ATTENTION : site en travaux - CAUTION: work in progress
Recherche




Traduction (littérature)
Traduction (articles)
Liens

Actualité- Société
Plume de presse
Les mots sont importants
Le Monolecte
Fondation Copernic
econoclaste
mouvements
R.E.S.F.
migreurop
cimade
Bakchich

Observatoire des inégalités
Paradis Fiscaux et Judiciaires
Les mots ont un sens
Attac
RISAL (Amérique Latine)
Ciudadanos por la República (Espagne)
mondialisation.ca
Association Européenne pour la défense des Droits de l'Homme

Presse - Critique medias
Contre Info
acrimed
rue89
Le Monde diplomatique
politis
blog des rédacteurs de Politis
Rezo.net
Le Plan B

Littérature - Culture
equi-librio.net
Lekti-ecriture
Livres hebdo
L'interdit
Inventaire/Invention
François Bon

remue.net
La république des livres
Le Matricule des Anges
Vacarme

Informatique - Logiciels libres
Framasoft
Qu'est-ce qu'un logiciel libre?

Divers - Inclassables
Observatoire Zététique

Contact - Infos
Visites

 79503 visiteurs

 3 visiteurs en ligne

Espagne | Antonio de la Fuente Arjona - La muerte a mi lado - La mort à mes côtés
Antonio de la Fuente Arjona (Espagne)



AN
TONIO DE LA FUENTE ARJONA, extremeño, trabaja fundamentalmente como actor (teatro, cine y televisión), y ocasionalmente como director teatral y como autor, escribiendo obras de teatro, guiones y realizando adaptaciones para diferentes compañías, empresas y particulares. En 2007 publicó la novela Palabra de Caín (Editorial Hiria) y la obra de teatro El diálogo de la agonía (Editorial de la luna).

Web del autor: http://delafuentearjona.viadomus.com/



ANTONIO DE LA FUENTE ARJONA, d’Estrémadure, travaille surtout en tant qu’acteur (théâtre, cinéma et télévision), et parfois comme metteur en scène et auteur. Il écrit des pièces de théâtre, des scénarios et il réalise des adaptations pour différentes compagnies, entreprises ou particuliers. En 2007, il a publié le roman Palabra de Caín (Editions Hiria) et la pièce de théâtre El diálogo de la agonía (Editions de la luna).

