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Cuba | Amír Valle - La nostalgia es un tango de Gardel - La nostalgie est un tango de Gardel
Amír Valle (Cuba)


site de l’auteur : http://www.amirvalle.com/


amir_valle.jpg




LA NOSTALGIA ES UN TANGO DE GARDEL


-- ¿Son tristes? - preguntaba el viejo.
-- Para llorar a mares - aseguraba el dentista.
-- ¿Con gente que se aman de veras?
-- Como nadie ha amado jamás.
-- ¿Sufren mucho?
-- Casi no pude soportarlo - respondía el dentista.

Luis Sepúlveda
Un viejo que leía novelas de amor


A José Soler Puig, maestro,

Que me enseñó a contar historias.
Y a Juan Manuel Velasco, Adolfi, Patri y Fernan.



El borracho vacía sobre la tumba más cercana su vómito nostálgico y amarillento y los restos de comida y bilis van a manchar las flores que alguien puso quizás esa misma tarde. Horas y horas bebiendo. Desde que llegó, luego de un asqueroso viaje en autostop desde Madrid, se había dicho que aún París seguía siendo aquella fiesta interminable que había calado en Hemingway, que había hecho bien Carpentier en cambiar las calles mugrientas de La Habana por las luminosas avenidas y los bares de aquella ciudad. En definitiva, se dijo Marcos, los ojos clavados en la maniobra de uno de los borrachos por mantener el equilibrio con el brazo del otro recostado a sus hombros, la nostalgia servía mejor que cualquier otra pócima mágica para sentir que uno pertenece a un lugar del mundo que nada tenía que ver con aquel París, o el México D.F que había visitado en la última Feria de Guadalajara y ni siquiera con el Madrid del Primer Congreso de Nuevos Narradores Hispánicos, gracias al cuál ahora estaba frente a la tumba de Cortázar .

-Argentinos -escuchó la voz y pudo ver la sombra enorme que llegó a sentarse a su lado y a mirar a los borrachos-. A los argentinos nos mata la nostalgia.

-Sí -contestó Marcos-, y eso que dicen que la nostalgia es sólo un tango de Gardel.

Quedaron en silencio. Los argentinos, haciendo eses entre las tumbas, se fueron alejando y ellos quedaron solos mirando la escena: otra arqueada del borracho y de nuevo el chorro de vómito esta vez sobre el mármol delantero de un panteón bajo, viejo y cuarteado. El hedor ácido de la bilis derramada minutos antes sobre las flores cercanas llegaba a Marcos en efluvios calientes, pese al frío que ya comenzaba a reinar desde la entrada de la noche.

-La nostalgia hiede -dijo el hombre-. Ellos vienen aquí cada semana, se sientan sobre esta tumba y brindan a mi nombre botella tras botella. Son escritores. y los argentinos escritores somos el portador natural de la nostalgia.

Y quizás fuera cierto. Ahora, cuando el avión, ronroneando quedamente y casi detenido en el aire, atraviesa el Atlántico de regreso a Cuba, mientras descubre de cuando en cuando algún barco en ese infinito azul oscuro que se desliza allá abajo, Marcos puede recordar todo con una claridad absoluta: había soñado toda su vida de escritor con sentarse en la tumba de Cortázar y lo había hecho. París era una fiesta que sólo le importaba por aquel pedacito de tierra donde yacía callado uno de sus ídolos. La torre Eiffell, los Campos Elíseos, el Museo del Louvre eran cosas que podía casi tocar ya de tanta publicidad y hasta tanto Internet, pero sentir la inmensidad de aquel hombre inmenso, saber si eran ciertos esos rituales que los argentinos en París develaban sobre aquella sencilla tumba, eso era algo que sólo podía vivirse sentado allí; la mejor foto del mundo, el mejor vídeo, no podía encerrar toda esa magia del dios. Cuando le dijeron que el avión regresaba en la noche a Madrid, se dijo que ya conocía a París y a la nostalgia, dos lugares comunes para los latinos de Europa.

Y todos la sentían, aunque pretendieran negarlo con artificios que siempre quedaban al descubierto. La tarde en que Waldo Pérez Cino le dijo: «yo no vivo en el exilio, vivo en España», supo que aquel era un bicho terrible que iba taladrando las venas y sintió miedo de dar el paso que tanto había pensado. España era el sitio perfecto para que un cubano viviera a sus anchas: salvo la frivolidad y el vacío de una sociedad vacía creada sobre un falso lujo, todo lo demás le recordaba la isla, y aunque los madrileños le parecieron gente superficial, vacía como la vida misma que llevaban, cuando viajó a Jaén supo que en aquella enorme península nada era uniforme, como nada es uniforme cuando se trata de los seres humanos.

Quizás esa impresión, ese acertijo de quedarse o regresar que ni siquiera ahora en el avión sabe resuelto, fue la causa de que no se sorprendiera cuando vio descender a Loretta por las escaleras del Salón de Actos de la Casa de América, justo el primer día del Congreso: aún Madrid le parecía un sitio donde él no cabía y flotaba y la gente hablaba como desde muy lejos y flotaba y las cosas tenían mucho brillo, sí, pero le parecían de cartón y lo único que podía asegurar es que flotaba y flotaba, buscando al menos disfrutar el viaje, sacar algo bueno de aquel Congreso.

Loretta, su novia primera, para decirlo al modo de Alberto Cortés; la misma cabellera negrísima, los mismos ojos negros, profundos, como para hundirse, el mismo lunar justo entre los dos senos, la misma sonrisa de Mona Lisa, enigmática, retadora.

Benedetti recitaba un poema donde se preguntaba qué quedaba a los jóvenes y él la miraba y no escuchaba y sólo en ese momento, mirándola, espléndida como la última vez en La Habana, sintió el piso del teatro bajo sus pies y el aire frío erizando su piel y la apretazón ardiente de la vejiga con el líquido retenido desde que llegó casi a la carrera y el portero le dijo que ya el Congreso había empezado y fue a sentarse en una butaca de las primeras filas junto a Ronaldo, otro de los cubanos.

Sabe ahora que no se dijeron una sola palabra. En el aeropuerto de La Habana, cinco años antes, Loretta había dicho cosas que nunca pensó escuchar. «Estuve amándote todos estos años como una perra rabiosa», escuchó, y se dijo que aquella frase, ternura y rabia mezcladas en la voz, no podía ser falsa: era una frase limpia, franca como siempre fue ella misma, y volvió a creer en la vida como un perfecto melodrama cuando ella le contó de su matrimonio conveniado con un tío lejano en Miami, para salir del país «buscando un sitio donde poder respirar», como decía Carlos Varela en una canción de aquellos noventa, y de como un día descubrió que tampoco allá, en el Norte revuelto y brutal, para decirlo al modo de Martí, se podía verdaderamente respirar y decidió ir a sus raíces más puras: una islita al norte de Africa a las que siempre se había referido como Canarias. También allí tenía sus tíos lejanos y vivió con ellos hasta que un día descubrió a Ezequiel, el mayor, masturbándose mirándola dormir, desnuda, como hacía siempre que el calor apretaba en aquellas islas que mucho le recordaban a la quizás para siempre lejana Cuba. Ahora vivía en Madrid en casa de un pajarito español que había conocido por sus amores escandalosos de turista en el bar donde trabajó en Miami.

Sabe que nada se dijeron, salvo quizás esos estallidos de luz de sus miradas, ese cuchillo de hierro frío que se le clavaba en la nuca lanzado por los ojos negros, profundos, de Loretta desde su butaca en la última fila mientras, de pie, aplaudían esa gravitación en el aire de las palabras de Benedetti. Por eso se volvió y la miró callada, tranquilamente, con un silencio atravesado en la garganta y algo que le humedecía los ojos sin precisar qué era.

-Odio -le dijo ella después-, tuve que imponerme a ese odio para venir a verte cuando vi tu foto en El País.

Habían pasado muchas cosas. Todas en Cuba. Si se hubieran hablado, si hubieran cruzado apenas una frase quizás todo hubiera quedado en un simple saludo: dos conocidos que se encuentran fuera de su país y comparten unos minutos esa rara unidad del exiliado, del que está lejos de su terreno de caza natural. Pero recuerda, ahora el avión atravesando una pequeña autopista de baches que anunció hace unos minutos la aeromoza, que cuando salió del baño ella lo esperaba y como si hiciera sólo segundos desde aquellos cinco años que los separaban vino hasta él, lo besó como a un viejísimo amigo y salieron de la Casa de América. Ella se entretuvo unos minutos mirando los libros que estaban de venta en un costado de la recepción y compró un ejemplar de Líneas Aéreas, la antología de cuentos que se había hecho con los participantes en el Congreso y simplemente le había dicho al muchacho que vendía: «hay un cuento aquí de un gran amigo. Veré si escribe tan bien como antes».

