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Morgan ( Crónicas suburbanas)
A Marco Antonio Flores
Muchos han opinado de su suicidio, pero hasta la fecha nadie ofreció una versión que pudiera esclarecer por qué Morgan, el gato pirata, se lanzó completamente ebrio del quinto nivel de un hotel en la playa.
Llegó a regalarse a la casa un domingo lluvioso por la noche. Mejor dicho, cayó al patio trasero de mi apartamento ubicado en la terraza de un edificio viejo. Allí quedó atorado entre el baño y un corroído tonel lleno de agua de lluvia.
Yo estaba acostado en mi habitación cuando un golpe seco acompañado de un alarido me hizo romper con la película policiaca. Por unos momentos pensé que el ruido había surgido de mi mente o de la maldita televisión, pero el maullido del inesperado visitante cambió mi suposición. Desnudo, linterna en mano y con un bate de béisbol caminé hacia el patio. Allí estaba: un cuerpo negro, negro, iluminado por blancos difuminados en el largo torso del animal con resplandecientes amarillos, casi naranja, entre las orejas y patas traseras. Era una bola de pelos humedecidos. Su hocico destilaba vaho de vientre de rata preñada. La cola, que por momentos dibujaba la clave de sol, estaba cortada, quizá por la descarga eléctrica de algún cable. Un ojo ciego, que en lugar de pupila tenía aún los restos del colmillo de un perro callejero.
Cuando le lancé la bocanada de luz clavó su ojo sano en mí. Estaba iluminado. Sentí al demonio en persona. Sin embargo, cuando lo vi desangrándose me conmovió.
Un poco por curiosidad, traté de ser amigable, pero al intentar acariciarlo lanzó una tarascada, que al impactar con el tonel, hundió las garras y produjo ese maldito ruido que destiempla los dientes.
Pensé en acabarlo de una vez por todas con el bate de béisbol, pero cuando estuve a punto de asestarle el golpe en la cabeza, escuché disparos y luego una ambulancia. Me contuve. Di unos pasos hacia la pared y eché un vistazo para abajo. La calle estaba vacía, los disparos continuaban.
Sigilosamente observé con más atención, pero la lluvia había hecho que desde hacía horas todos desaparecieran del escenario callejero nocturno.
Agucé un ojo, como queriendo tener más alcance, hasta que me percaté que los disparos salían de la estúpida película mexicana de décima categoría. Estúpido gato, pensé. Volví la vista al animal. Esta vez estaba más dócil, pero era imposible acercarse, sus garras estaban bien afiladas.
No pude más. Le grité que se pudriera allí mismo y regresé a mi habitación. Allí estuve dos días bebiendo cerveza, consumiendo coca y fumando crack.
El primer día escuché durante toda la mañana los alaridos del gato. Por su llegada inesperada y su aspecto piratesco, lo bauticé como Morgan.
Cada vez que maullaba le gritaba Morgan estúpido callate o te rompo la madre, hijueputa. A mediodía no soporté esos berridos que me recordaban inmediatamente los de los recién nacidos. Por cierto, en el piso de abajo vivía una familia con una bebé que tenía más pulmones que el cerdo de Pavarotti. Agité una cerveza y la vacié en todo el maldito gato. Casi se me rompe el estómago de la risa, pero valió la pena porque el gato se silenció por más de dos horas. Entrada la noche, un pusher llegó a proveerme del monte, polvo y piedras. Le di unos centavos de más para que comprara unas cervezas en la tienda de la esquina y le pregunté que cuánto me cobraba por matar al gato.
Como se rehusó a lo último le dije que era un cobarde y que por esa razón no viajaría conmigo al mar. Junto a otros cuatro amigos tenía planificado ir al Pacífico a emborracharme y fumar todo lo que se me pusiera enfrente.
Al día siguiente, cuando bajé de un viaje alucinado de la piedra filosofal y la televisión estaba a punto de quemarse, salí a orinar al patio. Había olvidado a Morgan, pero cuando estaba sacudiéndomela, ronroneó a tal grado que me excitó. Su cara parecía estar pidiéndome una cerveza, no importaba si estaba fría o no. Dámela por favor, leí en su ojo. Pero esa mirada, contraria a la que había aterrizado dos días antes, era idéntica a la de alguien que necesita quitarse la resaca.
Volví a mi cuarto. Encontré dos latas de cerveza entre la hielera y las vacié dentro de una palangana de metal donde ponía a secar la hierba. Me entretuve tras aspirar la última línea de coca que quedaba sobre el espejo roto y salí a ofrecerle el bendito líquido a Morgan.
Se lo serví como que hubiera sido la mascota de toda mi vida. El gato, aún trabado entre el tonel y el baño, lamió las dos cer vezas hasta casi acabarlas.
La barriga del animal se infló. Saqué agua del tonel con el mismo trasto donde bebió el gato y luego lo moví un par de pulgadas. El animal salió disparado, pero la borrachera hizo que tropezara con la lavadora y luego contra la puerta. Eso me causó risa.