Web de l’auteur: http://delafuentearjona.viadomus.com/





La muerte a mi lado


ancianos.jpg

¡Y el muerto estaba allí, vivo!
Risa general en el bar de Juan.
—Anda, juega de una vez y déjate de historias.
Blas miró sus fichas de dominó, cogió una de ellas como al azar y sorprendió a todos cerrando el juego casi sin querer.
—¡Os lo juro! —siguió Blas con su relato sin dar ninguna importancia al triunfo en el juego ni a las caras de disgusto de sus compañeros, concentrados todos en aquella serpiente blanca y negra, inmóvil, en el centro de la mesa—, fue él, el muerto, quien me dio la vez en la panadería.
En la calle de la Sombra siempre se han contado historias de fantasmas. ¿Por qué no va a ser posible?
—¿Si los vivos visitan a los muertos por qué los muertos no van a visitar a los vivos? Puede ser por educación, por devolver la visita.
A lo largo del día los altos cipreses del cementerio van paseando su sombra afilada sobre mi calle. Yo vivo en el barrio de la Sombra. Hasta mi ventana llegan los llantos y los rezos en días de entierro o en horas de visita. Si me asomo a la terraza puedo ver una ciudad quieta, casi siempre vacía, mármol gris y el verde oscuro de los cipreses, a veces también se distinguen colorines: esas flores que se marchitan rápido.
Yo vivo aquí por el recuerdo. Llegó un momento en mi vida que hubo más gente querida de un lado de los cipreses que del otro. Yo me desplacé con ellos, aunque todavía no pueda ocupar mi sitio a su vera.
—¡Parejéi viejo —grita Ramiro—, to el día jablando de muerto! —su boca apenas se abre para hablar, siempre con la eterna colilla cosiendo el centro de sus labios.
—¡Toma! ¡Eso es lo que somos, coño!
Y Sebas con su frase abre el coro de carcajadas y toses, la mayoría sin dientes que lo adornen.
Eso es lo que somos, una panda de abuelos esperando la muerte. No necesitamos hacer cola en la puerta del cementerio o en la iglesia. Nosotros esperamos en el bar de Juan o sentados al solecito en la plaza, hacemos tiempo jugando al dominó o a la petanca.
—Nadie nos va a quitar la vez, cuando tenga que ser será.
Hacemos apuestas a ver quién será el siguiente, porque el primero hace ya mucho que se fue.
—Sí, hombre, ¿no te acuerdas?, el alto aquel que enterraron a trozos porque no cabía en la caja.
El que fallece pierde la apuesta, claro. El difunto paga una ronda o la borrachera general, según lo que dé de sí el fondo que todos vamos dejando al tesorero Juan para este menester.
—¡A la salud del muerto!
Ya nos ha pasado que la fiesta acabe en nuevo sepelio con su correspondiente melopea. Es que no estamos ya para muchos trotes.
—¡A la salud del muerto!
Creo que todos deseamos perder la apuesta.
El barrio de la Sombra no es un barrio triste como podría parecer, no, todo lo contrario, para eso estamos nosotros. Los gamberros, nos llaman algunos.
—¡Sois peor que los críos!
Es que los niños sí pueden jugar, gritar y hacer travesuras, pero parece ser que los viejos no.
—¿Pero qué hacemos de malo?
Nos reímos de todo, en el bar de Juan y en la plaza siempre se monta algo de escándalo.
—Sí, ¿y las noches de ronda con meada en la puerta de la iglesia, qué?
—Y las cosas que les decís a las chicas.
—¿Qué paja que tú no je la dice?
—¿Yo a las chicas? ¡A mí me gustan grandes!
—¿Y lo de ir al cementerio a jugar dominó sobre la tumba del Jacinto?, eso creo que tampoco les gusta.
—No, eso tampoco les gusta.
Y hablamos, hablamos mucho. En este tiempo de silencio nosotros hablamos.
—En mí era como una extraña maldición. Cuántas veces no habré repetido a la gente: ¡no me regaléis nunca flores, tengo en mi terraza un hermoso jardín de flores de muertos! —Paco apura su copa de un trago y continúa—. Vosotros ya conocéis mi casa, toda llena de flores y plantas, yo no sé mucho de plantas y menos sus nombres, pero yo las llamo a cada una con el nombre de su difunto dueño y las hablo y las trato igualito que si fueran ellos mismos, igualito.
Nos encanta recordar, contarnos cosas unos a otros. La mayoría de las veces cosas relativas a nuestra experiencia con Ella, con la Muerte.
—Es así, recibir flores de alguien era su primer paso al otro lado.
—Entendido Blas, cuando estires la pata llevaremos bombones a tu tumba.
—¡Qué dice éste de bombones! Llevad una botella de coñá que por algo ya la he dejado pagada, ¿verdad Juan?
Así, entre juegos y chismes, la espera se hace más llevadera. Después, claro, están también los momentos de soledad. A lo largo del día hay muchos de esos, en cualquier parte se te echan de pronto encima. El silencio. El cansancio. La hartura de la vejez. Sobre todo en la noche, cuando el sueño tarda tanto en llegar.
—Esta vez fue Pepe —Juan empieza a servir la ronda pagada.
—¿El Gafe? ¿Ha sido Pepe el Gafe?
—Sí, Pepe el Gafe.
—Nunca he tenido suerte con la gente. Nunca. La verdad es que nunca he tenido demasiada suerte con nada, con nada —mientras habla, Pepe limpia con un pañuelo manchado sus grandes gafas—. He conocido muchas personas maravillosas, muchas, pero cuando la relación más prometía una muerte incomprensible venía a arrebatarme mi futuro de cuento.
—Se ha suicidado.
Con tal de perder la apuesta los hay capaces de todo. Yo mismo he pensado muchas veces en hacer ese corto trayecto desde el balcón a mi sepultura. Sólo es un salto. Un simple saltito, sin apenas impulso, y caer directamente al Otro Lado.
—Nunca he tenido demasiada suerte en la vida. Todo me ha salido mal. Siempre. Todo. Un día, hace bastante, decidí acabar de una vez esta vida de cenizo —Pepe guarda silencio, parece concentrado en la inacabable limpieza de los gruesos cristales, tras un rato alza la cabeza y nos mira con sus ojos inmensos de miope. En lo alto de la nariz dos marcas profundas: las pesadas gafas—. ¿Cuánto tiempo pude estar en aquella cama?, ¿cuánto tiempo?, derritiéndome por dentro, encharcándome en mierda, sin poder moverme, ni hablar, estafado por el sueño de una muerte dulce y rápida. Lo tenía todo calculado, todo, y sin embargo, el final fue tan estúpido como la realidad de mi vida.
Nadie interrumpe su discurso. A veces en el bar de Juan o en la plaza, la gente, y hasta los niños, hacen corro para escuchar nuestras historias.
—En la prisa confundí y mezclé pastillas de mil colores y tamaños para conseguir una agonía larga y dolorosa, entre retortijones y una diarrea galopante.
—¡A la jalú de Pepe!