Madrid, junto a ella, también podía ser una fiesta. La glorieta de Cibeles por primera vez le enseñó su luz, todo su brillo real, fascinante, y aún en silencio, acariciándose las manos leve, cariñosamente, en un gesto casi ancestral, como si se conocieran desde el principio mismo de la Tierra, tomaron el autobús hasta Carabanchel, un poco alejado del lujoso y antiguo centro: el apartamento entonces, de sólo abrir la puerta como tantas otras veces lo hizo desde que un amigo español se lo prestara para los días del Congreso, le pareció que tomaba una luminosidad rara, angelical, similar a esa que debió iluminar la vieja habitación de Fausto cuando Lucifer le dio la juventud eterna. La soledad y la nostalgia, siempre el animalillo gris de la nostalgia, que lo hacía esperar hasta altas horas de la madrugada para regresar a dormir, trasnochando de pub en pub en las callejuelas cercanas a la Plaza Mayor o la Plaza Colón, escaparon por el amplio ventanal, abierto desde que también las noches se habían hecho cálidas en aquel mayo madrileño.

Sentados en la butaca enorme que el bueno de Fernando había puesto en la sala para ver la televisión acostado, quedaron callados por un tiempo largo, como dejando correr los años atrás, mirando la noche que cubría los techos color ladrillo de los edificios más cercanos bien distintos a las tejas rotas, desteñidas por la lluvia y el solano, que acostumbraban a mirar en aquellas noches de Santiago de Cuba cinco años antes.

No sabe cómo empezó: ahora, justo cuando espera que sirvan el insípido y frugal almuerzo de Cubana de Aviación, aprovechando para volver a mirar al mar desde su ventanilla y ver los últimos vestigios de una Portugal que hubiera querido conocer en este viaje, no recuerda qué fue primero: si el olor o el llanto. Sí sabe que le pareció un melodrama. Un perfecto melodrama que escrito en un cuento nadie creería, porque nadie sería capaz de imaginar que no se dijeron una sola palabra hasta aquel preciso momento porque realmente querían encontrarse, como si conocieran de la existencia de un convenio escrito de antemano entre los dos: hablar era lo mismo que volver a abrir heridas y algo superior a ellos, lo reconoce, les hizo quedarse mudos, y huir para estar solos, completamente solos, como nunca pudieron estar en Cuba.

El aroma, mezcla de incienso y almendras tostadas y tierra recién mojada por la lluvia, volvió a golpearle los sentidos, llenando la habitación, quizás naciendo en algún lugar del mundo que sólo echaba a producir aquel olor cuando estaban juntos. Una vez lo había dicho: hacían el amor entre los naranjales inmensos que rodeaban la universidad cuando aquel aroma los detuvo, obligándolos a respirar, atrapar todo el aire con la seguridad de que disfrutaban el aroma de su sexo. «Se me queda en la piel mientras no estás», le dijo entonces y ella lo miró y lo hizo hundirse en aquel negro profundo de sus ojos y en ella misma, con una fuerza que no había sentido en ninguna de sus relaciones anteriores. Desde entonces supo que sería único, esas cosas que pasan en la vida una sola vez. Cuando la abandonó, un año antes de que ella aceptara salir del país con aquella boda premeditada desde mucho tiempo atrás por toda su familia, se dijo que le hacía una canallada, tan contenta como la veía comprando las cosas para la boda, los adornos para el cuarto donde vivirían en casa de la madre de Loretta, lo indispensable para una pareja joven que se había sublevado a los designios que para la niña de la casa tenían los abuelos y la madre y el padrastro y toda la plana mayor de los Ruiz Zamora. Pero también se jugaba su futuro. El tedio de una relación de cuatro años lo hizo pensar entonces que una mujer, en aquel país tan promiscuo, podía aparecer en cualquier esquina, pero era bien cierto, como le habían dicho sus amigos de la capital, que si se quedaba a vivir en aquel pueblito de provincias jamás sería ni siquiera un escritor de medias tintas y tendría que conformarse con que alguien lo recordara por haber escrito los chismes de viejas de un sitio tan lejano de La Habana. Sus años capitalinos, aunque realmente lo convirtieron en uno de los escritores más respetados de su promoción y del país, le demostraron que mujeres como Loretta aparecen una sola vez en tu camino y que los chismes de viejas de los pueblos de campo resultaban verdaderas historias a contar por el más insigne de los narradores.

Loretta vino a despedirse una tarde de junio cinco años atrás y cuando Marcos vio al avión guardar su tren de aterrizaje, ya levantando el vuelo y bien alto en el cielo, sintió en el pecho el dolor del que pierde para siempre algo que, hasta aquel preciso instante, no sabía tan valioso.

Pero no recuerda. Realmente no recuerda. Sabe del llanto, primero sólo unas lágrimas rodando por la cara de Loretta, luego un quejido reprimido, que ella intentaba apagar y se convertía en hipido, hasta que estalló en un llorar como de cine mudo. Nunca la había visto llorar y sólo entonces supo que era ella la causa de aquel aroma que los envolvía cuando estaban medianamente solos. De tierra húmeda el olor. Siempre afrodisiaco, cálido efluvio que despertaba su instinto paternal.

La abrazó y la sintió estremecerse en su pecho, estallando a veces en una crisis de llanto que lo hacía apretarla más y besar su cabeza y su pelo y decirse, o recordarse, que realmente había sido un tronco de hijoeputa, que realmente merecía no haber encontrado aún a ninguna mujer que lo hiciera tan feliz y pleno como deseaba. Quizás, hablando como en melodrama, se dice mientras mastica el panecillo que ha untado de mantequilla, aquella era la única mujer que le tocaba plena, totalmente.

Después, el amor. Madrid de noche y ellos que se desnudan. Las ventanas abiertas y ellos que se acarician. Su cabeza buscando entre los muslos siempre firmes, duros, de Loretta el sentido perdido en aquellos años, la maraña de su sexo, la eterna posición de las serpientes: unidos, vientre con vientre, ella, agarrada a sus pies, absorbiendo los jugos de su sexo; él, hundiéndose su lengua en un mundo de algas y cavernas y olor a sándalo y a mar, y el estallido: dos cuerpos que se estiran, convulsionan y caen en un segundo de total calma que rompen una vez, otra vez más, tantas veces que no recuerda. Siempre distinto. Con el resto de las mujeres era lo mismo: demoraba la eyaculación mientras podía, por suerte para su hombría bastante, pero cuando se vaciaba ocurría eso: se vaciaba y se perdía en el vacío, total, irremediable. Con Loretta el amor duraba un tiempo largo, inexplicable, y cuando los sorprendía el estallido final, luego de muchos estallidos siempre distintos y compartidos que los hacían abrazarse casi con furia, se sentía vacío, sí, pero lleno de una paz celestial que lo equiparaba a Dios.

Por eso, mientras entrega al sobrecargo la bandejita con los recipientes vacíos y vuelve a colocarse el audífono para escuchar el concierto de Enya que lo ha transportado al recuerdo mientras mira al océano, inmenso, quieto y terrible allá abajo, recuerda las últimas palabras de Loretta después del amor, como cierre de las historias que le escuchó sobre lo sucedido a la muchacha en aquellos cinco años. Aún el aroma a incienso, almendras tostadas y tierra recién mojada por la lluvia, entonces mezclado con el dulzón olor del sudor y el semen, flotaba sobre la habitación.

-Este aroma me sigue mientras no estás -le dijo ella-. Ojalá te vuelva a ver en cinco años otra vez.

Poco después, ya de madrugada en Madrid y algo de frío que lo hizo levantarse y cerrar las ventanas, se quedó dormido. Cuando despertó, Loretta no estaba.

Si alguna vez Luis Sepúlveda llegaba a leer aquel cuento, si es que realmente Marcos se decidía a escribirlo por su eterna resistencia a que su propia realidad se convirtiera en literatura, seguro diría que estaba tratando de ganarse puntos para que lo premiaran en algún concurso donde hubiera al menos un socio del chileno, pero tiene que confesar que hace un rato, cuando devoraba con miedo, expectación, rabia, las últimas páginas de Un viejo que leía novelas de amor, en la bella edición de Tusquets, él, amante de los finales felices, fervoroso defensor del melodrama como el viejo Antonio José Bolívar Proaño, maldecía a ratos a Sepúlveda si al final el tigrillo se zampaba al viejo y anduvo así, imaginando un final triste, desgarrador, como dicen por ahí que deben tener las grandes novelas, hasta el mismo momento en que Antonio José Bolívar Proaño matara a la hembra del tigrillo y llorara luego envilecido, sintiéndose perdedor, se quitara la dentadura postiza y sin dejar de maldecir a los culpables cortara una rama y, usándola de bastón, echara a caminar hacia El Idilio, donde lo esperaban novelas que hablaban del amor «con palabras tan hermosas que a veces le hacían olvidar la barbarie humana». «Tronco de novela», se dijo para no llorar como una vieja maricona y hasta pensó que si tuviera al genio de Sepúlveda delante se lo comería a besos aunque después los socios de Cuba le colgaran el cartelito de pajarraco.

