un trozo más del horizonte rojo, pero luego me ha llegado el olor y el sonido crujiente del fuego y he estado a punto de salir corriendo, pero luego he pensado que allí no iba a quemarme, aunque por qué iba yo a quemar los campos, pero que por qué iba yo también a apagarlos si ya estaban ardiendo, ni a levantarme a pisar los rastrojos y las aliagas secas antes de que fuera tarde, y he sacado la navaja y he hurgado en los terrones y he empezado a mirar en la hoja el reflejo del fuego y del horizonte, y así todo el tiempo hasta las sirenas, cuando me han preguntado si estaba bien, y entonces he pensado que mi padre sí que estaría bien viendo cómo se quemaba todo el término incluido ese miserable triángulo de cardos borriqueros que ni siquiera yo sabía dónde estaba exactamente. Y luego más sirenas y barullos y yo todavía tumbado entre las piernas de la gente mirándome desde arriba, y me he imaginado a papá en su silla de ruedas viendo el fuego desde la ventana, y me he empezado a tronchar de risa tanto que retumbaba la tierra, aquel viejo minusválido con su cara arrugada temblando, muerto de miedo con la boca abierta y sujetándose las gafas, viendo cómo, que hoy todavía se queman las rastrojeras.
Así que digo yo que fui el que quemó los campos.
Le final rouge
Ils avaient regardé la lune et ils disaient qu’il n’allait pas pleuvoir, et que ça c’était bon pour moissonner les tournesols mais que c’était mauvais pour le maïs et les semailles. Personne ne savait quel vieux avait dit ça, parce que les gens parlaient des vieux en général, et alors c’était comme une rumeur tombée du ciel qui parcourait les rues en se raclant la gorge après tout un été de poussière, jusqu’à ce que jaillisse une étincelle et que tous les champs desséchés se mettent à brûler, les tournesols, les chaumes, tout sauf le maïs vert vert. Parce qu’ici plus personne ne pratiquait le brûlis. Ça n’avait jamais été le fait que de trois ou quatre vieux croûtons qui avaient entendu dire par je ne sais qui que leurs parents soutenaient que c’était bon pour les semailles, mais la majorité disait que ce qui était bon, c’était de ne pas brûler, qu’il valait mieux laisser les chaumes pour les cailles, et ensuite labourer, qu’il valait mieux faire un léger labour et tout mélanger et que c’était comme de l’engrais, et en plus des ingénieurs de la Direction Régionale étaient venus faire quelques conférences et ils avaient dit ça, eux aussi. Et même s’il n’y avait pas de regain, c’était bon aussi pour les perdrix de ne pas brûler les champs. Même si elles n’étaient plus d’ici, on en apportait pour les Catalans, de là-bas, d’un élevage, et on les lâchait dans les champs. Et c’est pour ça qu’elles étaient aussi peu farouches, comme les pigeons des villes, on pouvait même les attraper par le cou par la fenêtre de la voiture sans être vu par les gardes, et les Catalans poum, poum comme s’ils tiraient sur un invalide à bout portant, perdrix stupides, comme ces canards en plastique à la foire, au stand de tir. Mais moi je me faisais un peu d’argent. Ça valait la peine au moins parce que le vendredi le prof me laissait sortir vingt minutes plus tôt parce que mon chef l’avait demandé au directeur, bien qu’il ne soit pas mon père, et je quittais la classe et je laissais derrière moi le fumier des basquets de mes camarades, et tous ces boutons sur leur figure sur le point d’éclater et tous nous éclabousser, parce que moi j’étais toujours dans les champs, la peau tannée, le regard tourné vers les collines. Alors je sortais de là en courant sans me retourner, je n’avais plus que les bruits du lycée derrière moi, et les mains blanches et roses qui se frottaient l’une contre l’autre, mais de plus en plus loin, et de plus en plus fort le son de mes basquets pleines de fumier. J’arrivais à l’hôtel, et ma mère me laissait toujours là-bas mon couteau avec son manche en bois de cerf parce qu’au lycée on n’a pas le droit, et un sandwich à l’omelette ou à la viande de porc parce qu’après, le dîner, c’est à l’hôtel qu’on me le servait, et je fumais un clope. Je descendais