—Esta vez lo consiguió.
Dios les cría y ellos se juntan. Y es cierto, cada uno vinimos a parar aquí desde diferentes lugares, coincidimos casualmente en el bar de Juan y formamos esta especie de clan de moribundos.
—¡Por el finado!
No todos los recuerdos son tristes.
—¡Jala niño, ja jugá! Qu'esta e una jistoria de mayore, ¡amo, amo! —Ramiro espanta a los niños sacudiendo sus manos, sin poder evitar algún discreto toqueteo de culos—. ¿Peo qué le dan de comé ja lo niño y niña de joy, que crejen tanto y tan duro?
—¡Viejo verde!
ancianos2.jpg —¡Ante de jer viejo ya era verde, qu'esto me vié de mu chiquito! Mis padre, que en pa descansen, fallejieron cuando yo era ají de nano —y marca la estatura con su mano derecha. Después Ramiro mira ese vacío de arriba a abajo como logrando ver allí al niño que fue y confirma—. ¡Ají! Yo debí andá po lo sei o jiete año... —es esa colilla perenne en su boca y no él la que decide cómo saldrán las palabras, es ella la que estorba, la que guía el movimiento de los labios haciendo desaparecer letras o modificando su sonido real—. Mi pare, o mejó dicho, el que yo creía que era mi padre, jiempre me llevaba con él cuando iba de caza, tenía una gran ecopeta que pesaba má que yo. Pue ese día, habíamo salío ar monte peo volvimo temprano a casa poque llovía. Mientra mi pae se quitaba el barro de la bota en la pueta, yo entré el primeo en la casa. Nada má entrá escuché la vo de mi mae, supiraba y gritaba omo si la pasara algo terible, yo asustao corrí jasta su habitación y me encontré con mi madre desnuda y el señó cartero de mi pueblo encima d'ella, desnúo también. ¡Ven, ven!, ¡ya me llega!, gritaba mi mare. ¡A me llega! ¡Ya me llega! Y llegó, vaya si llegó, el señó de la ecopeta llegó y de un solo tiro atravesó el corasón de lo do. Quedaron quieto, como si no je hubieran enterao, mira, con una epresión de gusto en su cara que ya quisiera tené yo cando me muera —y la tendrá, Ramiro morirá entre carcajadas en la plaza del barrio riéndose de sus propios chistes. No fue posible cerrarle la boca y su familia tuvo que taparle la cara con un paño para poder dar un poco de seriedad al velorio.
—Sus cara unía, su cuerpo desnúo y la cama toa rojo sangre. Eja imagen no me se orvida jamás. Fíjate ji no la tendré presente que pueo hacé el amó onde querái: en la calle, en un armario, en lo alto de un árbol, peo en una cama nunca, m'es imposible, m'es imposible.
—Ahora ya nos es imposible a todos hasta en la cama.
—Ya sendo mayó m'enteré de que mi padre en realidá era el señó cartero de mi pueblo.
Ramiro fue el siguiente, ya en plena época del luto. El suicidio de Pepe el Gafe marcó el inicio de la Época del Luto, empezaron a caer uno tras otro todos los ancianos del barrio de la Sombra. Era de esperar, la mayoría éramos de la misma quinta, algunos incluso más mayores. Son como rachas, suele pasar, uno al morir abre el camino a los demás que están cerca y es como si tirara de ellos en su caída. El barrio se vistió con un luto espeso. Había gente que sumaba los años de luto por cada difunto, esas familias vestirían negro por varias generaciones.
Tras Ramiro se marchó Paco. Llevamos al cementerio todas sus plantas y flores y convertimos su tumba en un precioso jardín que la verdad duró poco. Allí mismo, tal como él dijo, nos tomamos una botella de coñac a su salud. Esa misma noche murió Blas.
La culpa la tuvo el coñac. Claro, también la edad, su hígado, y esa manía suya de convocar fantasmas.
Blas siempre nos traía noticias del Otro Mundo.
—Tu mujer, que en paz descanse, me ha dicho que la dentadura postiza que buscas desde hace días está en el cajón de los calcetines, se te cayó allí el día que te agachaste a coger un par limpio y te dio el ataque de lumbago.
—Tu hija, que en paz descanse, me ha dicho que no te olvides que mañana es el cumpleaños de tu nieto.
—Tu madre, que en paz descanse, me ha dicho que a ver si te abrigas bien antes de salir de casa que vas a coger un resfriado y que para qué narices te hizo ella aquella bufanda tan bonita y calentita si nunca te la pones.
—¡Lo dijo Blas, punto final! —le gritábamos todos para que se callara. Procurábamos no hacerle mucho caso, nos parecía un poco excesivo que aún después de muertos no nos dejaran en paz.
Pero esa noche no hubo quien le parara.
Juan nos despidió poniendo una botella de coñac encima de la barra.
—¡A cumplir! —dijo.
Ya íbamos los tres, Blas, Sebas y yo, un poco cargaditos. Entre la flojera del alcohol, la edad y la risa tonta nos costó mucho saltar la tapia, para después avanzar entre caídas y tropiezos por la oscuridad del cementerio.
Apenas pisó la tierra del cementerio, Blas comenzó con la cantinela.
—Están aquí, están aquí...
—¿Quién? —Sebas y yo buscando nerviosos de un lado a otro—. Ya nos ha descubierto el guarda.
—Los muertos, están aquí, esperándonos.
—¡Vete a la mierda, Blas! Menudo susto nos has dado. Pues claro que están aquí, ¿dónde quieres que estén?
—¡De excursión! ¡Ja, ja...! ¡Ay!
—¿Estás bien, Sebas?
—¡Carajo, casi me cargo la botella de coñá!
Cuando encontramos la tumba de Paco la botella ya iba por la mitad y parecía que todo se veía más claramente.
—¡A la salud de Paco!
—Y de todos los demás, a ver si se van a enfadar, ¿eh, compadre?
Pero Blas seguía en sus trece, están aquí, repetía, lo presiento, cada vez están más cerca. De pronto se puso a gritar como un loco.
—¡Venid, os estamos esperando! ¡Venid!
—¡Cállate Blas! —Sebas y yo intentando taparle la boca—. ¡Cállate! ¿Qué quieres?, ¿que nos echen?
—¡Shhhss! Espérate al menos a que acabemos el coñá.
De repente comenzó a temblar la tierra y después a formarse grietas imposibles.
—¡Venid! ¡Venid! —Blas insistía atizando los fuegos fatuos.
Y al abrirse el suelo se abrieron nuestras heridas más profundas, porque allí estaban todos, todos nuestros muertos. Y ellos, momificados por el recuerdo, presentaban mejor aspecto que nosotros.
Y fue como volver a estar en el bar de Juan, todos juntos de nuevo. Sebas y yo mirábamos alucinados, acodados en la lápida de Paco y pisando sus flores.
—No habrá suficiente coñá para todos.
—Tranquilo, los fantasmas no beben.
Aquello era como una fiesta de fin de año. Blas disfrutaba de lo lindo, hablaba y bailaba con todos, estaba feliz, ni siquiera cuando le dio el ataque al corazón dejó de sonreír.