«Y todavía hay quien habla del melodrama», piensa y mira a un viejo español que lee con una fruición casi enfermiza las páginas económicas de El País. «No sé cómo pueden», vuelve a decirse y mira al océano. Descubre otro barco al parecer petrolero, que deja una estela blanca mientras avanza muy lentamente y va quedando atrás, muy atrás, hasta desaparecer convertido en un punto. «Mi vida es una historia de melodrama».

Cuba, la isla bella que anunciaban los posters turísticos en tantas agencias de viaje en España, lo esperaba ahora en otra imagen bien distinta: esos posters no decían que en muchos lugares los escombros comienzan a crecer en las esquinas como yerbas malas, que las paredes se cuartean y van dejando al desnudo sus ladrillos antiquísimos y sus hierros viejos y oxidados, que las calles se llenan de baches que crecen y crecen como amebas que se extienden por el asfalto y el cemento y joden las gomas de los carros y los amortiguadores y van a podrir las más flamantes carrocerías que ya vienen heridas de salitre y sol. Una ciudad llena de negros, chinos, blancos, mulatos, indios que asumen su vida bajo una cotidianidad que a veces aturde.

Esa Cuba lo esperaba: la otra, la de los posters, era sólo para los turistas o aquellos pocos cubanos que tenían acceso al dólar. Él, un simple escritor (como diría un amigo, sería mejor decir excretor) pertenecía a una clase social de muertos de hambre de la que habían escapado Leonardo Padura y Abilio Estévez, aún permaneciendo en Cuba, gracias a la suerte y a Tusquets. Otros de los triunfadores favorecidos por el poderoso Caballero que tanto vapuleara Quevedo en su poema vivían en el exilio y, aunque criticaba la calidad de su literatura, envidiaba tremendamente a Lichy Diego, a Zoe Valdés, a Daína Chaviano, que se podían dar el lujo de escribir sin la penuria de las colas para comprar la ración diaria de pan ni las limitaciones del peso cubano, aunque tuvieran otras, porque él mismo había descubierto que la vida allá afuera no era del hermoso color rosa con el que muchos la pensaban y soñaban. Sólo Cabrera Infante, se decía a sí mismo, tenía salud, dinero y amor ... y buena literatura, aunque Marcos no acabara de entender el odio rabioso contra Cuba que marcaba la vida de aquel real monstruo de las letras cubanas.

-El exilio es triste -y escuchó otra vez la voz entre el ronroneo uniforme y monótono del avión. Había quedado solo con el hombre, sentados sobre la tumba de Cortázar. Una voz que no lo dejó levantar la cabeza, como venida de ultratumba, pero que sabía material porque podía ver junto a las suyas las piernas del otro, enfundadas en unos cuidados pantalones negros. También estaba su sombra: enorme, de cabeza grande y quijada rematada en una barba que imaginó negrísima, como el pelo del que hablaba.

-Lo peor de la nostalgia es la culpa -volvió a decir-. Una culpa que descargamos con odio sobre otros, sobre otras cosas que pasaron allá de donde venís y que te obligaron a salir. Un día notás que el odio se ha tragado a la nostalgia y entonces ya es tarde.

Sólo así levantó la mirada. Sí, tenía el pelo negro y los ojos negros, muy tristes. Miraba a una muchacha rubia poner un ramo de flores en una esquina de la tumba: «Me llamo Karla Suárez», dijo ella a las letras con el nombre de Cortázar y la fecha de nacimiento y muerte, «soy escritora»,

-¿Ves? -dijo de nuevo-. Ella es latina, mirá el temple. Mirá sus ojos y verás la nostalgia. A los escritores nos hace falta lo nuestro, ¿entendés? , aunque sea una perfecta cochinada, una mierda.

Y tal vez eso le ocurría a Loretta: llenándose de él, Marcos Ojeda, exnovio al que quizás realmente recordara, no se llenaba sólo del antídoto contra la melancolía sino que cargaba todos los tanques del alma con esencias humanas de esa lejana Cuba que ella intentaba desterrar para siempre.

La cama vacía, el perfume tibio de su cuerpo desnudo, siempre hermoso y perfecto, aun entre las sábanas, la permanencia tozuda del incienso, la almendra y la lluvia mojada, esparcida en todos los rincones y, lo confiesa, la posibilidad de empezar una nueva vida, allí, en España, con el gran amor de su vida, para decirlo al modo de los novelones radiales, le llenaban el alma de esa alegría extraña, de esa sensación de triunfo que sólo recuerda haber sentido con Loretta hace ya unos años.

Pero no volvió a verla. Imaginó que regresaría esa tarde al Congreso y pasó toda la mañana intranquilo, nervioso, con un salto en el estómago que no lo dejó disfrutar de los spaguettis que preparó con todos los ingredientes, como hacía años no podía hacer allá en Cuba: el queso era un lujo y la salsa de tomate, que sólo aparecía en las tiendas en dólares, bastante cara por cierto, no podía despilfarrarse en platos como aquellos si querías sazonar bien la comida del resto del mes.

No vino esa tarde, ni la siguiente. Cuando Iñigo dejó clausurado el Congreso con palabras rimbombantes que sólo corresponden al director de una Casa de América como aquella, supo que Loretta no vendría a él y decidió hacerlo al estilo Mahoma: la montaña no venía, tendría que ir a la montaña.

Lo terrible, se dice ahora, es que las montañas por lo normal se ven desde la distancia (aunque le quedaba un mes en Madrid, con algunas salidas ya planificadas a Barcelona, Jaén, Sevilla y Toledo) y Loretta no había dejado ninguna señal del sitio donde vivía, salvo un detalle: el pajarito que compartía el apartamento con ella era dueño o algo así de un bar pub para gays, y se asqueó sólo de pensar en andar por toda la ciudad nocturna a la caza de los sitios de reunión gay, sin contar con que nada podían saber el resto de los cubanos con los que se había reencontrado en España, para evitar habladurías y jodederas. Se consideraba un machito cubano en toda la extensión de la palabra, y eso no lo pondría en juego por nada del mundo. Cosas del machismo nacional.

Pero, y de nuevo atravesando esta vez una autopista larga de baches aéreos que hacen estremecerse al avión, piensa que lo decidió la misma fuerza que le hizo abandonar a Loretta en el pueblito de campo y perderse para La Habana en busca de gloria. Aún en el apartamento se justificó diciendo que eran cosas del destino: estaba escrito que él dejara a Loretta para que ella se decidiera a irse del país y que luego pudieran encontrarse en Madrid para que él se quedara con ella que ya estaba ubicada en aquella magnífica ciudad para un escritor. Lo perfecto hubiera sido que viviera en Barcelona, se dijo esa vez, pero tampoco se le podía pedir tanta perfección al destino.

Recordó que uno de los cubanos que vivían en España, el poeta Alberto Lauro, gustaba frecuentar ciertos lugares nocturnos a los cuales lo había invitado «para que veas la otra vida de esta ciudad», le había dicho esa vez, y sin pensarlo mucho, levantó el teléfono. Lauro, como si fuera un perfecto inglés y no un informal cubanito, estuvo en el apartamento a la hora adecuada y Marcos le contó de un tirón todo lo que pensaba.

-Una perfecta historia de amor -respondió cuando Marcos terminó de contarle-. Y mira que la gente habla mierda de las telenovelas. Ahí estás tú: protagonista principal de una de verdad.

-Lo mismo digo -le contestó Marcos con una mueca de sonrisa-. Pero respecto a lo de esta noche, ya sabes.

-Claro, claro, señorito Marcos... soy una tumba... -y quedó sonriendo, lanzando una mirada rara que hizo a Marcos mirarlo muy serio- ... cerrada, Marquitos. Una tumba cerrada.

Y la tumba cerrada y Marcos se vieron caminando el Madrid de noche porque el desgraciado de Lauro estaba en tantos problemas que ni una bicicleta podría comprarse, según le dijo, aunque habían reducido el campo de búsqueda, que era más amplio de lo que Marcos pensó, por un cuento hecho por la propia Loretta: en el bar del pajarito no sólo había que ser homo para entrar sino que había que ir disfrazado de alguna de las grandes mujeres de la historia. Eso reducía la cosa, pero no tanto como pensaba Marcos. Había en Madrid más de diez pub que hacían lo mismo, con mayor o menor lujo y exigencia según el local y el dinero del dueño.

