EL OÍDO IZQUIERDO
Contemplé el escenario que tenía ante mí, la casa,
el simple paisaje del dominio, los muros
descarnados, las ventanas como ojos vacíos…
Edgar Allan Poe
La primera vez que me encontré frente a esa casa tuve que persignarme, y acelerar el paso. Calle C al 2817. Una fuerte conmoción invadió mi alma.
Los gritos exacerbados de esa esquina oscura me hicieron tararear cierta canción para distraer mis macabros pensamientos.
Eran las 3:15 de la madrugada, lo recuerdo fielmente, porque esa es la hora exacta en donde yo me dispongo a ordenar mi cuerpo y mi alma con una caminata solitaria.
Se trataba de un viejo almacén abandonado, habitado por unos extraños seres de los cuales desconocía (desconozco) su fisonomía. Lo cierto es que esa casa me intrigaba más que la física cuántica y toda metafísica posible, pues esa casa irradiaba su propia metafísica, y eso me desconcertaba en demasía.
Cada madrugada pasaba por aquella casa, preso de la costumbre y del misterio más indecible para persignarme y acelerar el paso hasta mi puerta.
Pero la madrugada del 2 de agosto fue diferente. Harto de imaginar historias fantasmagóricas y terribles sucesos que llegaban a hipótesis ridículas, tuve la gran valentía, señores, de acercarme a la ventana muy despacio, tan despacio que me tendrían que haber visto apoyar mi oído izquierdo para enterarme de una vez por todas quiénes eran los seres que irradiaban tan magnífica presencia en mis noches y mis días.
Algo parecido al miedo se apoderó de mí al escuchar la voz de ultratumba de la anciana, que dialogaba seriamente con otro ser con voz chirriante y ridícula de loro parlanchín, nunca dejaban de intercalar en cada frase alguna blasfemia porteña. El tercer habitante era una mujer de unos 30, 40 o tal vez 50 años que cantaba con voz de violín desafinado canciones de Luciano Pavarotti.
Mi investigación sherlokholmeana prosiguió por muchas madrugadas consecutivas. Pude descubrir entonces que la anciana era la madre de la soprano frustrada, y el loro parlanchín era algo así como un loro mamífero al cual le daban de comer trozos de carne, pensando que en algún momento el desgraciado animalito afilaría sus dientes y atacaría a cualquier intruso que pudiera estar en los alrededores escuchando detrás de la ventana.
Y sí, mis estimados amigos, las brujas de la esquina C sabían de mi presencia, y estaban esperando el instante mismo (no el mismo instante) en que yo mostrara signo alguno de vida para atacarme con su loro asesino.
Pero como es de esperarse, ya les había perdido el miedo a esos extraños seres. Sabrán ustedes que frente al más escalofriante temor, ése que nos paraliza en la acción y nos turba la mente, hace falta sólo un paso, un puntapié inicial, un movimiento fríamente calculado para vencerlo. Y así lo hice yo…
Cada madrugada, me instalaba en esa ventana, dispuesto a sorprenderme una vez más con mis amigas sin rostro, y aunque les cueste creerme terminé por tomarles simpatía.
La anciana resentida de incalculable edad parecía estar postrada en una cama o en una silla, ya que todo cuanto necesitaba se lo pedía a su hija, ésta última se mostraba apacible pero ciertamente resignada a los mandatos insólitos de la vieja.
Y el loro mamífero (más bien lora) era un ser híbrido sin carácter que repetía las frases dichas por sus dos dementes compañeras.
Cuánto tiempo pasé obsesionado por esas criaturas, llegué hasta el punto de no dormir, ni comer, ni vivir, pensando en la monótona vida, paredes dentro de esas mujeres.
Me echaron de mi trabajo, pues estaba, tal cual dijo mi indiferente jefe, en la torre de babel todos los días y a cada cliente que venía a pedir mercadería yo lo asustaba sin saberlo, contándole la historia de la esquina C y sus tres mujeres, sí, tres mujeres, porque el loro, ya lo había decidido, era lora, pues aunque fuese un macho tenía esencia de hembra. Ya sin trabajo, ni mujer o familia, el único vínculo humano que me quedaba era esa esquina.
Una madrugada de primavera ocurrió algo terrible, cuando llegué a mi esquina, la ventana ya no existía. Habían clausurado mi espacio, mi contacto con la vida. Cómo describirles el desasosiego inmenso que sentí en el alma. Una mezcla de angustia, desilusión y furia. Principalmente furia por esas malditas desagradecidas a quienes yo, nadie más que yo, les había dado vida.
Un cartel en la puerta me hizo volver el alma al cuerpo:
“Al Señor del oído izquierdo. Le pedimos disculpas por no habernos despedido como dios manda, la casa está en VENTA. Espero nos encuentre en otro nocturno paseo”.