—Me voy con ellos —nos decía, Sebas sujetaba su cabeza, yo le desabrochaba la camisa, él se asfixiaba—. Ya voy, sí, un momentito, tengo que despedirme. Adiós —nos dijo—, no tardéis mucho.
Cuando Sebas y yo levantamos la cabeza ya no había fantasmas a nuestro alrededor, sino personas de carne y hueso: el barrio entero estaba allí, mirándonos sin ver y pisoteando también las flores de Paco.
Después del aquelarre de aquella noche en el cementerio, las viejas beatas del barrio nos maldecían y se santiguaban rápido al pasar por nuestro lado en la calle. Nos consideraban culpables de la época de muertes que vaciaba el barrio. Quizá con razón. Este era el resultado de tentar a la Muerte.
De nuestro grupo sólo quedamos Sebas y yo. Después de tanto tiempo retándola por fin parecía dar la cara.
—¡Lo logramos, Sebas!
Moribundo en su cama, Sebas apretaba mi mano con la suya.
—Sebas, ¿cómo es?, tú tienes que verla.
—Ya os he hablado de Marta. —Sebas es un hombre de hablar tranquilo, de esos que gusta de hacer pausas a cada rato, como dando tiempo a que sus palabras se asienten en la cabeza de todos—. La conocí en el hospital donde yo trabajaba de enfermero. Marta tenía un corazón débil, muy pequeño. Demasiado pequeño para aguantar la tonelada de emociones que, a borbotones de sangre, amenazaban con hacerlo estallar dentro de su pecho dolorido. Ese corazón débil es el mismo que se trajo de vuelta del quirófano. Nada que hacer, dijo el doctor sin atreverse a mirarla a los ojos. Y nada que hacer, ya lo sabéis, significa tener los días contados, sin números que uno conozca: ¿días?, ¿semanas?, quizá horas. Su médico no supo decírselo. Marta despertó de la muerte, porque de allí venía, todavía recuerdo en su aliento el olor de la anestesia. Vengo de una muerte camino de la siguiente, solía decir —Sebas se lleva las manos a su chaqueta usada, hurga en sus bolsillos y la mesa del bar comienza a poblarse de pedazos de papel, rotos y arrugados—. Estos son mis recuerdos de Marta, antes de morir llenó la casa de mensajes sorpresa y bastante tiempo después de enterrada todavía seguía encontrándome cartas del Más Allá en los lugares más insospechados: detrás de un cuadro, bajo el colchón, dentro de los libros... Antes de abandonar aquella casa la revolví entera, puse todo patas arriba para no dejar ningún papel perdido.
Mientras habla, Sebas coge una de las bolas de papel, intenta alisarla sobre la mesa y comienza a leer, todo el bar de Juan permanece en silencio como si se tratase de la lectura de un testamento.
—«El destino de mi vida, al fin y al cabo, lo sé, es encontrarme con la muerte. Todo momento entre medias forma parte de un tiempo sobrante, de más, de un tiempo prestado. El cómo ocupe este tiempo leve o infinito sólo depende del destino que me paró el reloj. Yo sólo tengo que vagar por el mundo, libre, lo que tenga que ocurrir ocurrirá sin que yo pueda hacer nada por evitarlo, de ello estoy segura. En mi vida ya no hay dudas. Cualquier camino que escoja al azar en un cruce será mi único camino posible, no puedo pensar qué hubiera pasado si llego a escoger el de la derecha o aquel con una casa al fondo. Sólo puedo pensar el paso que doy en este momento, quién sabe si mi corazón me dejará dar el siguiente» —Sebas deja el papel sobre la mesa, al lado de los demás mensajes arrugados y el revoltijo de fichas de dominó, alza la cabeza y mira hacia fuera, a la calle, al otro lado de la gran cristalera del bar de Juan. Tras un rato todos miramos también: vemos el sol escondiéndose tras una nube, el aire moviendo la copa puntiaguda de los altos cipreses—. Y fue ese destino misterioso, qué otra cosa, el que nos puso frente a frente en aquel hospital. Yo, un hombre todavía virgen, temblando de emoción, y Marta, algo mayor que yo, concentrada en su respiración, procurando acompasar sus latidos desbocados. Al final ese tiempo prestado fue corto, nos vino muy justo para conocernos y acabar amándonos, luchando contra el tiempo para alcanzar antes el placer que la muerte.
—¿Sebas, qué sientes?... Dime, ¿la ves?, ¿cómo es?... —se lo digo al oído mientras la familia me mira con mala cara, a punto de echarme de allí a patadas—. No te olvides de darla el recado, díselo, dile que la estoy esperando. Dile que no se olvide de mí, por favor, que no me vaya a dejar otra vez solo. ¡Díselo!... No te olvides.
—Casi siempre he vivido solo. La muerte sí se ha llevado a mucha gente querida, sí, ¿pero sabéis?, a la mayoría se la llevó el despiste. Desde que nací fui muy distraído y en el camino perdía de forma inconsciente cosas y personas. Tenía a todo el mundo en la punta de la lengua, salvo la persona que en ese momento fuera la dueña de mi boca. Ahora, ya de viejo, he vuelto ha recordar. ¿Y sabéis qué me ha devuelto la memoria? —silencio. En el bar de Juan todos lo saben—. El hambre atrasada de este cuerpo arrugado que echa de menos el calor de otros cuerpos, la caricia de otras manos, como si no hubiera otra cosa importante en el mundo. Y yo sé que no la hay.
De nuevo estoy solo. Apenas puedo levantarme de la cama, me bebí entera la ronda pagada por Sebas como si estuvieran todos allí.
—¡Por Sebas!
—¡Por Blas!
—¡Por Ramiro!
—¡Por Pepe!
—¡Por qué coño no te vas a casa! ¿no crees que ya has bebido bastante?
Ni siquiera pude asistir al entierro de Sebas.
—Hasta pronto —le despedí desde mi terraza.
El sol baja rápido, veo cómo la sombra avanza y va cubriendo el barrio, con la sombra también vendrá, lo sé, la noche y la impaciencia.
—¡Vamos ya!, estoy preparado para este encuentro, tiemblo de miedo como en los mejores momentos de mi vida. ¡Ven! ¡Vamos! ¡Ven de una vez!...
Cuando regreso hacia la cama la terraza se abre de golpe, entra el viento y revuelve cortinas y papeles. Yo sigo gritando entonces, porque hay que desafiarla hasta el final, la Muerte se hace mucho de rogar cuando la deseas.
—¡Sé que estás ahí, rondándome desde hace mucho! ¡A qué esperas...! Todavía tendré fuerzas para esta última noche de infarto. Contigo, amada Muerte, vienen todos los recuerdos húmedos, un disturbio de cuerpos bellos y añorados —no puedo verla pero siento cómo se acerca, por fin, y trae consigo el delirio de la memoria—. ¡Ven! ¡Vamos...! En una sola noche viviremos la locura de largos años de deseo, repetiré para ti las caricias más hermosas y los besos más profundos. Será el goce de la carne, aún siendo mentira, lo más real de este mundo que se acaba.