Lo encontraron ya bien tarde en la madrugada, después que tocaran a la puerta de un pequeñísimo bar cercano a la plaza de Colón y asomara la cara la mismísima Lady D: «¿Buscan diversión, chicos?», preguntó en voz melosa, agresiva, que Lauro frenó: «De eso nada, Lady, buscamos al dueño», con un tono tan varonil que hasta Marcos hubiera podido jurar que algún jodedor le había cambiado un Lauro por otro. «Todo va por mí, Marquitos», le dijo el poeta, quitándose unos segundos la capa de Don Corleone, cuando Lady D cerró la puerta y los dejó solos un instante.

Al aspecto de hombrecito siniestro que esgrimió delante de Lady D, Lauro unía esa noche un chaleco negro, largo, que lo semejaba mucho a esos matones de las películas americanas y Marcos se miró a sí mismo buscando un acople con la imagen que Lauro seguiría dando: él podía pasar por un señor escoltado por aquel guardaespaldas casi enano pero con cara de asesino: en definitiva, los mejores venenos vienen en frasco pequeño.

El dueño se presentó como Gumersindo Cabrera, alias Gumy La Poderosa, y resultó más blandita que un merengue en medio de una estampida de búfalos. Lauro, siempre fiel a su papel, lo atacó apenas vio que asomaba la cabeza. Empujó la puerta ante los ojos asustados del otro y pasaron a un recibidor pequeñísimo desde donde podían verse las mesas repletas de mujeres ilustres: «El señor anda buscando a Loretta», dijo, «y tú sabes dónde estás». Marcos sintió cierta resistencia en los gestos todavía asustados de Gumy, una resistencia que se vino a tierra en un santiamén: «¿Tú has oído hablar de Nerón, Doña?», dijo Lauro y vio asentir al pajarito otra vez con los ojos muy abiertos: «Pues canta rápido la dirección de Loretta», siguió diciendo, «canta, doña, que me gustaría ver arder una pajarera. Me encanta el olor a pluma quemada».

Una hora después estábamos sentados en un show para hombres cerca de la Plaza de España. Loretta, desnuda, meneaba sus grandes nalgas excitándose con un tubo alrededor del cual bailaba al puro estilo de las puras putas. Marcos creyó de pronto vivir, además del melodrama, una película americana, y siguió viviendo en la película cuando la música terminó y Lauro le hizo una seña para que lo siguiera. Entraron a los camerinos y fueron directo al del Loretta, como si se conocieran el camino desde siempre. Lauro se quedó afuera, esperando. «Yo velo», dijo.

Loretta, totalmente desnuda, se peinaba frente a un espejo. Marcos seguía creyendo estar en una película y sólo despertó cuando ella lo sintió y se volvió, cubriéndose los senos. Bajó los ojos de golpe unos segundos, después levantó la cabeza y lo miró.

-¿Qué vienes a buscar? -agresiva, distante, nada que ver con la Loretta de días atrás, menos con la que dejó abandonada en Cuba.

-A ti -dijo él-. Tenemos que hablar, ¿no crees?

Ella quedó en silencio, mirándolo. A veces, Marcos creía que algo flaqueaba en el fondo de aquellos ojos negros, profundos, pero Loretta volvía a una mirada muerta, seca, que lo desarmaba.

-Cuando te fuiste, nunca fui a buscarte -dijo-. No quería que supieras, pero ya estás aquí. Ahora vete.

-Tenemos que hablar -respondió él-. No creo que te guste esto.

-Cada cual tiene el destino que merece, ¿sabes? En algún libro Dios escribió que yo fuera puta y aquí estoy. ¿Te basta con eso?

-Puedes ir a la embajada y regresar -balbuceó entonces Marcos-. Seguro entienden.

Otra vez el silencio. Unos segundos. Loretta volvió a fijar la mirada en las losas del piso y al levantar los ojos la agresividad era aún mayor.

-¿ Ves? Tampoco me conoces -dijo-. Cuando jodiste todo lo que soñé y decidí salir de Cuba, rompí con todo. Para serte franca, prefiero ser puta y vivir bien aquí, que licenciada y estar comiendo porquería y viviendo como un animal allá. Ahora -y siguió hablando con la cabeza baja -, aquí las reglas están claras: si quieres templar conmigo, paga; si no, vete. Este es mi trabajo.
No quiero volver a joderme por tu culpa.

La Habana, un tercer mundo anhelado en todo este tiempo por Marcos, ciudad por la que apostó contra el exilio y la nostalgia y contra Loretta, que de pronto no sabe cómo ni por qué lo hicieron dudar, comienza a crecer abajo mientras el avión desciende. Recostado a su asiento, puede ver por la ventanilla cómo crecen los cañaverales que rodean al aeropuerto, cómo los carros pasan de hormigas a monstruos de metal, cómo la gente en bicicleta se hace visible en las carreteras, junto al tráfico de autos modernos y máquinas viejas y camiones despintados y le recuerdan que ya ha llegado a Cuba, que sus días y noches madrileñas y Loretta y el Congreso y los nuevos amigos escritores de América, han quedado atrás y sólo el email o Internet los podrá mantener unidos, salvándolo de pertenecer a esa raza a veces gris a veces luminosa que llaman exiliado.

-En Rayuela -le había dicho el hombre, aún sentado sobre la tumba de Cortázar, en París-, en una escena donde La Maga arrulla al Bebé Rocamadour, descubrí que luchamos contra la nostalgia por tozudez. Un día descubrí también que Cuba me traicionó. No la culpes entonces. Ni Loretta, ni Cuba tienen la culpa.

A esa hora de la noche, cuando partió del cementerio hacia el aeropuerto para regresar a Madrid, en la tumba de Cortázar un grupo de jóvenes argentinos descorchaban botellas y cantaban un viejo tango de Gardel donde un caminito era borrado por el tiempo y un hombre padecía mordido por el bicho triste de la nostalgia, recuerda Marcos y respira profundo - parado en lo alto de la escalerilla del avión, mirando a los que se bajan y caminan hacia los ómnibus - el aire que en España se confundió con un ahora lejano aroma de incienso de sándalo, almendras tostadas y tierra mojada por la lluvia; un aire que, de pronto, bañado por el calor sofocante de esta tarde de julio le hace jurar que alguna vez escribirá una historia, como pedía Sepúlveda en el Congreso a los latinos que no habían olvidado contar historias desde que lo hicieran sus ancestros; una simple historia de amor, se repite en voz baja y comienza a descender por la escalerilla, una historia de dos donde la nostalgia, ese bicho que muerde las esquinas más débiles del hombre, fuera mucho más que un viejo y olvidado tango de Gardel.

Julio, 1999




La nostalgie est un tango de Gardel


‑Ils sont tristes ? –demandait le vieux.
‑A pleurer, certifiait le dentiste.
‑Avec des gens qui s’aiment pour de bon ?
‑Comme personne ne s’est jamais aimé.
‑Et qui souffrent beaucoup ?
‑J’ai bien cru que je ne pourrais pas le supporter.

Luis Sepúlveda
Le vieux qui lisait des romans d’amour

A José Soler Puig, mon maître,
Qui m’a appris à raconter des histoires.
Et à Juan Manuel Velasco, Adolfi, Patri et Fernan.

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L’ivrogne déverse sur la tombe la plus proche sa vomissure nostalgique et jaunâtre et les restes de repas et de bile vont tacher les fleurs qu’on a peut-être posées cet après-midi même. Des heures et des heures à boire. Depuis qu’il était arrivé, après un horrible voyage en auto-stop depuis Madrid, il s’était dit que Paris était encore cette fête interminable qui avait marqué Hemingway, que Carpentier avait bien fait d’échanger les rues crasseuses de La Havane contre les avenues lumineuses et les bars de cette ville-là. En fin de compte, se dit Marcos, les yeux fixés sur la manœuvre de l’un des ivrognes pour garder l’équilibre grâce au bras de l’autre, lui même appuyé sur ses épaules, la nostalgie était plus utile que n’importe quelle potion magique pour sentir que l’on appartenait à un endroit du monde qui n’avait rien à voir avec ce Paris-là, ou la ville de Mexico qu’il avait visitée au cours du dernier salon de Guadalajara et même avec le Madrid du Premier Congrès des Nouveaux Narrateurs Hispaniques, grâce auquel il se trouvait maintenant devant la tombe de Cortázar.

‑Des Argentins –il entendit la voix et il vit l’ombre énorme qui vint s’asseoir à côté de lui pour observer les ivrognes-. Nous les Argentins, c’est la nostalgie qui nous tue.

‑Oui –répondit Marcos-, et malgré tout on prétend que la nostalgie est un tango de Gardel.