au garage et je sortais les 4x4 en marche arrière même si je n’avais pas le permis ni rien et il fallait les entendre rugir, et le tuyau d’arrosage même s’ils étaient presque propres parce qu’on les lave avant de les ranger, mais il y a toujours un peu de poussière. Après je les rentrais à nouveau, pour que les Catalans ne remarquent pas qu’on le faisait pour eux parce que le chef disait qu’il fallait montrer qu’ici on était aussi propres qu’en Catalogne et tout ça. Mais eux ils n’étaient pas si propres que ça, j’ai souvent enlevé des mégots des tapis de sol des voitures. Mais ici non plus, parce que les voitures n’étaient pas toujours impeccables, et je sais que les filles font des choses et se salissent les mains, roses et blanches, gracieuses comme de petites taupes, elles saisissent le stylo, et ensuite elles lâchent le stylo et elles restent là comme mortes sur la table et quelquefois elles se mettent à bouger un doigt et grattent avec l’ongle sur la table, et ensuite quelquefois elles les joignent et se frôlent le bout des doigts et ensuite elle reprennent le stylo, sans écouter le prof, ni la fille, comme si elles étaient sur le point de se détacher des poignets et de s’allonger pour se reposer seules sur la table, comme dans un très vieux film que nous avait passé un prof. Après, c’est la pharmacie qui ouvre et je vais acheter un tas de capotes, parce que le chef dit qu’il faut bien faire les choses, qu’il faut les faire bien, allez savoir d’où elles les sortent leurs capotes, les putes, et je les place dans le tiroir de toutes les chambres, avec un jeu de serviettes spéciales et je remplis le mini bar, mais le soir je ne m’occupe plus d’eux s’ils ont besoin de quelque chose. Après je vais au magasin et je prends les cabas et je les secoue, parce qu’ici chaque Catalan remplit à lui tout seul un cabas de perdrix, c’est comme tirer sur un paralytique à bout portant, et je les porte au garage et je les mets dans les voitures, et aussi les cartouchières, les cartouches et les porte-gibiers au cas où ils en auraient besoin, mais en fait chacun apporte les siens. Ensuite une fourgonnette arrive en marche arrière, on ouvre la porte d’un côté et les putes descendent, le chef ne nous dit pas où il va les chercher, soi-disant pour que tout soit plus discret, mais en fait parce que tous les gars de l’hôtel iraient leur souhaiter une bonne nuit même si elles travaillaient dans un club à 500 kilomètres de là. Et moi je les regarde juste un peu parce qu’elles montent rapidement dans les chambres pour se changer et se rendre très putes, mais nous, ce qu’on dit, c’est qu’elles n’en ont pas besoin, et elles restent là tout le week-end, mais le réceptionniste de nuit dit que parfois il en voit une dans le couloir en culotte qui passe de chambre en chambre. Mais il vaut mieux ne pas se mêler de ça, parce que j’ai failli perdre mon travail à cause des putes, parce que j’étais dans le hall bien installé, tout fier, clope au bec, à parler avec deux ou trois autres, et les Catalans sont arrivés avec leurs valises et tout, et avec des femmes très moches et grosses qui ressemblaient à des travestis de troisième catégorie, et moi j’ai dit à voix haute qu’est-ce qu’elles sont moches cette fois les putes, et après il a fallu que j’aille, après le dîner, au moment du dessert, présenter mes excuses au salon, là-bas devant toutes ces perruches catalanes maquillées, avec leurs colliers de perles, leur dire que j’avais fait une blague et que j’avais des problèmes au lycée, qu’on allait me mettre dehors et le chef aussi, et quand j’ai terminé elles ont continué à parler en catalan avec leurs maris comme si de rien n’était, mais le chef ne m’a pas viré parce que les maris, au fond, ça les a bien amusés et du coup elles ne reviendraient pas, et si elles revenaient et bien je me cacherais, et le chef savait qu’il ne trouverait pas dans tout le village ni dans toute la Manche un rabatteur comme moi, un authentique chasseur de perdrix de Burgos. Après, les Catalans arrivaient avec leur béèmevé et les remorques pleines de pointers