Aniceto Valverde Conesa (Espagne)
ANICETO VALVERDE CONESA, Cartagena, 24 de julio de 1963. Abogado. Funcionario de la Universidad Politécnica de Cartagena. Publicó su primer artículo en el diario La Verdad de Murcia en 1985. Desde 1996 colabora habitualmente con el diario La Opinión también de Murcia en su sección El expreso de Mandarache. Asimismo es autor de artículos de carácter jurídico y técnico-humanístico en la Revista Técnica Industrial que edita la Fundación del mismo nombre, sección A Ciencia Incierta. Ha publicado varios relatos, entre otros los de carácter histórico La cabeza del ángel y La barca del pescador, premio de relato histórico de la Semana de Novela Histórica de Cartagena edición de 2003. Está desarrollando su tesis doctoral sobre los aspectos sociales, jurídicos y filosóficos de la Técnica.
ANICETO VALVERDE CONESA, Cartagena, 24 juillet 1963. Avocat. Fonctionnaire à l’Université Polytechnique de Cartagena. Il a publié son premier article dans le qotidien La Verdad de Murcia en 1985. Depuis 1996, il écrit régulièrement dans le quotidien La Opinión, de Murcia aussi, dans sa chronique El expreso de Mandarache. Il est aussi l’auteur d’articles sur des sujets juridiques et relatifs à la technique et l’humanisme dans la revue Técnica Industrial éditée par la fondation du même nom, rubrique A Ciencia Incierta. Il a publié plusieurs récits, certains de type historique comme La cabeza del ángel et La barca del pescador, prix du récit historique de la Semaine du Roman Historique de Cartagena en 2003. Il prépare une thèse de Doctorat sur les aspects sociaux, juridiques et philosophiques de la Technique.
La chica del calendario
Me miró de soslayo, torvo, enarcando la ceja y la órbita de su ojo derecho hasta hacerlo sobresalir por encima de aquellas gafas cuadriculadas. Acentuaba este gesto una cara y cabeza picassianas, como un trapecio invertido. Posaba su mirada en mí de este modo cuando quería reprenderme. Sin embargo, esos ojos diminutos y enfoscados, sin color definido, pertenecían a un ser patético. Quería mostrar enfado, eso estaba claro; un enfado de tipo paternalista, todavía más indignante para mí. En cambio el resultado no dejaba de ser esperpéntico. Eso hubiera resultado genial de haberlo pretendido, y más en su caso. Pero no era así. Estaba dejando bien a las claras que algo escondía. Mantuvo el gesto torcido unos instantes más. Yo permanecía sentado en el sillón giratorio y por encima de él, que seguía de pie, miraba la chica del almanaque. Era la de la portada del Play Boy del mes de noviembre.
Se decidió a hablar. Un «no has cumplido» salió de su media boca derecha, apenas por el espacio que le dejaban sus dientes apretados. Eran las siete de la tarde, me acababa de tomar el gin-tonic de costumbre y acariciaba las cachas de la Magnum. La chica del calendario me estaba poniendo cachondo y aquel tipo ya empezaba a resultar demasiado molesto. «Ni vosotros tampoco», le contesté silabeando, como si con las palabras lo abofeteara. Él, al menos, así lo tuvo que notar. Abandonó ese rictus chulesco mientras le crecía el asombro y la indignación.
Aquello era la oficina de Similie. Una habitación de motel-garito de mala calaña. Se oía el incesante campanilleo de las tragaperras. El rítmico crujir de algún somier; los gatos del callejón por donde estaba la salida de estraperlo… La luz intermitente del neón del cartel del motel que entraba por la ventana seguía haciendo aparecer insistentemente aquella figura por debajo de la chica del calendario.
—Lo tuyo es peor. Estás complicando las cosas —replicó todavía sorprendido por lo que acababa de decir.
—Mira, Logan, sabes que nunca os he fallado —y añadí—: Vosotros guardáis algún as en la manga —esto del as le gustó oírlo.
—¿Has hablado con Tracy?
—No —contesté de inmediato.
—Lo que tienes que hacer es cumplir el trato —insistía.