Ils gardèrent le silence. Les Argentins s’éloignèrent, zigzagant entre les tombes, et ils restèrent seuls à regarder la scène : un autre renvoi de l’ivrogne et un autre jet de vomi cette fois sur le marbre devant un petit caveau, vieux et lézardé. La puanteur acide de la bile déversée quelques minutes plus tôt sur les fleurs toutes proches parvenait jusqu’à Marcos en chaudes effluves, malgré le froid qui commençait à régner depuis la tombée du jour.
‑La nostalgie pue –dit l’homme-. Ceux-là viennent ici toutes les semaines, ils s’asseyent sur cette tombe et boivent en mon honneur, une bouteille après l’autre. Ils sont écrivains, et les écrivains argentins nous sommes les porteurs naturels de la nostalgie.

Et c’était peut-être vrai. Maintenant, alors que l’avion ronronne tranquillement, presque immobile dans les airs, qu’il traverse l’Atlantique de retour vers Cuba, alors qu’il découvre de temps à autre dans cet infini bleu sombre un bateau qui glisse loin, au-dessous, Marcos peut se souvenir de tout avec une absolue clarté : au cours de toute sa vie d’écrivain il avait rêvé de s’asseoir sur la tombe de Cortázar et il l’avait fait. Paris était une fête qui ne l’intéressait que pour ce petit morceau de terre où gisait muette l’une de ses idoles. La Tour Eiffel, Les Champs Elysées, le Musée du Louvre étaient des choses qu’il pouvait presque toucher à force de les voir dans toutes les publicités et même sur Internet, mais sentir l’immensité de cet homme immense, savoir si ces rituels que les Argentins accomplissaient à Paris sur cette modeste tombe étaient réels, ça c’était quelque chose qui ne pouvait que se vivre assis là-bas ; la meilleure photo du monde, la meilleure vidéo, ne pouvaient capter cette magie du dieu. Quand on lui annonça que l’avion retournait la nuit-même à Madrid, il se dit qu’il connaissait déjà Paris et la nostalgie, deux lieux communs pour les latino-américains d’Europe.

Et tous la ressentaient, même s’ils essayaient de la nier par des artifices qui en fin de compte ne cachaient rien. Le soir où Waldo Pérez Cino lui dit : « moi je ne vis pas en exil, je vis en Espagne », il comprit que la nostalgie était une bête terrible qui rongeait les veines et il eut peur de franchir le pas auquel il avait tant pensé. L’Espagne était l’endroit parfait pour qu’un Cubain se sentît à son aise : à part la frivolité et le vide d’une société vide créée sur un faux luxe, tout le reste lui rappelait l’île, et bien que les Madrilènes lui parussent superficiels, tout aussi vides que la vie qu’ils menaient, quand il fit un voyage à Jaén il sut que dans cette immense péninsule rien n’était uniforme, comme rien n’est uniforme quand il s’agit des êtres humains.

Ce fut peut-être que cette impression, le problème de savoir s’il restait ou repartait, et que dans l’avion même, maintenant, il sait ne pas avoir résolu, qui lui ôta toute surprise lorsqu’il vit Loretta descendre l’escalier de la salle de conférences de la Maison de l’Amérique, précisément le premier jour du Congrès : Madrid lui semblait encore un lieu où il n’avait pas sa place, où il flottait, les paroles des gens arrivaient jusqu’à lui comme de très loin, et il flottait et tout brillait beaucoup, bien sûr, mais tout lui paraissait fait de carton-pâte et la seule chose dont il était sûr c’est qu’il flottait et flottait, cherchant au moins à profiter du voyage, tirer quelque chose de positif de ce Congrès.

Loretta, sa première fiancée en titre, comme aurait dit d’Alberto Cortés ; la même chevelure très noire, les mêmes yeux noirs, profonds, où l’on aurait pu se noyer, le même grain de beauté juste entre les deux seins, le même sourire de Mona Lisa, énigmatique, provocante.

Benedetti récitait un poème où il se demandait ce qui restait aux jeunes et lui la regardait et il n’écoutait pas et ce fut à ce moment-là seulement, tandis qu’il la regardait, splendide comme la dernière fois à La Havane, qu’il sentit le sol sous ses pieds et l’air froid qui hérissait sa peau et l’ardente pression de sa vessie qu’il avait retenue depuis qu’il était arrivé presqu’en courant et que le portier lui avait dit que le congrès avait déjà commencé et qu’il était allé s’asseoir dans un fauteuil des premiers rangs à côté de Ronaldo, un autre Cubain.

Il réalise maintenant qu’ils n’échangèrent pas un seul mot. A l’aéroport de La Havane, cinq ans plus tôt, Loretta avait prononcé des paroles qu’il n’aurait jamais pensé entendre. « Je t’ai aimé toutes ces années comme une chienne enragée », entendit-il, et il pensa que cette phrase, tendresse et rage mêlées dans la voix, ne pouvait être fausse : c’était une phrase propre, franche comme elle le fut toujours elle-même, et il se remit à imaginer la vie comme un mélodrame parfait quand elle lui parla de son mariage arrangé avec un oncle lointain de Miami, pour quitter le pays « cherchant un endroit où elle pourrait respirer », comme disait Carlos Varela dans une chanson de ces années-là, les années quatre-vingt-dix, et de la façon dont un jour elle découvrit que là-bas non plus, dans le Nord convulsé et brutal, pour parler comme Martí, on ne pouvait pas vraiment respirer et elle décida de retourner à ses racines les plus pures, une petite île au Nord de l’Afrique, des racines qu’elle avait toujours évoquées sous le nom de Canaries. Là-bas aussi elle avait des oncles éloignés et elle vécut avec eux jusqu’au jour où elle découvrit qu’Ezequiel, le plus âgé, se masturbait en la regardant dormir, nue, comme elle faisait toujours quand la chaleur devenait trop forte dans ces îles qui lui rappelaient beaucoup Cuba la lointaine, qu’elle ne reverrait peut-être jamais. Elle vivait maintenant à Madrid chez un gay espagnol qu’elle avait connu au cours de ses scandales amoureux de touriste dans le bar où elle avait travaillé à Miami.

Il réalise qu’il n’y a eu entre eux aucun échange, sauf peut-être les éclats de lumière de ses regards, la lame froide de ce couteau qu’il sentait sur sa nuque, lancé par les yeux noirs, profonds, de Loretta depuis son fauteuil au dernier rang, tandis qu’on applaudissait debout les paroles de Benedetti qui flottaient encore dans l’air. C’est pour cela qu’il se retourna et qu’il la regarda, muette, immobile, et lui sentait son sourire en travers de la gorge et quelque chose d’humide dans les yeux sans comprendre de quoi il s’agissait.

‑Je déteste –lui dit-elle ensuite-, j’ai dû surmonter mon aversion pour venir te voir quand j’ai aperçu ta photo dans El País.

Beaucoup de choses s’étaient passées, là-bas, à Cuba. S’ils s’étaient parlé, s’ils avaient échangé ne fût-ce qu’une phrase ils en seraient peut-être restés à un simple salut : deux connaissances qui se rencontrent hors de leur pays et qui partagent pendant quelques minutes cette rare communion de l’exilé, de celui qui est loin de son terrain de chasse naturel. Mais il se souvient, alors que l’avion traverse une série de trous d’air que l’hôtesse a annoncés il y a quelques minutes, que quand il sortit des toilettes elle l’attendait et comme si quelques secondes seulement s’étaient écoulées pendant ces cinq années qui les avaient séparés, elle s’avança vers lui, l’embrassa comme un très vieil ami et ils sortirent de la Maison de l’Amérique. Elle prit quelques minutes pour regarder les livres qu’on vendait sur l’un des côtés du hall et acheta un exemplaire de Líneas Aérea, l’anthologie de contes qui réunissait les participants au Congrès et elle avait simplement dit au jeune homme qui la lui vendit : « il y a ici le conte d’un de mes grands amis. Je vais voir s’il écrit toujours aussi bien ».

Madrid à ses côtés pouvait aussi être une fête. Le rond-point de Cibeles lui apparut pour la première fois dans sa lumière, dans sa splendeur royale, fascinante, et toujours en silence, se caressant les mains légèrement, tendrement, en un geste presque ancestral, comme s’ils se connaissaient depuis le début même de la Création, ils prirent l’autobus jusqu’à Carabanchel, un peu éloigné du luxueux centre historique : alors l’appartement, au moment où il ouvrit la porte comme il l’avait fait si souvent depuis qu’un ami espagnol le lui avait prêté pour la durée du Congrès, lui sembla baigner dans une lumière étrange, angélique, semblable à celle qui avait dû éclairer la vieille chambre de Faust quand Lucifer lui accorda la jeunesse éternelle. La solitude et la nostalgie, ce petit animal gris de la nostalgie, toujours, qui le faisaient traîner jusqu’au petit matin de pub en pub dans les ruelles proches de la Plaza Mayor ou de la Plaza Colón, s’échappèrent par la porte-fenêtre, largement ouverte depuis que la chaleur s’était imposée également la nuit en ce mois de mai madrilène.