et de braques asphyxiés, et je les lâchais un peu derrière l’hôtel et je leur jetai du poulet cru. Et quand j’ai raconté à mon père que j’avais failli me faire renvoyer, mon père m’a dit que s’il n’avait pas été paralysé à cause du tracteur qui lui avait roulé dessus, lui, il m’aurait appris un vrai travail et pas ces histoires de fais ci ou fais ça pour ces Catalans, que j’aurais pu chasser mes perdrix à moi sur mes terres à moi, et je lui ai dit que maintenant nous n’avions plus qu’un coin de chardons parce que nous avions tout vendu pour payer la maison et les médecins, mais que c’était mieux que la culture de l’ail ou les vendanges, et comme ça je ne lui demanderais pas d’argent, et lui, d’accord, mais que c’était mieux de labourer ses propres terres, et les semer, récolter et les brûler en septembre, et ensuite les ensemencer à nouveau parce que n’avait plus à craindre que les semailles pourrissent, qu’il valait toujours mieux brûler, il pensait, mon père. Après, je dînais à peu près comme les Catalans. Si on leur servait une entrecôte avec je ne sais quelle sauce, on m’en servait une bien épaisse à moi aussi mais grillée, et moi je la mangeais dans la cuisine avec le cuisinier son aide, et on parlait des putes et de tout ça, et après je fumais un clope et je rentrais à la maison pour bien dormir parce que le samedi il fallait se réveiller à six heures, parce que comme c’était une réserve privée les Catalans chassaient le jour qu’ils voulaient et ils faisaient l’ouverture et la fermeture quand ils voulaient, sauf en période de reproduction des perdrix, bien que pour ce qui est de se reproduire, se reproduire vraiment, c’était pas vraiment ça, parce qu’on les apportait d’ailleurs, mais le chef ne voulait pas dire d’où elles venaient pour que personne ne sache si elles étaient bonnes ou non, et comme ça il disait toujours qu’elles étaient très bonnes, mais c’étaient des perdrix de basse-cour, on pouvait les chasser à coups de pieds. Et moi je sortais de l’armoire qui avait appartenue à mon grand-père mes gros souliers montants et je les passais à la graisse de cheval avec le vieux T shirt de Iron Maiden que portait mon frère avant de tomber dans la drogue, et ensuite je les brossais, et j’allais dans la salle de bains et je me lavais les pieds dans le bidet de maman, ça sentait le cerf qui vient de mourir, parce que je ne voulais pas abîmer mes souliers comme j’abîmais toujours toutes les basquets, et ensuite quand je revenais des champs je les lavais et je les brossais, et moi je mettais les pieds dans une bassine avec du sel, et là je voyais les souliers pliés et brossés qui craquaient pour reprendre leur forme. Après, je poussais la remorque et je sortais les chiens et je les mettais dans la remorque, et je sortais les 4x4 et j’accrochais la remorque avec les chiens à l’un des 4x4, et ensuite les Catalans se levaient et prenaient leur petit déjeuner, leur pain à la tomate, et j’aidais le cuisinier à ranger toute la nourriture et les casseroles et les petites fèves de gesse et tout pour faire les migas1 et les gachas2, et les outres de peau de chèvre et le tabouret pliant. Et après on partait, et en chemin je détachais mes basquets, mais je ne les enlevais pas complètement à cause des Catalans, et quand on arrivait à la réserve je me mettais à l’écart et je changeais de chaussures, et je frottais encore un peu mes souliers avec le T shirt d’Edy. Alors eux reprenaient un casse-croûte et préparaient les fusils et moi je partais déjà avec Paco pour jeter un coup d’œil vers l’ouest, et ils laissaient le cuisinier préparer son bazar pour les gachas et les migas et les galianos3 et eux partaient vers les affûts à la lisière des chênes verts, au sud est. Et Paco et moi on marchait pendant deux ou trois heures à chercher les perdrix, jusqu’aux mangeoires installées par les garde-chasses, jusqu’à ce qu’on en trouve une volée et on l’encerclait pour qu’elle se dirige vers le sud est, parce que le vent venait de là-bas et c’était bien parce que comme ça elles sentaient les Catalans et elles s’énervaient