La mort à mes côtés

ancianos.jpg
-Et le mort était là, bien vivant !
Rire général dans le bar de Juan.
-Allez, joue donc et arrête tes histoires.
Blas regarda ses dominos, en prit un comme au hasard et surprit tout le monde en fermant le jeu, l’air de rien.
-Je vous le jure ! -Blas poursuivit son récit sans s’attarder sur sa victoire ni prêter attention aux visages mécontents de ses compagnons qui fixaient le serpent noir et blanc immobile au milieu de la table-, c’est lui, c’est le mort qui m’a laissé passer devant lui à la boulangerie.
Dans la rue de la Sombra on a toujours raconté des histoires de fantômes. Et pourquoi ça ne serait pas possible ?
-Si les vivants rendent visite aux morts, pourquoi les morts ne viendraient-ils pas voir les vivants ? Ne serait-ce que par politesse, pour rendre la visite.
Tout au long de la journée, les hauts cyprès du cimetière promènent leur ombre effilée dans ma rue. J’habite dans le quartier de la Sombra. Les pleurs et les prières arrivent jusqu’à ma fenêtre les jours d’enterrement ou aux heures des visites. De ma terrasse je peux voir une ville tranquille, vide presque toujours, marbre gris et vert sombre des cyprès ; on distingue aussi parfois quelques taches de couleur : des fleurs vite fanées.
Si c’est là que j’habite c’est à cause du souvenir. Il est arrivé un moment dans ma vie où les gens que j’aimais étaient plus nombreux du côté des cyprès que de l’autre. Je me suis déplacé avec eux, même si ne peux encore occuper ma place à leur côté.
-Vous rechemblez à des vieux –crie Ramón-, toute la chournée à parler des morts ! –c’est à peine si sa bouche s’ouvre pour parler, son éternel mégot lui colle le milieu des lèvres.
-Et alors ! C’est bien ce qu’on est, putain !
Et Sebas par sa répartie déclenche le chœur des éclats de rire et des toux qui jaillissent pour la plupart directement, sans une dent pour les décorer.
C’est bien ce que nous sommes, une bande de vieux qui attendent la mort. Nous ne voyons pas la nécessité de faire la queue à la porte du cimetière ou à l’église. Nous, c’est dans le bar de Juan que nous attendons, ou assis au soleil sur la place où nous passons le temps à jouer aux dominos ou à la pétanque.
-Personne ne va nous voler notre place, quand il faudra que ça arrive, ça arrivera.
Nous faisons des paris pour savoir qui sera le suivant, parce que le premier, cela fait déjà longtemps qu’il est parti.
-Mais si, tu ne te souviens pas, ce grand qu’il a fallu enterrer par morceaux parce qu’il ne tenait pas dans le cercueil.
Celui qui meurt perd le pari, bien sûr. Le défunt paie une tournée ou la cuite générale, selon l’état des fonds que nous confions au trésorier Juan à cet effet.
-A la santé du mort !
Il nous est déjà arrivé de voir la fête s’achever par de nouvelles obsèques et une nouvelle cuite. C’est que nous ne sommes plus de la première jeunesse.
-A la santé du mort !
Je crois que nous avons tous envie de perdre le pari.
Le quartier de la Sombra n’est pas un quartier triste, comme on pourrait le croire, non, bien au contraire, nous nous chargeons de l’animation. Les voyous, voilà comment certains nous appellent.
-Vous êtes pires que les gosses !
Les enfants, eux, peuvent jouer, crier et faire des bêtises, mais les vieux, apparemment, non.
-Mais qu’est-ce que nous faisons de mal ?
Nous nous moquons de tout, dans le bar de Juan et sur la place nous provoquons toujours un peu de scandale.
-Oui, et les virées, la nuit, quand vous allez pisser contre la porte de l’église, hein ?
-Et ce que vous racontez aux filles ?
-Parche que toi tu ne leur raconte rien, peut-être ?
-Moi, aux filles ? Moi j’aime les femmes !
-Et quand nous allons faire une partie de dominos sur la tombe de Jacinto ? Ça, je crois que ça ne leur plaît pas non plus.
-Non, ça ne leur plaît pas non plus.
Et nous parlons, nous parlons beaucoup. Nous, dans cette époque de silence, nous parlons.
-C’était chez moi comme une étrange malédiction. Je l’ai dit et répété : ne m’offrez jamais de fleurs, j’ai un jardin magnifique sur ma terrasse couvert de fleurs des morts ! –Paco vide son verre d’un trait et poursuit-. Vous connaissez bien ma maison, pleine de fleurs et de plantes, moi je ne connais pas beaucoup les plantes et leur nom encore moins, mais je donne à chacune le nom de son propriétaire défunt et je leur parle, et je les traite exactement comme s’il s’agissait d’eux, exactement pareil.
Nous aimons beaucoup nous souvenir, nous raconter des choses entre nous. La plupart du temps des choses qui se rapportent à notre expérience avec Elle, avec la Mort.
-C’est vrai, recevoir des fleurs de quelqu’un, c’était déjà un premier pas vers l’au-delà.
-C’est entendu Blas, quand tu casseras ta pipe nous porterons des chocolats sur ta tombe.
-Comment ça des chocolats ? Apportez une bouteille de cognac, je ne l’ai pas payée pour rien, n’est-ce pas Juan ?
Ainsi, entre les jeux et les ragots, l’attente devient plus supportable. Après, bien sûr, il y a aussi les moments de solitude. Tout au long de la journée il y en a beaucoup, ils te tombent soudain dessus, où que tu sois. Le silence. La fatigue. La lassitude de la vieillesse. Surtout la nuit, quand le sommeil se fait tellement attendre.
-Cette fois, c’est Pepe –Juan commence à servir la tournée déjà payée.
-El Gafe ? Tu parles de Pepe el Gafe ?
-Oui, Pepe el Gafe.