Assis dans le fauteuil énorme que ce bon Fernando avait installé dans le salon pour regarder la télévision allongé, ils restèrent silencieux pendant un long moment, comme pour laisser filer les années derrière eux, regardant la nuit qui couvrait les toits couleur brique des immeubles les plus proches, bien différents de ceux aux tuiles cassées, décolorées par la pluie et le vent qu’ils avaient l’habitude de regarder pendant les nuits de Santiago de Cuba cinq ans auparavant.

Il ne se souvient pas du commencement : maintenant, alors qu’il attend qu’on serve l’insipide et frugal déjeuner de Cubana de Aviación, regardant à nouveau la mer par le hublot et distinguant les derniers vestiges d’un Portugal qu’il aurait voulu connaître au cours de ce voyage, il ne se souvient pas ce qui vint en premier : l’odeur ou les pleurs. Ce qu’il sait c’est que cela ressemblait à un mélodrame. Un parfait mélodrame auquel personne ne croirait s’il le lisait dans un conte, personne en effet ne pourrait croire qu’ils n’échangèrent pas un seul mot jusqu’à cet instant précis parce qu’ils voulaient réellement se rencontrer, comme s’ils honoraient un contrat rédigé et signé par eux dans un lointain passé : parler signifiait rouvrir des blessures, et il le reconnaît, une force qui les dépassait les rendit silencieux, et ils s’enfuirent pour être seuls, complètement seuls, comme jamais ils ne purent l’être à Cuba.

L’arôme, mélange d’encens et d’amandes grillées et de terre tout juste mouillée par la pluie, submergea de nouveau ses sens, emplissant la chambre, peut-être venu de quelque lieu du monde qui produisait cette odeur seulement lorsqu’ils se trouvaient ensemble. Il l’avait dit, une fois : ils faisaient l’amour au milieu des orangers immenses qui entourent l’université quand cet arôme les arrêta, les forçant à respirer, aspirer tout l’air avec la certitude qu’ils jouissaient de l’arôme de leur sexe. « Il reste sur ma peau quand tu n’es pas là », lui avait-elle dit alors et elle l’avait regardé et lui s’était plongé dans ce noir profond de ses yeux et en elle-même, avec une force qu’il n’avait ressentie dans aucune de ses relations antérieures. Depuis, il savait que leur relation serait unique, que ces choses n’arrivent qu’une seule fois dans la vie. Lorsqu’il la quitta, un an avant qu’elle n’acceptât de quitter le pays pour un mariage longuement prémédité par toute sa famille, il se dit qu’il lui jouait un sale tour alors qu’elle était si contente de ses achats pour leur mariage, les décorations pour la chambre où ils vivraient chez la mère de Loretta, deux ou trois choses indispensable pour ce jeune couple qui s’était révolté contre les projets échafaudés pour la fille de la maison par les grands-parents et la mère et le beau-père et tout l’état-major des Ruiz Zamora. Mais c’était aussi son avenir qui se jouait. La lassitude d’une relation qui durait depuis quatre ans le conduisit à penser qu’une femme, dans ce pays tellement dissolu, pouvait apparaître à chaque coin de rue, et puis c’était certain, comme le lui avaient dit ses amis de la capitale, s’il restait dans cette petite ville de province il ne serait jamais un écrivain, pas même un écrivain médiocre, et il devrait se faire à l’idée qu’un jour on ne se souvienne de lui que comme celui qui avait écrit les ragots de vieilles d’une ville lointaine, de La Havane. Ses années passées dans la capitale, bien qu’elles eussent fait de lui l’un des écrivains les plus respectés de sa promotion et de son pays, lui avaient pourtant démontré que des femmes comme Loretta on ne les croise qu’une seule fois sur son chemin et que les ragots de vieilles des villages, à la campagne, étaient de vraies histoires dignes d’être racontées par l’écrivain le plus éminent.

Loretta vint lui dire au revoir un soir de juin, cinq ans plus tôt, et quand Marcos vit l’avion rentrer son train d’atterrissage, s’élevant dans les airs puis très haut dans le ciel, il sentit dans la poitrine la douleur de celui qui perd pour toujours ce qui, jusqu’à cet instant précis, n’avait pas à ses yeux une telle valeur.

Mais il ne se souvient pas. Réellement il ne s’en souvient pas. Il sait qu’il y eut des pleurs, d’abord quelques larmes seulement roulant sur le visage de Loretta, ensuite une plainte réprimée, qu’elle essayait d’éteindre et se transformait en hoquet jusqu’à éclater en un pleur de film muet. Il ne l’avait jamais vue pleurer et alors seulement il comprit que c’était d’elle qu’émanait cet arôme qui les enveloppait quand ils étaient à peu près seuls. L’odeur de terre humide. Toujours aphrodisiaque, chaude effluve qui éveillait son instinct paternel.

Il la serra dans ses bras et la sentit frémir sur sa poitrine, éclatant quelquefois en un accès de pleurs où il la serrait plus fort et lui embrassait la tête et les cheveux et où il se disait, ou se rappelait, que réellement il avait été un beau salaud, que réellement il méritait de ne plus avoir rencontré aucune femme qui le rendît aussi heureux et le comblât comme elle. Peut-être, pense-t-il tandis qu’il mâche le petit pain qu’il a tartiné de beurre, se parlant comme dans un mélodrame, était-elle la seule femme qui lui était pleinement, totalement destinée.

Ensuite, l’amour. Madrid de nuit et eux qui se déshabillent. Les fenêtres ouvertes et eux qui se caressent. Sa tête cherchant entre les cuisses toujours fermes, dures, de Loretta le sens perdu de ces années, la broussaille de son sexe, l’éternelle position des serpents : unis, ventre contre ventre, elle, accrochée à ses pieds, absorbant les sucs de son sexe ; lui, plongeant sa langue dans un monde d’algues et de cavernes , d’odeurs de santal et de mer, et l’explosion : deux corps qui s’étirent, convulsent et tombent dans une seconde de calme total qu’ils brisent une fois, encore une, tant de fois qu’il ne s’en souvient plus. Toujours différent. Avec les autres femmes c’était toujours pareil : il retardait l’éjaculation tant qu’il pouvait, par chance pour sa virilité assez longtemps, mais quand il se vidait il se passait ceci : il se vidait et se perdait dans le vide, total, irrémédiable. Avec Loretta l’amour prenait son temps, inexplicable, et quand l’explosion finale les surprenait, après de nombreuses explosions toujours différentes et partagées qui les faisaient s’étreindre presque avec fureur, il se sentait vide, oui, mais plein d’une paix céleste où il se sentait Dieu.

Et il se souvient, alors qu’il tend au steward le petit plateau avec les récipients vides et qu’il replace les écouteurs pour entendre le concert de Enya qui l’a transporté vers le souvenir, regardant l’océan, immense, tranquille et terrible au-dessous, des derniers mots de Loretta après l’amour, des mots par lesquels elle conclut le récit de sa vie pendant ces cinq années. L’arôme d’encens, d’amandes grillées et de terre tout juste mouillée par la pluie, alors mêlé à l’odeur douceâtre de la sueur et du sperme flottait encore dans la chambre.

‑Cet arôme me suit quand tu n’es pas là- lui dit-elle. J’espère te revoir dans cinq ans.

Peu de temps après, c’était l’aube déjà et c’était Madrid et le froid qui le fit se lever et fermer les fenêtres, et il s’endormit. Quand il se réveilla Loretta n’était plus là.

Si par hasard Luis Sepúlveda lisait ce conte, si Marcos décidait de l’écrire malgré son éternelle résistance à transformer son existence en littérature, il dirait sûrement qu’il tente de s’attirer des sympathies et de remporter quelque prix dans un concours où il y aurait au moins un ami du Chilien, mais il doit avouer qu’il y a un moment, tandis qu’il dévorait avec peur, impatience, rage, les dernières pages de son roman Le vieux qui lisait des romans d’amour, dans la belle édition de Tusquets, lui qui aimait les fins heureuses, fervent défenseur du mélodrame comme Antonio José Bolívar Proaño, il lui arrivait de maudire par avance Sepúlveda s’il découvrait qu’à la fin le petit tigre avalait le vieux et il se mit ainsi à imaginer une fin triste, déchirante, comme doivent en avoir les grands romans, paraît-il, jusqu’au moment où Antonio José Bolívar Proaño tuait la mère du petit tigre et pleurait ensuite, avili, se sentant perdant, qu’il ôtait son dentier, et sans cesser de maudire les coupables, il coupait une branche pour s’en faire une canne et se mettait en marche vers El Idilio, où l’attendaient des romans qui parlaient de l’amour « avec des mots si beaux que quelquefois ils lui faisaient oublier la barbarie humaine ». « Sacré roman », se dit-il pour ne pas pleurer comme une vieille folle et il alla jusqu’à penser que s’il avait face à lui ce génie de Sepúlveda il le couvrirait de baisers même si cela devait lui valoir ensuite auprès de ses amis de Cuba une réputation de gay.

