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Cuba | Adriel Gómez - Descalzo - Pieds-nus
Adriel Gómez (Cuba)


[lire la traduction]



Descalzo

Estaban sentados en el césped, en la esquina del parque más cercana a la peletería, escondidos detrás de un arbusto. “Estamos malditos” -pensó Marcela y olvidándose de la angustia se repuso- “pero saldremos de esta” “Por suerte no hay guarda parques” -observó Pepe Damián. Sus ojos se dirigieron directamente a los calcetines.
‑¿Crees que pasarán?
‑Ya deben estar al abrir - respondió ella mirando la peletería por entre las ramas.
‑Quiero irme.
‑No, descalzo. Te quedas hasta que lo logremos.
Y a ella se le dilataron las aletas de la nariz.
Pepe se había adaptado a la forma de ser de Marcela. Conocía casi perfectamente los secretos de su ser físico, tanto, que cuando estaban cerca él no podía dejar de percibir cualquier remoción anatómica, aún las más ínfimas e inconscientes. Al notar el movimiento de la nariz, evocó la peste, el sudor prendido a sus pies, y cómo Dora había tenido que ocuparse de su calzado todos los días, lavándolos o rociándolos con aromatizantes. Pero este no era exactamente un problema. El problema era estar en el césped, obligados a la espera iniciada con la humedad del rocío y ahora prolongada por la picazón de la hierba; el problema era no tener calzado, y cuando lo tuviera, retenerlo y hacer lo posible por no volver a los tiempos de Dora.
‑Para que lo sepas -añadió de pronto Marcela-. Tal vez haya que esperar hasta la tarde, hasta las seis...
‑¡Tarro en almíbar! -casi gritó él e intentó levantarse. Marcela lo detuvo con un suave movimiento y fue como si le penetrara el sedante que necesitó durante su primer matrimonio.
Marcela no era tan bonita como Dora. Dora había sido su sueño durante años Y sueño y dueño eran, según él, palabras únicamente diferenciadas por la primera letra; sólo que en este caso, no supo cuál iniciativa podría introducirlo en el atractivo de Dora. Su mudez le impidió tomar la delantera; tuvo que caminar muchísimo, demasiado, sin que le faltaran ganas. Dora se ocultaba con la rapidez, la agilidad de alguien consciente de su evasión y persistía en su huida ante las declaraciones y propuestas de Damián obligándolo a dar rodeos después de cada negativa. Dos años gastados en pesquisas sobre su paradero, en ubicaciones entre calles y en esquinas a...dos años de recorridos por pueblos y ciudades, caminatas, trotes y carreras.
‑Y ahora estoy aquí...
‑¿De qué hablas‚ descalzo?
‑Me lamento por lo que hice.
‑Tú no hiciste nada...Es algo que está pasando. Tienes que hacer un esfuerzo.
El recordó la primera vez que quiso controlarse, el afán doloroso, diríase inútil, por dominar el movimiento de sus piernas habituadas a recorrer kilómetros, obedientes al deseo de vencer distancias.
‑Lo raro es que nunca me salieron ampollas ni se me hincharon los pies -volvió a decir Pepe Damián‚ mirándose las medias.
‑¿Por qué piensas en lo más malo? -Marcela lo miró fijamente- Considéralo una enfermedad benévola.
‑¿Benévola? ¡Si no pude controlar las piernas hasta que te conocí! No sabes lo que es caminar sin un sentido.
‑Nunca te preocupaste por buscarlo.
‑Pero sí. Yo tenía un objetivo. Quería encontrar a Dora.
‑Digo buscar un sentido a la caminata después de casarte, pedazo de necio... ¿Alguna vez te sentiste cansado?
‑No.
‑Entonces‚ ¿por qué no te hiciste corredor maratónico, o cartero, o simple caminante? A cada rato convocan a competencias de corredores y caminantes.
‑No sería honesto sacarles ventaja a otros con un mal.
‑¡Bah! Nadie anda preguntándose que cosa está bien o mal cuando se tienen los zapatos rotos.
Dora era una mujer de su casa‚ asentada‚ estática‚ amante de “las cosas en su lugar”‚ del orden hogareño‚ exactamente las mismas condiciones que le hizo saber a Pepe Damián antes de aceptar casarse son él‚ viéndolo tan insistente. El día de la boda fue terrible. Pepe Damián se la llevó cargada hasta el hotel porque no pudo evitar lanzarse a la caminata; y ella tenía los tacones altos, un lujo que le impidió seguirlo con la misma velocidad, y lo que pareció una forma original de comenzar la luna de miel, se convirtió en la proverbial incomprensión de pareja. “Todo irá bien si consigues estar siempre a mi lado” -advirtió Dora‚ viendo cómo su esposo se le iba de entre las manos. Damián fluía de la estabilidad soñada, se le desplazaba por entre los cálculos domésticos por culpa del descontrol de sus pies que se lo llevaban todos los días vaya usted a saber dónde. Un poco hiriente esta última palabra para la tranquilidad de Dora. A ella no le importaba tanto que fuera a los tugurios de un barrio sombrío para acostarse con putas, como a las residencias (o por lo menos casas decentes), en las que estarían esperándolo posibles competidoras.