-Je n’ai jamais eu de chance avec les gens. Jamais. A vrai dire je n’ai jamais eu beaucoup de chance avec quoi que ce soit, avec quoi que ce soit -pendant qu’il parle, Pepe nettoie avec un mouchoir sale ses grandes lunettes-. J’ai connu beaucoup de personnes merveilleuses, beaucoup, mais au moment où la relation permettait tous les espoirs, une mort incompréhensible venait m’arracher cet avenir de rêve.
-Il s’est suicidé.
Il y en a qui sont capables de tout juste pour perdre leur pari. J’ai moi-même souvent pensé à ce trajet qui me mènerait tout droit de mon balcon jusqu’à ma tombe. Il suffit de sauter. Juste un petit saut, pas besoin d’élan, et l’on bascule directement de l’Autre Côté.
-Je n’ai jamais eu beaucoup de chance dans la vie. Tout est parti de travers. Toujours. Tout. Un jour, il y a longtemps, j’ai décidé d’en finir une fois pour toutes avec cette vie de poisse –Pepe se tait, il semble se concentrer sur l’interminable nettoyage des verres épais, il lève ensuite la tête et nous regarde avec ses immenses yeux de myope. Sur le haut de son nez des marques profondes : les lourdes lunettes-. Combien de temps j’ai bien pu rester dans ce lit, combien de temps à me liquéfier de l’intérieur, à tremper dans ma merde, sans pouvoir bouger, ni parler, trompé par l’illusion d’une mort douce et rapide ? J’avais tout calculé, tout, et pourtant la fin a été en fait aussi stupide que l’a été ma vie.
Personne n’interrompt son discours. Quelquefois, dans le bar de Juan ou sur la place, les gens, même les enfants, nous entourent pour écouter nos histoires.
-Dans ma précipitation j’ai confondu et j’ai mélangé des comprimés de toutes les tailles et de toutes les couleurs et j’ai eu droit à une agonie longue et douloureuse, avec des crampes d’estomac et une diarrhée galopante.
-A la chanté de Pepe !
-Il a réussi, cette fois.
Qui se ressemble s’assemble. Et c’est vrai, chacun de nous s’est retrouvé ici, venant d’un peu partout, le hasard nous a rassemblés dans le bar de Juan pour former cette espèce de clan des moribonds.
-A la santé du défunt !
Tous les souvenirs ne sont pas tristes.
-Chauvez-vous, les goches, allez chouer ! Cha ch’est une hichtoire de grandes perchonnes ! Allez, allez ! –Ramiro agite les mains pour disperser les enfants, et il ne peut s’empêcher de tapoter discrètement quelques derrières- Mais qu’est-che qu’on leur donne à mancher aux garchons et aux filles, auchourd’hui, pour qu’ils choient auchi grands et auchi fermes ?
-Vieux cochon !
ancianos2.jpg -Ch’étais déchà un cochon avant d’être vieux, parche que cha, cha vient de quand ch’étais tout petit ! Mes parents, qu’ils repogent en paix, chont morts quand j’étais haut comme cha –et il lève sa main droite pour indiquer la taille. Ensuite Ramiro regarde cet espace vide de haut en bas comme s’il parvenait à y voir cet enfant qu’il était et il confirme-. Comme Cha ! Che ne devais pas avoir plus de chix ou chept ans… -Ce n’est pas lui mais son éternel mégot entre les lèvres qui décide sous quelle forme sortiront les mots, c’est ce mégot qui perturbe, qui guide le mouvement des lèvres, qui escamote des lettres ou modifie leur sonorité -. Mon père, ou plutôt chelui que che prenais pour mon père, m’emmenait toujours avec lui quand il allait à la chache, il avait un grand fugil qui était plus lourd que moi. Eh bien che jour-là, nous chommes partis dans les bois mais nous chommes rentrés tôt à la maijon parche qu’il pleuvait. Comme mon père raclait la boue de ches bottes devant la porte, c’est moi qui chuis entré le premier dans la maijon. A peine ch’étais entré, ch’ai entendu la voix de ma mère, elle choupirait et criait comme chi quelque choje de terrible était en train de che pacher ; moi, effrayé, ch’ai couru chujqu’à cha chambre et che me chui retrouvé devant ma mère toute nue avec le facteur de mon village dechus, tout nu lui auchi. Encore, encore !, Che chens que cha vient !, -elle criait ma mère. Cha vient ! Cha vient ! Et ch’est venu, pour chûr que ch’est venu, ch’est l’homme au fujil qui est venu et il a tiré un cheul coup de feu qui leur a traverché le cœur à tous les deux. Ils chont rechtés tranquilles, comme ch’ils ne ch’étaient rendu compte de rien, écoute, avec une exprechion de plaijir sur le vijache que ch’aimerais bien avoir le chour de ma mort –et cette expression, Ramiro l’aura, il mourra au milieu des éclats de rire sur la place du quartier, riant de ses propres plaisanteries. Impossible de lui fermer la bouche et sa famille dut lui couvrir le visage avec un voile pour donner un peu de sérieux à la veillée funèbre.
-Leurs vijaches l’un contre l’autre, leurs corps nus et le lit tout rouche de chang. Chette imache che ne l’oublierai chamais. Rends-toi compte comme elle est rechtée gravée en moi : che peux faire l’amour où vous voulez, dans la rue, chur une armoire, en haut d’un arbre, mais dans chun lit chamais, ch’est impochible, impochible.
-Maintenant c’est impossible pour nous tous, même dans un lit.
-Et ch’étais déchà grand quand ch’ai appris que mon vrai père ch’était che monchieur, le facteur de mon village.
Ramiro fut le suivant, alors que nous étions déjà en pleine époque de deuil. Le suicide de Pepe el Gafe marqua le début de l’Epoque du Deuil, les vieux du quartier de la Sombra commencèrent à tomber les uns après les autres. Il fallait s’y attendre, la plupart d’entre nous étions de la même classe, quelques-uns étaient même plus âgés. Ça arrive comme par vagues, c’est comme ça, lorsqu’il meurt, le premier ouvre le chemin aux plus proches et c’est comme s’il les entraînait dans sa chute. Le quartier se couvrit d’un deuil épais. Il y avait des gens qui cumulaient les années de deuil de chaque défunt, des familles qui devraient se vêtir de noir pendant plusieurs générations.