—Ya, ya, Logan; que ahora me vas a decir tú lo que tengo que hacer —repuse, y me sorprendí de haberlo dicho sin haberle vaciado todavía el cargador. Sin percatarse de su peligro volvió al gesto torcido del principio. Añadió: «Vendrá Tracy a hablar contigo». Estuve a punto de soltar una tremenda carcajada. Me contuve. «Dile que no venga sin el dinero», repliqué.
Yo no iba a volver a las andadas. No me iba a complicar la vida de nuevo. Y mucho menos con algo que tuviera que ver con la banda de Tracy y Logan. Si ahora andaba con ellos —con Tracy más que nada— era porque me habían ayudado —miserablemente, desde luego— a salir de la cárcel. La falsificación de billetes de banco anda muy penada hoy día. Pero esto era una cosa; otra muy distinta, por aquella ayuda de mierda, atender todo cuanto ellos me pidieran. No estaba dispuesto, no.
Tracy me había dicho en la sala de visitas de la penitenciaría: «Tú te vienes con nosotros. Bueno, primero damos referencias de mi nueva empresa. La limpia, eh, como trabajo; para que te dejen salir de aquí con el tercer grado. Te estás una temporada al pairo; algún trabajillo de poca monta, y, después, ya hablamos».
—Está bien, Tracy. Pero siempre como yo diga. Los trabajos. ¿Entendido?
—Lo que tú digas, Harry; tú eres el experto —contestó. Desde luego eso fue lo que dijo.
Tracy Similie quería contar conmigo para su organización; una organización de tercera, si es que llegaba. Apenas abarcaba un pequeño sector de influencia en el Barrio. En el polígono. Le dejaban actuar entre los grandes como a la rémora los tiburones, o los leones a las hienas. Nunca había supuesto problema para los señores. Era el lacayo que recoge la mesa y come de las sobras. Parecía que en ese momento planeaba un golpe de mano. Se había hartado, seguramente, de su situación, y quería aprovechar la indiferencia que le prodigaban los grandes. Quería contar conmigo; otros quizá le sobraban.
Y luego estabas tú, princesa. Tus cartas en la celda. Ya no me bastaban aquellos contactos vis a vis con ese hijo de puta venga mirar lo que hacíamos. La parte del botín que nos aguardaba. No me importó hacerme cargo del saneamiento de la panda de Tracy. Eso sin duda, pero otra cosa muy distinta era la de matar a su socio, a Johnnie Logan, que ahora me miraba con su jeta torcida, por debajo del almanaque del Play Boy donde estás tú desnuda, reclamándome que cumpliera el encargo de Tracy. Lo hubiera hecho con gusto, porque era el miserable al que se le había ocurrido la idea de que posaras para el calendario mientras yo estaba en la cárcel. No merecía vivir. Pero yo soy un profesional: nunca dejo que las cuestiones personales se mezclen con los negocios.
La fille du calendrier
Il me jeta un regard en biais, torve, l’œil droit grand ouvert dans son orbite qui regardait par-dessus ses lunettes à carreaux. Un visage et une tête à la Picasso, en trapèze retourné, accentuaient son expression. Il posait ce regard sur moi lorsqu’il avait un reproche à me faire. Ces yeux petits, éteints, d’une couleur indéfinissable, appartenaient cependant à un être pathétique. Il voulait se montrer fâché, c’était clair, un courroux de type paternaliste, qui m’indigna davantage encore. Et pourtant le résultat était grotesque. Si c’était là l’image qu’il voulait donner, il avait réussi de façon magistrale, et dans son cas c’était un exploit. Mais ce n’était pas l’effet recherché. Il ménageait clairement le suspense. Il conserva pendant un instant cette expression tordue. Moi j’étais assis dans le fauteuil pivotant et je regardais au-dessus de lui, toujours debout, la fille de l’almanach. C’était celle de la couverture du Play Boy de novembre.
Il se décida à parler. Un « tu n’as pas rempli ton contrat » s’échappa par le côté droit de sa bouche mi-close, passant à peine par l’espace que lui laissaient ses dents serrées. Il était sept heures du soir, je venais de prendre mon gin tonic habituel et je caressais la crosse de mon Magnum. La fille du calendrier commençait à m’exciter et ce type-là à me fatiguer. « Vous non plus », lui répondis-je, lui jetant au visage chaque syllabe comme autant de gifles. Du moins c’est ce qu’il dut ressentir. Son rictus crâneur l’abandonna tandis que montaient en lui l’étonnement et l’indignation.