Pepe Damián sonrió por primera vez desde que llegaran al parque. Tocó a Marcela con delicadeza‚ casi con miedo.
‑Te quiero -le dijo.
Ella no le contestó; le agradeció el cumplido con un abrazo.
Si no hubiera sido por el lío de los zapatos jamás hubiera conocido a Marcela‚ porque Dora‚ la verdad, siempre se ocupaba de su calzado; los limpiaba‚ los mandaba a arreglar‚ los sometía a su organización rigurosa‚ aunque muchas veces se sintiera angustiada‚ hastiada‚ burlada por el vagabundeo enigmático de su marido.
El colmo se dio la mañana cuando un par de zapatos salió caminando solo. Eran charolados. Se los había comprado barato a unos niños. Ellos los habían encontrado en lo que fue el jardín de una residencia abandonada y ella pensó que podían sustituir todos los zapatos rotos amontonados en el fondo del closet. “Además‚ con estos no tengo gastos en betún” se dijo. Pero cuando Damián fue a estrenarlos después de un descanso incómodo agitado por una violenta sacudida de sus piernas, el calzado se le safó de las manos y comenzó a recorrer la casa con un taconeo que hubiera enorgullecido a cualquier persona elegante.
‑No me van a estropear la velada
Se dijo Pepe Damián. Ese día tenía programada una actividad en el club de Bailadores‚ quizás el único lugar donde su hiperkinesis era estimada como un don contagioso‚ insustituible por lo divertida. Pero los charolados tenían oídos‚ a lo que parece‚ porque salieron por la puerta y no regresaron hasta bien entrada la noche‚ como si fueran un perro, un gato o cualquier otra mascota ansiosa de un plato de comida.
Pasaron toda la mañana siguiente tratando de atraparlos. Infructuoso. Y empezaron a sentirse confundidos por aquel raro comportamiento. Pepe Damián‚ porque estaba obsesionándose con la idea de convertirse en un caminante con records espectaculares‚ y lo humillaba la posibilidad de que un par de zapatos se estuviera burlando de su aspiración; Dora, porque no podía creer en la violación de su orden por parte de un artículo inesperadamente móvil. Aquella autonomía en algo que se suponía pasivo e inorgánico se le antojaba probable rebelión‚ o conjura contra las normas de su vida sedentaria. No podía culpar a Damián‚ mucho menos a los zapatos (ella misma los había comprado con sus ahorros); así que cayó en un malestar profundo. Los charolados derrochaban energía. Se encaramaban en el techo; flotaban en el agua de la bañera‚ de donde salían a dejar máculas por el piso recién baldeado; caminaban por encima de los muebles de la casa‚ y por la noche‚ cuando soplaba la brisa fresca‚ se refugiaban cerca del fogón‚ o se calentaban dentro de la olla‚ interrumpiéndoles la comida. Dora acabó por perder la paciencia. Pidió el divorcio. Damián se quedó con los zapatos rotos.
‑¿Sabes de qué me acuerdo? -le dijo Marcela-. Del día que llegué a tu casa.
Pepe Damián se puso tenso.
‑Cuando llegué a tu casa me pregunté cómo yo no había echado a perder mis plataformas: ni los tacones se le desprendieron...Pero no pongas esa cara mi amor. No te recrimino por nada...Es que...Los charolados fueron como una guía: me llevaron a donde tú estabas.
Ese día tocaron a la puerta de Pepe Damián sin claves de contraseña. El dudó en abrir. Estaba acomplejado. Ya le gritaban descalzo ‚ en el trabajo, en la calle‚ los vecinos y los conocidos; y eso que al salir se servía de sus chancletas y sandalias, cosidas y remendadas‚ cierto‚ pero todavía dignas en medio de su involuntaria crisis. Estaba irascible porque tenía que caminar cada ángulo de la casa. Irascible. Violento. Pero abrió la puerta. Una mujer le enseñaba un par.
‑¿Esto es suyo?
Los zapatos que le estaban amargando la vida. ¡Los de charol! Allí, entre esos dedos finos, reluciendo con su negra brillantez contra el color rojo vivo de su pintura de uñas. El asombro le impidió cerrarle la puerta en la cara.