Après Ramiro, c’est Paco qui partit. Nous portâmes toutes ses plantes et ses fleurs au cimetière et nous fîmes de sa tombe un superbe jardin, bien éphémère, il est vrai. Là-bas, au même endroit, comme il nous l’avait dit, nous bûmes la bouteille de cognac à sa santé. Ce fut cette même nuit que Blas mourut.
A cause du cognac. De l’âge aussi, bien sûr, de son foie et de cette manie qu’il avait de communiquer avec les fantômes.
Blas nous apportait toujours des nouvelles de l’Autre Monde.
-Ta femme, qu’elle repose en paix, m’a dit que le dentier que tu cherches depuis plusieurs jours se trouve dans le tiroir des chaussettes, il est tombé dedans le jour où tu t’es penché pour en sortir une paire propre et que tu t’es coincé le dos.
-Ta fille, qu’elle repose en paix, m’a demandé de te rappeler que demain, c’est l’anniversaire de ton petit-fils.
-Ta mère, qu’elle repose en paix, m’a dit que tu devais bien te couvrir avant de sortir parce que tu vas prendre froid, et que c’était bien la peine qu’elle te tricote une écharpe si jolie et si chaude si tu ne la mets jamais.
-Si c’est Blas qui le dit ! –criions-nous tous pour le faire taire. Nous essayions de ne pas trop prêter attention à ce qu’il disait, cela nous semblait un peu excessif que même après leur mort ils ne nous laissent pas tranquilles.
Mais ce soir-là personne ne put l’arrêter.
Juan nous poussa dehors en posant une bouteille de cognac sur le bar.
-Allez tenir votre promesse ! dit-il.
Tous les trois Blas, Sebas et moi, nous étions déjà un peu éméchés. Avec l’alcool qui nous affaiblissait, l’âge et le fou rire, nous eûmes du mal à sauter le mur puis à avancer, perdant l’équilibre, nous relevant de nos chutes dans l’obscurité du cimetière.
A peine avait-il posé le pied dans le cimetière que Bas reprit sa rengaine.
-Ils sont là, ils sont là…
-Qui ? –Sebas et moi cherchions nerveusement de tous côtés- Le gardien nous a découverts.
-Les morts, ils sont là, ils nous attendent.
-Va te faire voir, Blas ! Tu parles d’une frayeur !. Mais bien sûr qu’ils sont là. Où veux-tu qu’ils soient ?
-Partis en excursion !
Ah, ah… ! Ay !
-Ça va, Sebas?
-Merde, pour un peu je casse la bouteille de cognac.
Quand nous trouvâmes la tombe de Paco, la bouteille était déjà à moitié vide et il nous semblait voir les choses plus clairement.
-A la santé de Paco !
-Et de tous les autres, qu’ils n’aillent pas se fâcher, pas vrai compère ?
Mais Blas n’en démordait pas, ils sont ici, je le sens, de plus en plus près. Soudain il se mit à crier comme un fou.
-Venez, nous vous attendons ! Venez !
-Tais-toi Blas ! –Sebas et moi qui tentions de lui fermer la bouche- Tais-toi ! Qu’est-ce que tu veux ? Qu’on nous jette dehors ?
-Chut ! Attends au moins qu’on ait fini le cognac.
Soudain, la terre commença à trembler et ensuite d’improbables fissures se formèrent.
-Venez ! Venez ! –Blas insistait, attisant les feux follets.
Et lorsque le sol s’ouvrit, nos blessures les plus profondes s’ouvrirent, parce qu’ils étaient tous là, tous nos morts. Et eux, momifiés dans le souvenir, présentaient un meilleur aspect que nous.
Et ce fut comme se retrouver dans le bar de Juan, tous ensemble à nouveau. Sebas et moi regardions hallucinés, accoudés sur la pierre tombale de Paco et piétinant ses fleurs.
-Il n’y aura pas assez de cognac pour tous
-Calme-toi, les fantômes ne boivent pas.
C’était comme à la fête du village. Blas s’amusait comme un fou, il parlait et dansait avec tous, il était heureux, et jamais il ne cessa de sourire, pas même lorsque son cœur lâcha.
-Je pars avec eux –nous disait-il, Sebas lui tenait la tête, moi je déboutonnais sa chemise et lui s’étouffait-. J’arrive, oui, un instant, il faut que je dise au revoir. Adieu –nous dit-il-, ne tardez pas trop.
Quand Sebas et moi relevâmes la tête, il n’y avait plus de fantômes autour de nous, mais des personnes en chair et en os : tout le quartier était là qui nous regardait sans nous voir et qui piétinait aussi les fleurs de Paco.
Après le sabbat de cette nuit-là dans le cimetière, les vieilles bigotes du quartier nous maudissaient et se signaient rapidement lorsqu’elles passaient près de nous dans la rue. Elle nous tenaient pour responsables de la série de morts qui vidait le quartier. Elles avaient peut-être raison. Voilà ce qui arrivait lorsqu’on tentait la Mort.
De notre groupe seuls restaient Sebas et moi. Après l’avoir défiée pendant tellement longtemps elle se présentait enfin à nous.
-Nous avons réussi, Sebas !
Alité, agonisant, Sebas serrait ma main dans la sienne.
-Sebas, comment est-elle, toi tu dois commencer à la voir ?