disait Paco, et comme ça on les poussait devant nous encore et encore jusqu’à ce qu’elle prennent le chemin du sud est pendant deux heures, et eux en cinq minutes ils leur faisaient leur affaire au bas de la colline des chênes verts, mais nous on restait de l’autre côté de la colline pour se reposer en attendant qu’on nous siffle pour qu’on retourne chercher une autre volée, et on repartait vers le nord est chercher une autre volée. Paco et moi et d’autres, et la matinée passait comme ça, avec deux ou trois volées, et ensuite repas au camp, mais il y en avait un qui n’avait presque pas rempli son cabas et ni le secrétaire ni les chiens n’arrivaient à les attraper, qu’il disait, et il demandait qu’on retourne chercher une autre volée, et Paco qui est le chef et bien c’est moi qu’il a envoyé, tout seul, parce que je peux le faire tout seul et ça il n’y a que moi qui puisse le faire dans toute la Manche, disent les chasseurs. Alors j’ai suivi le vent en direction du nord est, j’ai gravi la colline aux petits chênes et je suis descendu vers les chaumes en direction des collines rouges, couvertes de petits chênes et quand je tombais sur un tournesol je faisais un détour pour ne pas l’écraser, mais je ne sais pas pourquoi, les perdrix n’étaient pas là, alors j’ai eu l’idée d’aller voir vers les lagunes au cas où il y aurait au moins des canards, et je suis tombé sur une volée de perdrix et je les ai poussées vers le Catalan, et d’en bas, j’entendais les coups de feu des affûts nichés entre les collines, mais il n’a pas dû en descendre beaucoup parce qu’il a commencé à siffler et à me crier d’aller en chercher d’autres, et je me suis mis en marche vers les lagunes, parce qu’à mi-chemin la volée avait dû se séparer et elle devait se trouver par là. Mais je me suis assis un moment à l’ombre d’un amandier, j’ai ouvert mon sac et j’ai sorti le sandwich à l’omelette. Je me sentais un peu faible, j’ai enlevé le papier d’aluminium jusqu’à la moitié et j’ai mangé mon sandwich jusqu’à la moitié, je l’ai rangé et j’ai sorti la gourde et j’ai bu une gorgée, et ensuite un clope et tout ça m’a fait un bien fou, ce que j’aurais donné pour mettre les pieds dans de l’eau tiède et salée. Après j’ai repris ma marche, coupant en biais par le bord du champ de genévriers parce que j’avais idée que les perdrix étaient parties vers le sud. J’ai traversé le champ de genévriers et je suis revenu vers les chaumes et au bout d’un moment je suis tombé sur elles mais je leur ai fait faire le tour du champ de genévriers, parce que là-dedans elles se perdent, du coup j’ai mis deux fois plus de temps par les chaumes, et le Catalan devait être à bout de nerfs avec ses secrétaires, mais je me suis dit que quelqu’un avait dû lui apporter les migas et il devait être là-bas assis bien à son aise, et que c’est désagréable de marcher quand on vient juste de manger et qu’on n’a pas pris le café avec toute l’équipe. Et le Catalan a recommencé à tirer et à demander depuis l’autre côté de la colline, du fond de son affût, une autre volée, mais avec une autre voix, c’était donc maintenant un autre Catalan mais avec cet accent écœurant de merde, mais ce n’était pas de sa faute, ce n’est pas ce que je veux dire, parce que je pense qu’il avait dû demander et on avait dû lui répondre que je ne me fatiguais pas, qu’il ne se fasse pas de souci, mais il devait sûrement le demander en simulant l’inquiétude, en insistant comme le font les Catalans, tout en douceur ces putains de tordus, et on avait dû lui dire que j’avais à manger et à boire et que je pouvais marcher beaucoup et que je voulais travailler beaucoup et gagner beaucoup parce que les gens travaillent aussi ailleurs qu’en Catalogne avait dû dire le chef, mais sans le dire directement, parce qu’il est aussi rusé qu’eux. Et c’était vrai, parce que je l’avais déjà fait souvent, il m’était arrivé de marcher de sept heures du matin jusqu’à la tombée de la nuit, marcher et marcher douze ou treize heures de suite, et le chef me payait très bien et tout le monde savait que j’étais le meilleur rabatteur de