‑Sí‚ son míos...Pasa...Pero‚ ¿dónde los encontraste?
Ella explicó. Los había visto caminando solos por el parque el día antes. Como siempre tuvo miedo de psicólogos y psiquiatras‚ desconfió de una alucinación‚ y prefirió imaginar que un hombre invisible y desnudo se paseaba con ellos. Se acercó, sin mirarlos.
La imantaba el silencio del hombre invisible‚ ¿cómo será?‚y construía delirantes imágenes: pectorales salientes y compactos‚ fibras duras en el abdomen‚ pantorrillas de corredor. Cerró los ojos y extendió las manos pero no tocó nada, absolutamente nada.
Entonces trató de recoger los zapatos‚ pero se le desprendieron de las manos.
Marcela miró asustada a su alrededor; temía hacer el ridículo. Cada quien seguía entretenido con los atractivos del parque, cada quien en su charla. Y ella enmudecida por la ausencia de su probable caminante.
Decidió regresar.
Durante el trayecto escuchó todo el tiempo, a sus espaldas, el monótono taconeo de unos pasos “¿Y los piropos?” -se preguntó ella, acongojada por el silencio de su acosador. Se acostó a las once, a la procura de un sueño que sabía condenado. En el apartamento contiguo había una fiesta que duró hasta las tres de la madrugada con abundante repertorio y variedad rítmica. Marcela intentó diluirse en los decibeles de las bocinas para olvidar la extraña crónica de la jornada‚ pero nada fue más propicio al taconeo que la tranquilidad de su cuarto. Ella oía claramente la evolución de los pasillos de baile interpretados por el movimiento inconcebible de los zapatos y dio vueltas en la cama, enredándose con las sábanas. Pasadas las tres de la mañana‚ le pareció descubrir un nuevo compás en el taconeo. Se levantó convencido de que nadie protestaría por la insistente repetición de unas claves emitidas sólo para sus oídos. Detrás de la puerta se oían mejor: una sucesión de sonidos repetidos‚ una pausa regular‚ más larga‚ luego otra sucesión de sonidos cortos. “Clave Morse” ‚ se dijo Marcela‚ sonriéndose. Había estudiado telegrafía. Aún podría descifrar el mensaje si se ayudaba con las notas de su vieja libreta.
‑Así pude saberlo todo‚ o casi todo‚ de ti; quien eres‚ dónde vivías -terminó de contar Marcela. Le devolvió los charolados y él pudo cogerlos‚ suavemente‚ y ponérselos‚ también suavemente‚ y antes de que Marcela saliera a la calle le dijo: “Espera ¿por qué no salimos juntos?”. Y así fue como Marcela escuchó aquellos piropos que extrañara‚ porque cada paso era el descubrimiento de un afecto vivo desde mucho antes.
‑Vivimos felices durante un año -dijo Marcela y añadió un poco entristecida:- hoy hace como un año.
Palabras como esas desgarraban la espera. Pepe Damián tuvo deseos de levantarse y de huir. Se pudo controlar. Cambió de posición y se puso de rodillas.
‑Volveremos a ser felices -aseguró.
Lo dijo en serio. En todo aquel tiempo no se había molestado por las bromas de los charolados. Cuando se los ponía‚ después de una persecución que no sobrepasaba los límites del jardín‚ se animaba a decirle cosas bonitas a Marcela y se daba cuenta de que no se las había dicho a otra mujer. Tampoco había conocido de ese acople de pasos que en las caminatas violentas‚ inevitables por su compromiso con lo puntual‚ le hacían apreciar el deleite de un buen recorrido; y nunca fueron a mejores lugares que aquellos a donde los guiaban los zapatos.
Por eso todo se complicó una noche en la que vagó sonámbulo.
Fue un recorrido involuntario, casi un reflejo, o quizás un residuo anímico del anterior matrimonio, con sus inquietudes. Pero, ¿cómo hacérselo comprender a Marcela si la meta de su inesperado viaje había sido precisamente la casa de Dora? Sus pies lo habían conducido allí, de prisa, sin obstáculos y descalzos, lo que a Marcela le había resultado todavía más hiriente, porque dadas las circunstancias, le pareció que aquellos pies podían desenvolverse por sí mismos en búsquedas clandestinas, en rastreos de destinos supuestamente olvidados.
Marcela se sintió decepcionada. Como muchas otras, era una mujer romántica, más audaz en sus sueños. Se los habían arruinado muchos hombres insensibles a sus ansias de querer y de deseo. Por primera vez su vida le ofrecía un sopor que era realidad: el encuentro con el descalzo, luego sustentado por las continuas promesas de su cariño. El descalzo acababa de violarlas. Cierto que Dora lo echó de la casa en cuanto despuntó la mañana; pero de todas maneras, Pepe Damián había dormido con ella después de caminar un par de kilómetros. Marcela no admitió explicaciones o súplicas. No la habían convencido las justificaciones, ni la fatiga, ni los peligros de la noche solitaria, ni el temor de Dora a despertar a un caminante con los ojos profundamente cerrados...