« Et il y a encore des gens qui critiquent le mélodrame » pense-t-il et il regarde un vieil Espagnol qui lit avec un délice presque maladif les pages économiques de El País. « Je ne sais pas comment ils y arrivent », se dit-il à nouveau et il regarde l’océan. Il découvre un autre bateau, un pétrolier à ce qui semble, qui laisse derrière lui un sillage blanc tandis qu’il avance très lentement et reste derrière, loin derrière, jusqu’à n’être plus qu’un point et disparaître. « Ma vie est une histoire mélodramatique ».

Il rentrait maintenant à Cuba, l’île superbe à l’affiche de tant d’agences de voyages en Espagne, et ce n’était pas une image touristique qui l’attendait : ces affiches ne montraient pas les tas de gravats qui croissent aux coins des rues comme la mauvaise herbe, les murs qui se fissurent et laissent à nu leurs briques très anciennes, leurs vieilles grilles rouillées, les rues où les nids de poule prolifèrent comme des amibes qui s’étendent sur l’asphalte et le ciment et détruisent les pneus des voitures, les amortisseurs et les plus resplendissantes carrosseries qui vont pourrir, déjà des blessées par le salpêtre et le soleil. Une ville où noirs, chinois, blancs, métis et indiens mènent leur vie dans un quotidien quelquefois étourdissant.

C’était cette Cuba-là qui l’attendait : l’autre, celle des affiches, était réservée aux touristes ou aux quelques cubains qui avaient accès au dollar. Lui, simple écrivain (comme dirait un ami, mieux vaudrait écrire simple écrit vain) appartenait au groupe social des misérables auquel avaient échappé Leonardo Padura et Abilio Estévez, qui demeuraient encore à Cuba, grâce à la chance et aux éditions Tusquets. D’autres, triomphants, favorisés par le puissant chevalier qu’avait tant fustigé Quevedo dans son poème vivaient en exil et, bien qu’il critiquât la qualité de leur littérature, il enviait terriblement Lichy Diego, Zoe Valdés, Daína Chaviano, qui pouvaient s’offrir le luxe d’écrire sans avoir à faire la queue pour la ration quotidienne de pain et ne souffraient pas des limitations du peso cubain, même s’ils en avaient d’autres, parce qu’il avait lui-même découvert que la vie au-dehors n’était pas aussi rose que les gens l’imaginaient. Seul Cabrera Infante se disait-il, avait la santé, l’argent et l’amour… et de la bonne littérature, même si Marcos n’arrivait pas à comprendre la haine rageuse contre Cuba qui marquait la vie de ce véritable monstre des lettres cubaines.

‑L’exil est triste- et il entendit encore la voix dans le ronronnement monotone de l’avion. Il était resté seul avec l’homme assis sur la tombe de Cortázar. Une voix qui l’empêcha de lever la tête, une voix comme venue d’outre-tombe mais qu’il savait réelle parce qu’il pouvait voir près des siennes les jambes de l’autre, soigneusement gainées d’un pantalon noir. Il y avait aussi son ombre, énorme, avec une tête imposante et une mâchoire qui s’achevait par une barbe qu’il imagina très noire, comme les cheveux de celui qui parlait.

‑Le pire dans la nostalgie, c’est la culpabilité -dit-il à nouveau- Une culpabilité que nous renvoyons avec haine sur les autres, sur ce qui s’est passé à l’endroit d’où tu viens et qui t’ont obligé à partir. Un jour tu remarques que la haine a dévoré la nostalgie et alors il est déjà trop tard.

Ce fut seulement alors qu’il leva les yeux. Oui, il avait les cheveux noirs et les yeux noirs, très tristes. Il regardait une jeune fille blonde qui posait un bouquet de fleurs sur un coin de la tombe : « Je m’appelle Karla Suárez » dit-elle en s’adressant aux signes qui formaient le nom de Cortázar ainsi que les dates de naissance et de mort, « je suis écrivain ».

‑Tu vois –dit-il de nouveau-. Elle est Latino-américaine, regarde son allure. Regarde ses yeux et tu verras la nostalgie. Nous, les écrivains, nous avons besoin de nos racines, de ce qui nous appartient, tu comprends ?, même si c’est une parfaite cochonnerie, une merde.

Et c’est peut être ce qui se passa pour Loretta : se remplissant de lui, Marcos Ojeda, ex-fiancé dont peut-être elle se souvenait réellement, elle ne se remplissait pas seulement d’antidote contre la mélancolie mais elle faisait aussi le plein de tous les réservoirs de l’âme avec les essences humaines de cette lointaine Cuba qu’elle tentait d’exiler pour toujours.

Le lit vide, le parfum tiède de son corps nu, toujours superbe, parfait, encore entre les draps, le parfum persistant de l’encens, de l’amande et de la terre mouillée, présent dans le moindre recoin et, il l’avoue, la possibilité de commencer une nouvelle vie, là-bas, en Espagne, avec le grand amour de sa vie, pour employer le style des feuilletons radiophoniques, le comblaient de cette joie étrange, de cette sensation de triomphe qu’il se souvient n’avoir jamais ressentie qu’avec Loretta il y a quelques années.

Mais il ne la revit pas. Il pensa qu’elle retournerait le soir même au Congrès et il passa toute la matinée inquiet, nerveux, avec un creux à l’estomac qui l’empêcha de profiter des spaghettis qu’il avait préparés avec tous les ingrédients, comme il n’avait pu le faire depuis des années à Cuba : le fromage était un luxe et la sauce tomate, qu’on trouvait seulement dans les magasins "en dollars", assez cher, c’est sûr, ne pouvait se gaspiller dans ce genre de plats si on voulait avoir de quoi assaisonner la nourriture le reste du mois.

Elle ne vint pas ce soir-là, ni le suivant. Quand Iñigo clôtura le Congrès avec des mots grandiloquents que seul le directeur d’une telle Maison de l’Amérique peut prononcer, il sut que Loretta ne viendrait pas à lui et il décida d’agir à la façon de Mahomet : la montagne ne venait pas à lui, il irait à la montagne.

Ce qu’il y a de terrible, se dit-il maintenant, c’est que les montagnes normalement se voient de loin (il avait cependant encore un mois devant lui à Madrid, avec quelques sorties déjà organisées à Barcelone, Jaén, Séville et Tolède) et Loretta n’avait laissé aucune indication sur le lieu où elle habitait, sauf un détail : le gay qui partageait l’appartement avec elle était le patron, croyait-il se souvenir, d’un pub pour gays, et il sentit du dégoût à la seule pensée de parcourir toute la ville nocturne à la recherche des lieux de réunion gays, sans compter que les autres cubains qu’il avait retrouvés en Espagne ne devaient rien savoir, afin d’éviter les médisances et les plaisanteries de mauvais goût. Il se considérait comme un vrai petit mâle cubain, un machito dans tout le sens du terme, et il ne mettrait ça en jeu pour rien au monde. Une question d’honneur, de machisme national.

Mais, et ils traversent une série de trous d’air qui cette fois fait trembler l’avion, il pense que ce qui le décida, ce fut la même force qui lui fit abandonner Loretta dans ce petit village, dans la campagne et partir pour La Havane en quête de gloire. Dans l’appartement il se justifia encore, alléguant le destin : il était écrit qu’il abandonnerait Loretta pour qu’elle se décide à quitter le pays et qu’ensuite ils puissent se retrouver à Madrid où il resterait avec elle qui était déjà installée dans cette ville merveilleuse pour un écrivain. La perfection aurait été qu’elle vive à Barcelone, se dit-il, mais on ne peut pas non plus en demander trop au destin.

Il se souvint que l’un des Cubains qui vivaient en Espagne, le poète Alberto Lauro, se plaisait à fréquenter certains lieux nocturnes et qu’il l’avait invité à les explorer « pour que tu voies l’autre face de cette ville », -lui avait-il dit alors, et sans trop y réfléchir, il décrocha le téléphone. Lauro arriva dans l’appartement à l’heure convenue, la parfaite ponctualité d’un anglais chez ce petit cubain assez peu sérieux, et Marcos lui raconta d’un trait tout ce qu’il avait en tête.

‑Une histoire d’amour parfaite –répondit-il quand Marcos acheva son récit-. Et dire que les gens se moquent des feuilletons télé. Et tu es devenu le personnage principal d’un de ces feuilletons, et en plus, c’est une histoire vraie.