tout le Campo de Montiel, et quelquefois je pensais si seulement on continuait après la tombée de la nuit et qu’eux se fatiguent, assis là-bas dans leur affût et pas moi. Mais je ne sais pas pourquoi, j’ai commencé à réfléchir, l’estomac a commencé, j’ai commencé à penser aux gens, l’estomac a commencé à penser aux gens du village, là-bas les copains qui se préparaient pour sortir, mais pour ça, moi, je ne les enviais pas, parce que si je ne le faisais pas c’était parce que je ne voulais pas, parce que ça ne m’amusait pas, mais ce n’était pas ça, parce que pendant que je pensais au gens du village, les voyant seulement comme des imbéciles qui ne pensaient qu’à sortir, l’estomac pensait à quelque chose qui se moquait de moi et qui s’approchait jusqu’à me faire sentir comme un imbécile parce que je me moquais de ceux du village qui pensaient à sortir. J’ai pensé aux mains petites et blanches que je voyais près de moi en classe, et j’ai vu qu’elles s’étaient salies et ce n’était pas moi, et alors quelque chose disait qu’elle n’était pas si garce, dans le fond, si elle faisait ces choses-là, parce qu’elle ne se rendait même pas compte qu’elle s’était salie, et moi j’avais envie de vomir à monter et à descendre des buttes, à cause de cette chose silencieuse des mains que personne ne pouvait tacher, pas même elle, même si elle s’obstinait à devenir la pire des putes, et moi j’allais me mettre à vomir parce tout ça allait mal finir comme j’avais du mal à en finir avec ces buttes en direction de l’ouest même si je marchais beaucoup, sans plus chercher désormais de perdrix ni penser au poste de tir, jusqu’au moment où j’ai ressenti une telle fatigue que je me suis assis au milieu d’un terrain broussailleux rougeâtre, et ensuite je me suis allongé, collé à la chaleur du sol au crépuscule parce que le vent qui venait du nord est était déjà frais et se glissait entre le sac et le gilet jusqu’à mes reins. Et ensuite à maman qui couvrait papa et s’occupait de lui, et le sandwich à moitié mangé, mais je ne pouvais pas manger même si c’était ce que j’aurais dû faire pour maman qui m’avait préparé le sandwich. Et ensuite encore au soleil qui se cachait et aux copains de ma classe qui se préparaient pour sortir, et aux mains blanches comme si de rien n’était. Et je me suis allongé sur le dos et j’ai allumé un autre clope, ensuite un autre et un autre et je les ai jetés de plus en plus loin jusqu’à ce que l’un d’eux tombe hors du champ en jachère, dans les chaumes, et au début, comme ça allongé, vu d’en bas, ça ressemblait à un autre morceau de l’horizon rouge, mais après l’odeur est arrivée jusqu’à moi et le craquement du feu et j’ai failli partir en courant, mais après j’ai pensé que là où j’étais je ne risquais rien, et puis pourquoi est-ce que j’irais brûler les champs, et puis aussi pourquoi je devrais les éteindre s’ils étaient déjà en train de brûler, ou me lever et piétiner les chaumes et les ajoncs secs avant qu’il ne soit trop tard, et j’ai sorti mon couteau et j’ai creusé dans les mottes de terres et j’ai commencé à regarder sur la lame le reflet du feu et de l’horizon, et comme ça tout le temps jusqu’à l’arrivée des sirènes, quand on m’a demandé si j’allais bien, et alors j’ai pensé que mon père oui, lui devait aller bien en voyant brûler tous les champs de la commune y compris ce misérable triangle de chardons aux ânes que personne, pas même moi je savais exactement situer. Et après encore plus de sirènes et de boucan et moi toujours allongé entre les jambes des gens qui me regardaient de haut, et j’ai imaginé papa dans sa chaise roulante qui voyait le feu depuis la fenêtre, et j’ai commencé à me tordre de rire, tellement que la terre résonnait, ce vieil invalide avec son visage ridé qui tremblait, mort de peur, la bouche ouverte, qui ajustait ses lunettes, voyant que, et bien ça alors, aujourd’hui encore on brûle les chaumes.
Et c’est moi et je le dis qui ai brûlé les champs.
1- migas : pain émietté, imbibé de lait et frit.
2- gachas : bouillie de farine cuite avec du lard
3- galianos : sorte de galettes