‑Dime algo, Pepe. ¿Alguna vez fuiste feliz mientras te gritaron descalzo?
‑No.
‑¿Y por qué dejas que yo te lo diga?
‑No me molesta. En tus labios no tiene sabor a culpa.
Marcela decidió cambiar de opinión después de las reprimendas. Mientras preparaba un barrido, los zapatos se le escaparon, y detrás salieron cojeando los rotos, desde las botas hasta las chancletas y sandalias amarradas con alambre. "Estamos malditos", pensó Marcela al ver la desesperación de Pepe Damián; y había salido a la calle a buscar los charolados, preocupada por los pies descalzos, es decir, por la prolongación del encierro, de lo estático, del tedio. Caminó con los bríos de su novio. Visitó el parque, y al fin los vio, expuestos en la vidriera de una peletería.
Cuando quiso comprarlos, el dependiente la miró sorprendido:
‑Estos zapatos, señora, no están en venta. Son una exhibición.
‑Pero, ¿qué es esto? ¿Peletería o museo?
‑No están en venta. Son una reliquia. Pertenecieron al ex - teniente taquígrafo Gasparini, el seductor más famoso de esta ciudad.
‑Yo los necesito. Quiero ser seducida.
El dependiente volvió a mirarla, ahora con el ceño fruncido.
‑¿Cuánto pide por ellos? -insistió.
‑Lo siento -contestó el empleado. Hablaba con tono concluyente-. No están en venta.
Toda la tarde estuvo Marcela sentada en un banco, frente a la peletería. En desorden afluían a su mente palabras y frases: seductor, caballero andante, peregrinaciones y reliquias, adoración, perennidad, amor, vida mía, desconcierto ante la visión de Pepe Damián que a esa hora se tiraba de los pelos.
A las seis, cuando cerraron la peletería, Marcela se acercó a la vidriera. El sol comenzaba a ponerse. Y ella todavía estaba allí, esperanzada. Por fin, frente a lo sonrisa agradecida de Marcela, los charolados bajaron de su estrado y salieron por una claraboya sin cristal. No pudo recogerlos. Los zapatos dejaron sobre la acera, llena ya de sombras, un mensaje exclusivo para sus oídos: "Ven mañana, preciosa"; y desaparecieron con los pasos de una carrera.
‑Descalzo, ¿alguna ves oíste hablar de Gasparini?
‑Me parece que sí. Alguien que fue irresistible para las mujeres; uno sin necesidad de limar los desentonos de su elegancia -Pepe Damián se miró los pies. Luego preguntó:- ¿A qué viene eso?
Marcela recapacitó unos segundos. Luego dijo:
‑Un hombre mundano al que todos ustedes envidiarían hoy...Qué interesante.
‑¿Interesante? ¿Qué es interesante?
‑Nada. Yo me entiendo.
Marcela se identificó con aquel rasgo de bondad que había caracterizado los últimos días del seductor rompecorazones, macho duro con harén de treinta hembras, experto en remedios para la sífilis y la gonorrea, y caminante empedernido.
Lo vio sonriente, contemplándolos a ellos dos, enlazados por las manos, y sintió luego que se acercaba con sus pasos cuidadosos.
Antes de las seis de la tarde, los zapatos de charol caminaban por la acera del parque, exactamente delante de ellos. Marcela no permitió a la expectación matar su regocijo. Veía a Gasparini acercarse, la flor de la solapa en su mano derecha con la intención de regalársela.
‑¡ Ahora! -gritó de pronto Marcela.
Y saltaron por encima del arbusto.



Pieds-nus

pieds.jpg Ils étaient assis sur l’herbe, au fond du parc, au plus près du magasin de cuirs et peaux, cachés derrière un arbuste. « C’est une malédiction » -pensa Marcela qui se reprit bientôt, chassant ses angoisses- « mais nous nous en sortirons ». « Heureusement il n’y a pas de gardiens dans le parc » -se dit Pepe Damián. Il regarda fixement ses chaussettes.
‑Tu crois qu’ils vont passer ?
‑Ils ne vont pas tarder à ouvrir –répondit-elle en observant le magasin de peaux entre les branches.
‑Je veux partir.
‑Non, Pieds-nus. Tu restes jusqu’à ce qu’on réussisse.
Et ses narines se dilatèrent.