‑C’est bien ce que je dis –lui répondit Marcos avec un sourire grimaçant-. Mais pour ce qui est de ce soir, tu sais ce que je t’ai dit.

‑Bien sûr, bien sûr, Monsieur Marcos… Je suis une tombe… - un sourire resta sur ses lèvres et il lui lança un regard étrange. Marcos le fixa avec un grand sérieux. - … Fermée, mon petit Marcos. Une tombe fermée.

Et l’on vit la tombe fermée et Marcos cheminer dans le Madrid de la nuit, plus vaste que Marcos ne se l’imaginait, parce que le malheureux Lauro avait tellement de problèmes qu’il n’avait même pas de quoi s’acheter une bicyclette, lui raconta-t-il, bien qu’ils eussent réduit le champ de leurs recherche, grâce à ce que lui avait raconté Loretta, à savoir que dans le bar gay qu’il cherchait il ne suffisait pas d’être homo pour pouvoir entrer mais qu’il fallait en plus être déguisé en femme célèbre. Cela réduisait les recherches, pas autant cependant que le pensait Marcos. Il y avait à Madrid plus de dix pubs qui faisaient la même chose, avec plus ou moins de luxe et d’exigence selon le lieu et standing du patron.

Ils le trouvèrent presque au petit jour, lorsqu’ils frappèrent à un bar minuscule près de la plaza de Colón et que Lady D en personne leur entrouvrit la porte : « Vous cherchez à vous amuser, les garçons ? », demanda-t-elle d’une voix à la fois mielleuse et agressive que Lauro interrompit : « Il ne s’agit pas de ça, Lady, nous cherchons le patron », sur un ton tellement viril que Marcos se demanda si un plaisantin ne venait pas de remplacer Lauro à ses côtés. « Je m’en occupe, mon petit Marcos », lui dit le poète, abandonnant pendant quelques secondes le masque de Don Corleone, quand Lady D ferma la porte et les laissa seuls un instant.

A l’aspect de petit homme sinistre qu’il présenta à Lady D, Lauro ajoutait cette nuit-là un gilet noir, long, qui le faisait beaucoup ressembler à ces tueurs des films américains, et Marcos se regarda lui-même, cherchant un lien vraisemblable avec l’image que Lauro continuerait de donner : il pouvait passer pour un homme correct escorté par ce garde du corps presque nain mais au visage d’assassin : c’est un fait bien établi, les meilleurs poisons se trouvent dans les petits flacons.

Le patron se présenta sous le nom de Gumersindo Cabrera, alias Gumy La Puissante, et il s’avéra plus mou qu’une meringue au milieu d’un troupeau de buffles en débandade. Lauro, toujours fidèle à son rôle, l’attaqua alors qu’il venait à peine de passer la tête par l’embrasure de la porte qu’il poussa devant les yeux effrayés de l’autre, et ils pénétrèrent dans une minuscule entrée d’où on pouvait voir les tables, toutes occupées par des célébrités féminines : « Monsieur cherche Loretta », dit-il, « et toi tu sais où elle se trouve ». Marcos sentit une certaine résistance dans les expressions encore effrayés de Gumy, une résistance qui s’effondra en une seconde : « Tu as entendu parler de Néron, chère Madame ? », dit Lauro et il vit que le gay acquiesçait, les yeux grand ouverts : « Et bien donne-nous rapidement l’adresse de Loretta », et il poursuivit, « parle, chère Madame, parce qu’on pourrait bien voir brûler une cage aux folles. J’adore l’odeur des plumes grillées ».

Une heure plus tard nous étions assis devant un show pour hommes près de la Plaza de España. Loretta, nue, remuait ses grandes fesses, s’excitait avec un tube autour duquel elle dansait dans le plus pur style des plus pures putes. Marcos crut soudain vivre, en plus du mélodrame, un film américain, et il était toujours dans le film quand la musique s’arrêta et que Lauro lui fit signe de le suivre. Ils passèrent dans les loges et ils allèrent directement à celle de Loretta, comme s’ils connaissaient le chemin depuis toujours. Lauro resta dehors, attendant. « Je fais le guet », dit-il.

Loretta, totalement nue, se peignait face à un miroir. Marcos continuait à croire qu’il était dans un film et il ne se réveilla que quand elle sentit sa présence et se retourna, se couvrant les seins. Elle baissa soudain les yeux quelques secondes, puis elle leva la tête et le fixa.
‑Que viens-tu chercher ? –agressive, distante, elle n’avait rien en commun avec la Loretta d’il y avait quelques jours, encore moins avec celle qu’il avait quittée à Cuba.

‑Toi –dit-il-. Il faut que nous parlions, tu ne crois pas ?

Elle resta silencieuse, à le regarder. Par moments, Marcos croyait voir quelque chose faiblir au fond de ces yeux noirs, profonds, mais Loretta reprenait un regard mort, sec, qui le désarmait.

‑Quand tu es parti, je ne suis jamais allée te chercher –dit-elle-. Je ne voulais pas que tu saches, mais tu es déjà là. Maintenant va-t-en.

‑Il faut que nous parlions –répondit-il-. Je ne crois pas que tout ça te plaise.

‑Chacun a le destin qu’il mérite, tu ne crois pas ? Dans un livre quelconque Dieu a écrit que je devais être pute et c’est ce que je suis. Ça te suffit ?

‑Tu peux aller à l’ambassade et rentrer –balbutia alors Marcos-. Je suis sûr qu’ils comprendront.

Encore une fois le silence. Quelques secondes. Loretta fixa à nouveau le carrelage et lorsqu’elle leva les yeux l’agressivité avait encore grandi.

‑Tu vois ? Tu ne me connais pas non plus –dit-elle-. Quand tu as fichu en l’air tout ce dont je rêvais et que j’ai décidé de quitter Cuba, j’ai rompu avec tout. Pour être franche avec toi, je préfère être pute et vivre à l’aise ici, plutôt que diplômée et manger de la merde et vivre comme une bête là-bas. Maintenant –et elle continua à parler la tête basse-, ici les règles sont claires : si tu veux baiser, tu paies, sinon, tu t’en vas. Voilà mon travail. Je ne veux pas encore me faire avoir à cause de toi.

La Havane, un tiers monde si longtemps, si ardemment désiré par Marcos, ville sur laquelle il avait misé contre l’exil et la nostalgie et contre Loretta, qui soudain il ne sait comment l’avaient fait douter, se précise peu à peu tandis que l’avion descend. Calé sur son siège, il peut voir par le hublot les champs de canne à sucre qui entourent l’aéroport se dessiner plus nettement, les voitures qui étaient des fourmis se transformer en monstres de métal, les gens à bicyclette devenir visibles sur les routes, mêlés au trafic des voitures modernes et des vieilles autos et des camions délavés et tout ça lui rappelle qu’il est déjà revenu à Cuba, que ses jours et ses nuits madrilènes et Loretta et le Congrès et les nouveaux amis écrivains d’Amérique sont restés derrière lui et seul l’e-mail ou Internet pourra les réunir, lui évitant d’appartenir à cette race grise ou lumineuse selon les jours, la race des exilés.

‑Dans Rayuela –lui avait dit l’homme, encore assis sur la tombe de Cortázar, à Paris-, dans une scène où La Maga berce le bébé Rocamadour, j’ai découvert que nous luttons contre la nostalgie par entêtement. Un jour j’ai aussi découvert que Cuba m’a trahi. Ne lui jette pas la pierre alors. Ni Loretta, ni Cuba ne sont coupables.

A cette heure de la nuit, quand il quitta le cimetière pour l’aéroport afin de retourner à Madrid, sur la tombe de Cortázar un groupe de jeunes Argentins débouchait des bouteilles et chantait un vieux tango de Gardel où il était question d’un petit chemin effacé par le temps et d’un homme mordu par la triste bestiole de la nostalgie, se souvient Marcos et il respire profondément – en haut de la passerelle de l’avion, regardant ceux qui descendent et marchent vers le bus – l’air qui en Espagne s’était confondu avec un arôme d’encens de santal, d’amandes grillées et de terre mouillée par la pluie, un air désormais lointain, un air qui, soudain, baigné par la chaleur suffocante de cet après-midi de juillet lui fait jurer qu’un jour il écrira une histoire, comme le demandait Sepúlveda au cours du Congrès aux Latino-américains qui n’avaient pas oublié de raconter des histoires comme l’avaient fait leurs ancêtres, une simple histoire d’amour, se répète-t-il à voix basse et il commence à descendre la passerelle, une histoire avec deux personnages où la nostalgie, cette bête qui mord l’homme dans ce qu’il a de plus sensible, soit beaucoup plus qu’un vieux tango oublié de Gardel.

Juillet 1999



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