-Je vous ai déjà parlé de Marta. –Sebas est un homme au parler tranquille, de ceux qui aiment faire des pauses, comme pour laisser le temps à ses paroles de s’installer dans la tête des gens-. Je l’ai connue à l’hôpital où je travaillais comme infirmier. Marta avait le cœur faible, très petit. Trop petit pour supporter la quantité d’émotions qui bouillonnait dans son sang et menaçaient de le faire exploser dans sa poitrine meurtrie. Et c’est avec ce cœur faible qu’elle revint de la salle d’opérations. On ne peut rien faire, dit le docteur sans oser la regarder dans les yeux. Et on ne peut rien faire, cela signifie avoir les jours comptés, sans savoir comment compter : en jours, en semaines, en heures peut-être. Son médecin ne put le lui dire. Marta se réveilla de la mort, parce que c’était de là qu’elle revenait, je me rappelle encore son haleine qui sentait l’anesthésie. Je viens d’une mort et je suis en route vers la suivante, disait-elle –Sebas porte ses mains à sa veste usée, il cherche dans ses poches et la table du bar commence à se couvrir de morceaux de papier déchirés et froissés-. Ça, ce sont mes souvenirs de Marta, avant de mourir elle avait laissé la maison pleine de messages-surprise et longtemps après son enterrement je trouvais encore des lettres de l’Au-Delà dans les endroits les plus inattendus : derrière un tableau, sous le matelas, entre les pages d’un livre… Avant de quitter cette maison je l’ai entièrement fouillée, j’ai tout mis sens dessus dessous pour ne perdre aucun de ces billets.
Pendant qu’il parle, Sebas prend l’un des papiers chiffonnés, tente de le lisser sur la table et commence à le lire ; tout le monde se tait dans le bar de Juan, comme s’il s’agissait de la lecture d’un testament.
« Mon destin, en fin de compte, je le sais, c’est de rencontrer la mort. En attendant, chaque instant est un sursis, un temps supplémentaire qui m’est accordé. Le destin a déjà répondu à la question de savoir comment j’occuperai ce temps, léger ou infini : il a arrêté ma montre. Et moi je n’ai plus qu’à errer sur cette terre, libre, et ce qui doit arriver arrivera sans que je ne puisse l’éviter, voilà mon unique certitude. Il n’y a plus de place pour le doute dans ma vie. Quel que soit le chemin que je prenne au hasard d’une intersection, ce sera le seul chemin possible, je ne peux pas penser à ce qui aurait pu arriver si j’avais choisi celui de droite ou l’autre, avec une maison au loin. Je ne peux penser qu’au pas que je fais en ce moment, car qui sait si mon cœur me laissera faire le suivant » -Sebas pose le papier sur la table, à côté des autres messages froissés et du tas de dominos, il lève la tête et tourne son regard vers l’extérieur, vers la rue, par-delà la grande vitrine du bar de Juan. Après un instant nous regardons tous aussi : nous voyons le soleil se cacher derrière un nuage, l’air secouer la cime pointue des grands cyprès-. Et ce fut ce mystérieux destin, bien sûr, qui nous réunit dans cet hôpital. Moi, qui n’avait jamais connu de femme, tremblant d’émotion, et Marta, un peu plus mûre, qui se concentrait sur sa respiration, qui tentait de contrôler les emballements de son cœur. Mais le sursis arriva vite à son terme, il nous permit à peine de nous connaître et de finir par nous aimer, dans une course contre le temps où nous voulions atteindre le plaisir avant la mort.
-Sebas, qu’est-ce que tu ressens ?… Dis-moi, tu la vois ? Comment est-elle –c’est ce que je lui dis à l’oreille tandis que la famille me regarde de travers, sur le point de me jeter dehors comme un malpropre-. N’oublie pas de lui parler, dis-lui que je l’attends. Demande-lui de ne pas m’oublier, s’il te plaît, qu’elle ne me laisse pas seul encore une fois. Dis-le lui !… N’oublie pas.
-J’ai vécu seul, presque toujours. La mort a emporté beaucoup d’êtres chers ; la mort, bien sûr. En fait, la plupart, c’est l’étourderie qui les a emportés. Depuis que je suis né j’ai toujours été très distrait et en chemin je perdais inconsciemment les choses et les gens. J’avais tout le monde sur le bout de la langue, sauf la personne qui m’embrassait alors. Maintenant que je suis vieux les souvenirs me reviennent. Et vous savez ce que la mémoire me ramène ? –silence. Dans le bar de Juan tout le monde le sait-. Une faim très ancienne dans ce corps ridé qui regrette la chaleur d’autres corps, la caresse d’autres mains, comme s’il n’y avait rien de plus important au monde. Et je sais qu’il en est ainsi.
Je suis de nouveau seul. Je peux à peine me lever de mon lit, j’ai bu jusqu’à la dernière goutte la tournée payée par Sebas comme s’ils étaient tous encore là.
-A la santé de Sebas !
-A la santé de Blas !
-A la santé de Ramiro !
-A la santé de Pepe
-Pourquoi tu ne rentres pas chez toi, merde ! Tu ne crois pas que tu as assez bu comme ça ?
Je n’ai même pas pu assister à l’enterrement de Sebas.
-A bientôt –je l’ai salué de ma terrasse.
Le soleil descend rapidement, je vois l’ombre avancer et couvrir peu à peu le quartier, avec l’ombre viendra aussi, je le sais, la nuit et l’impatience.
-Allons-y ! Je suis prêt pour la rencontre, je tremble de peur comme aux meilleurs moments de ma vie. Viens ! Allons-y ! Viens une fois pour toutes !…
Alors que je retourne vers le lit, la porte de la terrasse s’ouvre soudain, le vent s’engouffre, soulève et emporte rideaux et papiers. Alors je continue à crier, parce qu’il faut la défier jusqu’à la fin, la Mort aime beaucoup se faire prier lorsque tu la désires.
-Je sais que tu es là, que tu rôdes autour de moi depuis longtemps ! Qu’est-ce que tu attends… ! J’aurai encore assez de forces pour cette dernière nuit d’infarctus. Mort aimée, qu’accompagnent des souvenirs humides, un trouble de beaux corps regrettés –je ne peux pas la voir mais je la sens approcher, enfin, et elle apporte avec elle le délire de la mémoire- Viens ! Allons-y …! En une seule nuit nous vivrons la folie de longues années de désir, je répèterai pour toi les plus belles caresses et les baisers les plus profonds. Ce sera la jouissance de la chair, une illusion encore, mais qui reste malgré tout ce qu’il y a de plus réel dans ce monde qui s’achève.



Prévisualiser Prévisualiser     Imprimer l'article Imprimer l'article

 
^ Haut ^