En venta. ¡EN VENTA! El alma se me volvió a escapar del cuerpo, y ahora qué criaturas subnormales vendrían a invadir mi esquina. Con los pasos pesados siguiendo mi cuerpo volví con las tres sombras en mis hombros y la nota garabateada a mi casa.
A la 7 de la mañana, llamé a la inmobiliaria y pedí que me mostraran esa casa. La cita era ese mismo día a las 3 de la tarde. Con las ojeras chorreando por la vereda y un pésimo ánimo, ése que tenemos todos cuando algo o alguien nos quita el sueño, llegué a la esquina C, mi esquina C.
La mujer de la inmobiliaria, de unos 30 años, me esperaba con una plástica sonrisa de comerciante en los labios, saludó muy cortésmente y dijo que no me asustara por las condiciones del lugar, ya que se trataba de una casa abandonada que hacía 10 años nadie habitaba.
Yo me sonreí irónicamente, y tuve ganas de mostrarle la nota que llevaba en el bolsillo, la muestra ineludible de la presencia humana un día atrás. Pero no se la mostré.
Entré a la casa, todo estaba como lo suponía. Humedad en las paredes, pisos de madera resquebrajada, una antigua araña arañándome las pupilas y unos pocos muebles antiguos de madera oscura llenos de polvo.
El precio era una ganga, una oferta sin desperdicio. Pero debería darme algún tiempo, ya que tenía que vender mi actual casa para comprarla. Ella, sonriendo, dijo que podía esperar todo el tiempo del mundo. Algo extraño escondía su sonrisa. Se quería sacar el inmueble de encima como diera lugar, y yo que no veía la hora de ponerme la casa encima y no salir jamás de su misterio, no traté de indagar el porqué de la oferta y del apuro por vender.
Una vez resuelto el inconveniente del dinero, compré mi esquina, y me instalé.
Era una madrugada calurosa de verano cuando un novato intrigado por las voces de la casa apoyo su oído izquierdo en la ventana clausurada para no irse jamas sin antes encontrar la nota garabateada donde dábamos aviso de la casa en venta de la calle C.
L’OREILLE GAUCHE
Je contemplai la scène que j’avais devant moi, la maison,
le simple paysage du domaine, les murs
décharnés, les fenêtres comme des yeux vides…
Edgar Allan Poe
La première fois que je me trouvai face à cette maison, je dus me signer et presser le pas. Rue C au 2817. Je ressentis un choc au plus profond de mon cœur.
Les cris exacerbés au coin de cette rue sombre me poussèrent à fredonner une chanson afin de chasser mes pensées macabres.
Il était 3h15 du matin, je m’en souviens parfaitement, parce que c’est précisément l’heure où je me dispose à remettre de l’ordre dans mon corps et dans mon esprit par une marche solitaire.
Il s’agissait d’un vieux magasin abandonné, habité par des êtres étranges dont j’ignorais (j’ignore) la physionomie. Ce qui est sûr, c’est que cette maison m’intriguait plus que la physique quantique et toute la métaphysique imaginable, car cette maison irradiait sa propre métaphysique, et j’en étais extraordinairement troublé.
Chaque matin je passais devant cette maison, par habitude et attiré par le plus indicible des mystère, je me signais et je pressais le pas jusqu’à ma porte.
Mais le matin du 2 août fut différent. Lassé d’imaginer des histoires fantasmagoriques et de terribles événements qui débouchaient sur des hypothèses ridicules, j’eus le grand courage, messieurs, de m’approcher de la fenêtre très lentement, tellement lentement, vous auriez dû me voir coller mon oreille gauche à cette fenêtre afin de savoir une fois pour toutes qui étaient ces êtres qui occupaient mes nuits et mes jours de leur magnifique présence.
Un semblant de peur s’empara de moi lorsque j’entendis la voix d’outre-tombe de la vieille femme qui discutait d’un ton sérieux avec un autre être à la voix grinçante et ridicule de perroquet bavard. Ils ponctuaient sans cesse leurs phrases d’un juron de Buenos Aires. Le troisième occupant était une femme de 30, 40, ou peut-être 50 ans qui chantait d’une voix de violon désaccordé des chansons de Luciano Pavarotti.
Je poursuivis mon enquête sherlokholmesque au cours des nombreuses matinées qui suivirent. Je pus découvrir alors que la vieille femme était la mère de la soprano frustrée et le perroquet bavard était quelque chose comme un perroquet mammifère qu’on nourrissait de morceaux de viande, afin qu’à un moment ou à un autre le malheureux petit animal aiguise ses dents et s’attaque à l’éventuel intrus qu’il trouverait aux alentours à écouter à la fenêtre.
Et c’est un fait, mes chers amis, les sorcières du coin de la rue C me savaient là, et elles attendaient l’instant précis (pas précisément l’instant) où je manifesterais un quelconque signe de vie pour me tomber dessus avec leur perroquet assassin.