Pepe s’était adapté à la façon d’être de Marcela. Il avait une d’elle une connaissance presque parfaite du plus petit détail physique, si bien que lorsqu’il était prêt, il ne pouvait manquer de percevoir le moindre mouvement anatomique, pour infime et inconscient qu’il fût. Lorsqu’il remarqua le mouvement du nez, il pensa à la puanteur, à la sueur collée à ses pieds, et il se souvint de Dora s’occupant de ses chaussures chaque jour, les lavant et les aspergeant de parfum. Mais là n’était pas vraiment le problème. Le problème c’était de rester sur le gazon, forcés à l’attente commencée dans l’humidité de la rosée et maintenant prolongée dans les démangeaisons causées par l’herbe, le problème c’était de ne pas avoir de chaussures, et quand il en aurait, de les garder et de tout faire pour ne pas retourner à l’époque de Dora.
‑Et mets-toi dans la tête –ajouta soudain Marcela-, qu’il faudra peut-être attendre jusqu’au soir, jusqu’à six heures…
‑Il ne manquait plus que ça ! dit-il dans un cri étouffé et il essaya de se lever. Marcela l’arrêta d’un mouvement doux et il se sentit apaisé comme jamais il ne l’avait été au cours de son premier mariage.
Marcela n’était pas aussi jolie que Dora. Il avait rêvé de Dora pendant des années, et entre « je l’aime » et « je l’ai », il n’y avait somme toute que la distance de deux lettres à franchir, pensait-il, mais comment fallait-il s’y prendre avec Dora ?. Son mutisme l’empêcha de prendre les devants, il dut marcher très longtemps, trop longtemps, sans que son désir pourtant ne faiblît. Dora travaillait ses effets et s’éclipsait avec rapidité et agilité ; elle fuyait avec constance les déclarations et les propositions de Damián, l’obligeant à trouver une nouvelle approche après chaque refus. Deux années perdues à chercher où elle vivait, à rester planté au coin des rues… deux années d’errance à travers villes et villages, des marches, des trots et des courses.
‑Et voilà où j’en suis…
‑De quoi parles-tu, Pieds-nus ?
‑Je regrette ce que j’ai fait.
‑Tu n’as rien fait… Les choses se passent ainsi. Il faut que tu fasses un effort.
Il se souvint de la première fois où il voulut se contrôler, le désir ardent, douloureux, et pour ainsi dire inutile, de dominer le mouvement de ses jambes habituées à parcourir des kilomètres, faites pour franchir les distances.
‑Bizarrement, jamais je n’ai eu d’ampoules ni les pieds gonflés –poursuivit Pepe Damián, regardant ses chaussettes.
‑Pourquoi vois-tu toujours le mauvais côté des choses ? Marcela le regarda fixement. –Prends ça comme une maladie bienveillante.
‑Bienveillante ? Mais jamais je n’ai pu contrôler mes jambes avant de te connaître ! Tu ne sais pas ce que c’est que de marcher sans raison.
‑Tu n’as jamais cherché à connaître cette raison.
‑Mais si. J’avais un but. Je voulais trouver Dora.
‑Je dis chercher une raison à ta marche après t’être marié, bêta… Tu t’es déjà senti fatigué ?
‑Non.
‑Alors pourquoi n’es-tu pas devenu coureur de marathon, ou facteur, ou tout simplement marcheur ? Les gens qui savent courir et marcher sont très recherchés.
‑Ce ne serait pas honnête de passer avant les autres à cause de ce mal.
‑Bah ! Personne ne se demande ce qui est bien ou mal quand il se retrouve pieds nus.
Dora était une femme d’intérieur, installée, statique, qui aimait voir chaque chose à sa place, et l’ordre dans son foyer, et c’est ce qu’elle fit savoir à Pepe Damián devant son insistance, avant d’accepter de l’épouser. Le jour du mariage fut terrible. Pepe Damián la porta dans ses bras jusqu’à l’hôtel parce qu’il ne put éviter de partir au pas de course, et elle avait des talons hauts, un luxe qui l’empêcha de le suivre à la même vitesse, et ce qui aurait pu être une forme originale de commencer une lune de miel devint la proverbiale incompréhension du couple. « Tout ira bien si tu arrives à rester toujours à côté de moi » -prévint Dora qui voyait déjà son époux lui échapper. Damián fuyait la stabilité rêvée, ne trouvait pas sa place dans les calculs domestiques, se sachant maîtriser ses pieds qui l’entraînaient tous les jours Dieu sait où. Ce qui était un peu blessant pour Dora et sa tranquillité. Elle se s’inquiétait pas tant de l’imaginer dans le bouge d’un quartier sombre couchant avec des prostituées que de penser qu’il pouvait fréquenter des maisons décentes où pouvaient l’attendre de possibles concurrentes.