Ils se trouvaient dans le bureau de Similie. Une chambre de motel pourri, mal famé. On entendait l’incessant tintement des machine à sous,.le grincement rythmique d’un sommier, les chats de la ruelle sur laquelle donnait la porte dérobée… Dans la lumière intermittente de l’enseigne au néon du motel qui éclairait la fenêtre, la silhouette s’obstinait à apparaître sous la fille du calendrier.
‑Pour toi, c’est pire. Tu es en train de compliquer les choses –répliqua-t-il encore surpris par ce qu’il venait de dire.
‑Écoute, Logan, tu sais que je ne vous ai jamais déçus –et j’ajoutai‑ : C’est vous qui gardez un as dans votre manche –le coup de l’as, il aima se l’entendre dire.
‑Tu as parlé à Tracy ?
‑Non –répondis-je immédiatement.
‑Ce que tu dois faire c’est respecter ton engagement –insistait-il.
‑D’accord, d’accord, Logan, c’est toi qui vas me dire maintenant ce que j’ai à faire –répliquai-je, et je fus surpris de l’avoir dit sans avoir encore vidé mon chargeur sur lui. Sans se rendre compte du danger qu’il courait, il reprit l’expression tordue qu’il avait au début. Il ajouta : « Tracy va venir te parler ». Je réprimai un éclat de rire terrible. « Qu’elle ne vienne pas sans l’argent, dis-le-lui », répliquai-je.
Il n’était pas question pour moi de retomber. Je n’allais pas à nouveau me compliquer la vie. Et encore moins me mouiller dans les histoires de la bande de Tracy et de Logan. Si je marchais avec eux maintenant –avec Tracy surtout- c’était parce qu’ils m’avaient aidé –misérablement, pour sûr- à sortir de prison. La fabrication de fausse monnaie se paie cher de nos jours. Mais ça c’était une autre affaire, rien à voir, et pour cette aide de merde, je devais faire tout ce qu’ils me demanderaient, pas question.
Tracy m’avait dit, dans le parloir du pénitencier : « Toi, tu viens avec nous. Bon, d’abord on fournit les références de ma nouvelle entreprise. L’officielle, hein, comme travail, pour qu’on te laisse sortir d’ici le plus vite possible. Tu te ranges un moment ; un petit boulot pas trop prenant, et après on en reparle ».
‑D’accord, Tracy. Mais c’est toujours moi qui décide. Pour le travail. Compris ?
‑Comme tu voudras, Harry, c’est toi l’expert –répondit-elle. C’est bien ce qu’elle m’avait dit.
Tracy Similie voulait m’avoir dans son organisation, une organisation de troisième ordre, et encore. Elle étendait son influence sur à peine un petit secteur du Quartier. Dans la zone. On la laissait agir parmi les grands, comme les requins font avec le menu fretin, ou les lions avec les hyènes. Elle n’avait jamais été considérée comme un problème par les caïds. Elle était le larbin qui débarrasse la table et se nourrit des restes. Apparemment, elle était en train de préparer un gros coup. Elle devait en avait assez de sa situation, et elle voulait profiter de l’indifférence que lui témoignaient les grands. Elle voulait compter sur moi ; d’autres peut-être étaient de trop.
Et puis il y avait toi, princesse. Tes lettres dans la cellule. Les contacts intimes avec ce connard qui n’arrêtait pas de venir voir ce que nous faisions ne me suffisaient plus. La part du butin qui nous attendait. Je ne vis pas d’inconvénient à faire un peu de ménage dans la bande de Tracy. D’accord, mais c’était tout autre chose de tuer son associé, Johnnie Logan, qui me regardait maintenant avec sa tronche en biais, au-dessous de l’almanach du Play Boy où tu es nue, et qui me demandait de faire ce que Tracy m’avait ordonné. Je l’aurais fait avec plaisir, parce que c’était ce misérable qui avait eu l’idée de te faire poser pour le calendrier pendant que j’étais en prison. Il ne méritait pas de vivre. Mais je suis un professionnel : je ne mélange jamais le questions personnelles et les affaires.