Mais comme il fallait s’y attendre, je n’avais déjà plus peur de ces êtres étranges. Vous savez certainement que face à la terreur la plus effroyable, celle qui nous paralyse dans l’action et trouble notre esprit, il suffit d’un seul pas, un pas initial, un mouvement froidement calculé pour celle-ci soit vaincue. Et c’est ce que je fis…
Chaque matin, je m’installais derrière cette fenêtre, toujours prêt aux surprises que me réserveraient mes amis sans visage et, cela peut vous sembler étrange, je finis par les trouver sympathiques.
La vieille femme acariâtre à l’âge incalculable semblait être prostrée dans un lit ou sur une chaise, car elle demandait à sa fille tout ce dont elle avait besoin. Quant-à celle-ci, elle paraissait paisible, certainement résignée aux ordres insolites de la vieille.
Et le perroquet mammifère (une femelle plutôt) était un être hybride sans caractère qui répétait les phrases prononcées par ses deux compagnes démentes.
Je ne sais combien de temps ces créatures m’obsédèrent. J’en vins à ne plus dormir, ni manger, ni vivre, pensant à la vie monotone de ces femmes derrière le mur.
On me renvoya de mon travail, car, comme le dit textuellement mon chef sur un ton indifférent, j’avais complètement perdu les pédales et sans m’en rendre compte j’effrayais tous les clients qui venaient s’approvisionner, leur racontant l’histoire du coin de la rue C et de ses trois femmes, oui, trois femmes, parce que le perroquet, c’était décidé, était une femelle, et quand bien même c’eût été un mâle il était d’essence femelle. Désormais sans travail, sans femme et sans famille, le seul lien humain qui me restait était ce coin de rue.
Un matin de printemps survint un événement terrible. Lorsque j’arrivai à mon coin de rue, la fenêtre n’existait plus. On avait clôturé mon espace, mon contact avec la vie. Comment vous décrire l’immensité du désarroi que je ressentis. Un mélange d’angoisse, de déception et de colère. De la colère surtout contre ces maudites ingrates à qui j’avais, moi et moi seul, donné la vie.
Une affichette sur la porte me ranima quelque peu :
« Au Monsieur à l’oreille gauche. Nous vous demandons de nous excuser de ne pas vous avoir salué comme il se doit avant notre départ, la maison est en VENTE. J’espère que vous nous retrouverez au cours d’une autre promenade nocturne ».
En vente. EN VENTE ! Mon sang se glaça à nouveau. Quelles créatures anormales viendraient maintenant envahir mon coin de rue ? Je rentrai chez moi, traînant mon pas lourd, avec sur mes épaules le poids ses trois ombres et de la note griffonnée.
A 7 heures du matin, j’appelai l’agence immobilière et je demandai à visiter la maison. J’obtins un rendez-vous pour le jour-même, à trois heures. Avec des poches énormes sous les yeux et un état d’esprit exécrable, celui que nous avons lorsque quelque chose ou quelqu’un nous prive de sommeil, j’arrivai au coin de la rue C, mon coin de rue C.
La femme de l’agence, la trentaine, m’attendait avec le sourire factice des commerçants aux lèvres. Elle salua très courtoisement et me demanda de ne pas m’effrayer de l’état du lieu, puisqu’il s’agissait d’une maison abandonnée, que personne n’habitait depuis 10 ans.
Je souris avec ironie, et j’eus envie de lui montrer le papier que j’avais dans la poche, la preuve incontestable d’une présence humaine la veille. Mais je ne le fis pas.
J’entrai dans la maison. Tout était comme je le l’imaginais. De l’humidité sur les murs, des sols de bois craquelés, un vieux lustre griffu qui m’écorchait les pupilles et quelques rares meubles anciens d’un bois sombre couverts de poussière.
Le prix était dérisoire, une occasion à ne pas laisser passer. Mais j’avais besoin d’un peu de temps, car je devais d’abord vendre la maison que j’occupais alors pour l’acheter. Elle, en souriant, me dit qu’elle pouvait attendre tout le temps qu’il faudrait. Son sourire cachait quelque chose d’étrange. Elle voulait se débarrasser de l’immeuble, peu lui importaient les conditions, et moi qui bouillais d’impatience d’occuper la maison et de ne plus jamais quitter son mystère, je ne cherchai pas à connaître la raison d’un prix si bas et d’une vente aussi précipitée .
Une fois résolu le problème de l’argent, j’achetai mon coin de rue, et je m’installai.
Ce fut par une chaude matinée d’été, très tôt, qu’un nouveau venu, intrigué par les voix, colla son oreille gauche à la fenêtre fermée pour ne plus jamais la quitter, jusqu’à ce qu’il trouve la note griffonnée où nous annoncions la vente de la maison au coin de la rue C.