Pepe Damián sourit pour la première fois depuis qu’ils étaient arrivés dans le parc. Il toucha Marcela avec délicatesse, presque avec peur.
‑Je t’aime –lui dit-t-il.
Elle ne répondit pas ; elle le remercia d’un baiser.
Sans l’histoire des chaussures, il n’aurait jamais connu Marcela, parce que c’était Dora, elle-même et toujours qui s’occupait de ses chaussures, qui les nettoyait, les faisait réparer, les soumettait à son organisation rigoureuse, même si souvent elle se sentait angoissée, lassée, trompée par le vagabondage énigmatique de son mari.
Le comble, ce fut le jour où une paire de chaussures sortit se promener toute seule. C’étaient des souliers vernis. Elle les avait achetés à bas prix à des enfants. Ils les avaient trouvés dans ce qui avait été le jardin d’une propriété abandonnée et elle pensa qu’ils pourraient remplacer toutes les chaussures usées qu’elle amoncelait au fond des toilettes. « En plus, avec ça, j’économise le cirage » se dit-t-elle. Mais quand Damián tenta de les chausser après un repos incommode agité par un violent tremblement de ses jambes, les chaussures lui échappèrent et commencèrent à parcourir la maison, donnant des coups de talon qui eussent rempli d’orgueil la personne la plus élégante.
‑Elles ne vont pas me gâcher la soirée –se dit Pepe Damián. Il avait prévu ce jour là une sortie au club des Danseurs, peut-être le seul lieu où son activité maladive fût considérée comme une grâce contagieuse, irremplaçable par l’amusement qu’elle provoquait. Mais les souliers vernis semble-t-il avaient des oreilles, parce qu’ils prirent la porte et ne rentrèrent que bien plus tard dans la nuit, comme un chien, un chat ou tout autre animal domestique vient quémander sa nourriture.
Ils passèrent toute la matinée du lendemain à essayer de les attraper. Sans succès. Et le trouble s’installa face à cet étrange comportement. Chez Pepe Damián d’abord, parce qu’il avait décidé de devenir un marcheur aux records spectaculaires, et se sentait humilié qu’une paire de chaussures pût tourner en ridicule son aspiration. Chez Dora ensuite, parce qu’elle n’arrivait pas à croire à la violation de son ordre par un objet étrangement mobile. Cette autonomie en quelque chose qui était supposé être passif et inorganique était à ses yeux une probable rébellion, un complot contre les normes de sa vie sédentaire. Elle ne pouvait en rendre Damián responsable, les chaussures encore moins (elle les avait achetées elle-même avec ses économies), de sorte qu’elle sombra dans un profond malaise. Les souliers vernis débordaient d’énergie. Ils se perchaient au plafond, flottaient dans l’eau de la baignoire, d’où ils sortaient en maculant le sol qu’on venait de laver ; ils marchaient sur les meubles de la maison, et la nuit, quand soufflait la brise fraîche, ils se réfugiaient près du poêle, ou se réchauffaient dans la marmite, interrompant leur repas. Dora finit par perdre patience. Elle demanda le divorce. Damián garda le tas de chaussures éculées.
‑Tu sais de quoi je me souviens ? –lui dit Marcela. Du jour où je suis arrivée chez toi.
Pepe Damián se tendit.
‑Quand je suis arrivée chez toi je me suis demandée comment j’avais fait pour ne pas abîmer mes chaussures : mes talons hauts ne s’étaient pas défaits… Mais ne fais pas cette tête mon amour. Je ne te fais aucun reproche… C’est que… Les souliers vernis m’avaient guidée : ils m’avaient menée où tu étais.
Ce jour-là, on frappa à la porte de Pepe Damián sans le code habituel. Il hésita à ouvrir. Il avait honte. On l’appelait déjà Pieds-nus au travail, dans la rue, les voisins et les connaissances avaient adopté le surnom, et pourtant lorsqu’il sortait il mettait ses sandales, cousues et recousues, certes, mais encore dignes au milieu de la tourmente qu’il subissait. Il était irascible pace qu’il devait marcher d’un bout à l’autre de la maison. Irascible. Violent. Mais il ouvrit la porte. Une femme lui tendait une paire de…
‑Ils sont à vous ?
Les souliers qui lui gâchaient la vie. Les souliers vernis ! Là, entre ces doigts fins, dans l’éclat de leur noir rehaussé par le rouge vif de son vernis à ongles. L’étonnement l’empêcha de lui claquer la porte au nez.
‑Oui, ils sont à moi… Entre… Mais, où les as-tu trouvés ?
Elle expliqua. Elle les avait vus marcher seuls dans le parc la veille. Comme elle s’était toujours méfiée des psychologues et des psychiatres, elle écarta l’idée d’une hallucination, et elle préféra imaginer un homme invisible se promenant nu, chaussures aux pieds. Elle s’était approchée, mine de rien.
Le silence de l’homme invisible l’attirait, comment pouvait-il être ?, et elle se projetait de délirantes images : les pectoraux saillants, les muscles fermes de l’abdomen, les mollets de coureur. Elle ferma les yeux et étendit les mains qui ne rencontrèrent rien, absolument rien.
Alors elle essaya de ramasser les chaussures, mais elles lui glissèrent entre les mains.
Marcela regarda autour d’elle, apeurée, elle craignait le ridicule. Chacun était à ses occupations dans le parc, chacun à sa conversation. Et elle était restée bouche bée face à l’absence de son hypothétique marcheur.
Elle décida de rentrer.
Pendant le trajet, elle entendit constamment, derrière elle, monotone, un bruit de pas. « Et il ne m’aborde pas ? » -se demanda-t-elle, angoissée par le silence de celui qui la suivait. Elle se coucha à onze heures, à la recherche d’un sommeil qui ne viendrait pas, elle en était sûre. Dans l’appartement voisin on donnait une fête qui dura jusqu’à trois heures du matin avec un répertoire abondant et des rythmes variés. Marcela tenta de s’étourdir dans les décibels des haut-parleurs pour oublier l’étrange histoire de la journée, mais rien ne fut plus propice aux bruits de pas que la tranquillité de sa chambre. Elle entendait clairement les petits pas de danse interprétés par l’inconcevable mouvement des chaussures et tourna et se retourna dans son lit, s’emmêlant dans les draps. Après trois heures du matin, il lui sembla que les semelles dansaient sur un rythme nouveau. Elle se leva, non, personne ne protesterait à cause de l’insistante répétition de sons chiffrés émis seulement pour ses oreilles. Derrière la porte, on les entendait mieux : une succession de coups répétés, une pause régulière, plus longue, ensuite une autre succession de frappes courtes. « C’est du morse », se dit Marcela en souriant. Elle avait étudié la télégraphie. Elle pourrait encore déchiffrer le message à l’aide des notes de son vieux cahier.
‑C’est ainsi que j’ai pu tout savoir, ou presque, de toi, qui tu étais et où tu habitais –acheva Marcela.
Elle lui rendit les souliers vernis et il put les prendre, doucement, et les mettre, tout aussi doucement, et avant que Marcela ne reparte, il lui dit : « Attends. Pourquoi ne sortirions-nous pas ensemble ? » Et c’est ainsi que Marcela entendit ces compliments qui lui avaient tant manqués, et que chaque pas devint pour elle la découverte d’un sentiment très fort et très ancien.
‑Nous avons vécu heureux pendant un an –dit Marcela qui ajouta un peu attristée : - presque un an aujourd’hui.
Les mots qu’elle prononçait rendaient l’attente déchirante. Damián eut envie de se lever et de fuir. Il parvint à se contrôler, changea de position et s’agenouilla.
‑Nous serons à nouveau heureux –assura-t-il.
Il le dit avec sérieux. Pendant tout ce temps-là les souliers vernis ne lui avaient plus joué de mauvais tours. Quand il les mettait, après une poursuite qui ne dépassait pas les limites du jardin, il avait le courage de dire de belles choses à Marcela, des mots qu’il n’avait jamais prononcés pour une autre femme. Il n’avait jamais connu non plus cette aisance dans les pas qui, dans les marches violentes qu’il s’imposait rigoureusement pour atteindre son but, lui faisait apprécier les délices d’un parcours réussi ; et ils n’allèrent jamais à de meilleurs endroits que ceux où les guidaient les souliers.
Tout se dérégla la nuit de son errance somnambule.
Il marcha malgré lui, dans une sorte de mouvement réflexe, ou peut-être poussé par une réminiscence de son esprit, un reste des inquiétudes de son ancien mariage. Mais comment faire comprendre à Marcela ce qui pouvait expliquer le but de son voyage inattendu, la maison de Dora, précisément. Ses pieds l’avaient conduit chez elle, rapidement, sans rencontrer d’obstacles, et nus, ce qui avait été encore plus blessant pour Marcela, parce qu’elle en déduisit que ces pieds-là pouvaient se débrouiller tout seuls, clandestinement, sur les traces d’un passé qu’on supposait oublié.
Marcela se sentit flouée. Comme beaucoup d’autres, c’était une femme romantique, plus audace dans ses rêves que dans la vie. Des rêves ruinés par beaucoup d’hommes insensibles à sa soif d’amour et de désir. Pour la première fois, sa vie lui offrait réellement ce qu’elle ne connaissait que dans son sommeil : la rencontre avec Pieds-nus, ensuite les continuelles promesses de sa tendresse. Pieds-nus venait de violer ces promesses. S’il était vrai que Dora l’avait mis à la porte à l’aube, Pepe Damián avait de toutes façons dormi avec elle après avoir parcouru deux kilomètres. Marcela n’accepta aucune explication, aucune prière. Elle n’avait pas été convaincue par les justifications, ni la fatigue, ni les dangers de la nuit solitaire, ni la crainte de Dora de réveiller un marcheur aux yeux clos…
‑Dis-moi, Pepe. T’es tu jamais senti heureux quand on t’appelait Pieds-nus ?
‑Non.
‑Et pourquoi me laisses-tu t’appeler ainsi ?
‑Venant de toi, cela ne me gêne pas. Sur tes lèvres ce surnom n’a pas la saveur du reproche.
Marcela cependant changea d’opinion après les réprimandes. Tandis qu’elle s’apprêtait à passer le balai, les souliers lui échappèrent, et derrière eux sortirent en boitant les chaussures usées, des bottes jusqu’aux sandales réparées avec du fil de fer. « C’est une malédiction », pensa Marcela lorsqu’elle vit le désespoir de Pepe Damián, et elle sortit à la recherche des souliers vernis, inquiète pour les pieds nus, ou plutôt par ce qu’ils signifiaient, à nouveau l’enfermement, le repli, l’ennui. Elle marcha avec l’allant de son fiancé. Elle parcourut le parc, et enfin elle les vit, exposés dans la vitrine d’un marchand de cuirs et peaux.
Quand elle voulut les acheter, l’employé la regarda avec surprise :
‑Ces souliers, madame, ne sont pas en vente. Ils sont exposés.
‑Mais pourquoi donc, où suis-je ? Dans une boutique ou dans un musée ?
‑Ils ne sont pas en vente. Il s’agit d’une relique. Ils ont appartenu à l’ex lieutenant télégraphiste Gasparini, le plus célèbre séducteur de cette ville.
‑Il me les faut. Je veux être séduite.
L’employé la regarda à nouveau, cette fois en fronçant les sourcils.
‑Combien en demandez-vous ? –insista-t-elle.
‑Je regrette –répondit l’employé. Il parlait d’un ton sec-. Ils ne sont pas en vente.
Marcela resta tout l’après-midi assise sur un banc, face à la boutique. En désordre affluaient à son esprit des mots et des phrases qui lui parlaient de séduction, de chevalier errant, de pèlerinages et de reliques, adoration, toujours, amour, ma vie, troublée lorsqu’elle pensait à Pepe qui à cette heure-là devait devenir fou.
A six heures, quand la boutique ferma, Marcela s’approcha de la vitrine. Le soleil commençait à se coucher. Et elle était encore là, pleine d’espérance. Enfin, face au sourire reconnaissant de Marcela, les souliers vernis descendirent de leur estrade et sortirent par une imposte sans vitre. Elle ne put pas les prendre. Les souliers laissèrent sur le trottoir, que couvraient déjà les ombres de la nuit, un message pour ses seules oreilles :«  Viens demain, beauté » et ils disparurent au pas de course.
Pieds-nus, tu as déjà entendu parler de Gasparini ?
‑Il me semble. Un homme auquel les femmes ne pouvaient résister, un homme qui n’avait pas à veiller aux éventuelles fausses notes de son élégance- Pepe Damián regarda ses pieds. Il demanda ensuite : -Pourquoi me demandes-tu ça ?
Marcela réfléchit quelques secondes, puis elle dit :
‑Un homme du monde dont vous seriez tous jaloux aujourd’hui… Comme c’est intéressant.
‑Intéressant ? Qu’est-ce qui est intéressant ?
‑Rien. Je me comprends.
Marcela ressentit la bonté qu’avait témoignée ces derniers jours le séducteur briseur de cœurs, un vrai mâle avec un harem de trente femmes, expert en remèdes contre la syphilis et la blennorragie, et marcheur invétéré. Elle le vit souriant, les contemplant tous les deux, se tenant les mains, et elle perçut ensuite qu’il approchait d’un pas prudent ?
Il n’était pas encore six heures quand les souliers vernis passèrent sur le trottoir du parc, juste devant eux. Marcela était bien décidée à ne pas laisser échapper son bonheur. Elle voyait approcher Gasparini, tenant dans la main droite la fleur de sa boutonnière qu’il voulait lui offrir.
‑Maintenant ! –cria soudain Marcela.
Et ils sautèrent par-dessus l’arbuste.



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