Morgan cruzó la puerta y se dirigió hacia mi cuarto. Descargué varios guacalazos con el agua del tonel sobre mi cabeza. De esa manera aproveché a darme de una vez por todas la ducha que me hacía falta desde casi un mes. Con un trapo viejo sequé mi cuerpo y caminé hacia adentro.
Morgan lamía unas latas de cer veza y cuando me vio saltó hacia el ropero. Lo ignoré. Pasé un buen tiempo haciéndome el loco hasta que recogí una de las latas y la estrellé contra el vidrio del mueble. El gato saltó de nuevo, pero esta vez se estrelló contra el piso. Algo atormentado corrió y se metió debajo de la cama.
Terminé de vestirme. Fumé un par de cigarros y cuando iba a encender el tercero el pusher tocó la puerta. Para evitar salir de mi habitación me ideé un sistema que consistía en un largo cordel amarrado que salía del cuarto hacia la terraza. Cuando yo tiraba de ella, botaba una cubeta de metal, donde estaba la llave. Ésta caía justo a los pies del pusher.
Tras subir los tres niveles, entraba sofocado a mi habitación y me aventaba el material a la cama. Yo le pagaba con la condición de que arreglara la cubeta y la pita y metiera la llave dentro.
Esta vez antes de pagarle le dije que el gato estaba bajo la cama y si lo mataba le pagaría el doble. Se agachó y con sorpresa me dijo que para qué quería yo quitarle la vida a ese gato indefenso. Le pregunté si lo mataría o no o que se largara a la mierda. Se largó.
Cuando destapé mi cerveza el gato salió de abajo de la cama. Esparcí un poco de líquido en el piso y lo lamió a toda prisa. Se sacudió los bigotes y me echó una mirada feroz. Nunca nadie me había amenazado así dentro de mi casa. Eso me gustó. Destapé otra cerveza, fui por la palangana y la vacié. Así transcurrieron varios días más hasta que ambos estábamos con una goma de once mil demonios.
El pusher llegaba a mi cuarto. Le pagaba. Iba a traer otras cervezas. Yo le pedía que matara al gato, pero él únicamente se llevaba un sobre dirigido a una revista donde publicaba mi columna. El mismo pusher me traía la plata, porque los artículos salían con un seudónimo. A veces me traía el dinero, otras la piedra o el polvo. Yo no tenía ni la menor idea de cuánto me pagaban por cada artículo. Solamente estaba seguro de que de las ciento cincuenta líneas que escribía semanalmente, por lo menos una tercera parte servía para cuatro cajas de cervezas.
Como nunca aceptó matar al gato y yo me estaba hartando del animal, le dije al pusher que no volviera a llegar a casa hasta que tuviera los huevos suficientes para matarlo. De paso, que me dejara la droga y un adelanto de dinero por las próximas dos columnas. Yo estaba listo para ir al mar y pensaba llevarme al gato.
La cola ya no le sanó. Opté por cauterizársela. Aproveché un momento en que ambos estábamos ebrios. Yo, claro, pasado y casi hasta el hule, como dicen por aquí, de coca en la cabeza. Con la llama de un mechero le quemé la herida hasta que el calor la cauterizó.
Morgan me lo agradeció con un zarpazo en mi pierna. Le di otra cerveza y olvidamos todos los rencores. Traté de extraerle el colmillo de perro, pero aposté a que era tarea para un cirujano. Opté por ponerle un parche en el ojo y de paso lo sellé con dos onzas de ron.
Ambos pensamos en el desperdicio del alcohol, pero finalmente desapareció la sangre del ojo. El parche le quedaba como anillo al dedo. Me divertía cada vez que Morgan tropezaba con las latas o las botellas vacías de cerveza o cuando amanecía con ruidos en el estómago, que más parecía una orquesta de jazz en decadencia.
El jueves por la noche pasaron mis amigos por mí. Yo estaba hasta las cañas de marihuana, así que bajé vestido únicamente con un pantalón corto. Antes de arrancar me percaté de que había olvidado al gato. Les pedí que me esperaran y fui prácticamente a capturarlo. Cuando intenté meterlo dentro de la caja de zapatos, lanzó zarpazos tal como los había tirado cuando llegó.
Destapamos seis cervezas. Una para Morgan y cinco para nosotros, pero cuando apenas llegábamos a las afueras de la ciudad tuvimos que hacer lo mismo con otro sixpack.
Llegamos de madrugada al mar. No había luna. La maldita ley seca impuesta por algún tarado que se creyó iluminado había provocado que todos los antros estuvieran cerrados. Nosotros no éramos tan imbéciles, así que antes llenamos el baúl de cervezas y de licor. Con la marihuana y sus similares afortunadamente no hay ese tipo de atrofias secas ni nada por el estilo. Por el contrario, cuando bien nos va hasta happy hour encontramos.
Saqué al gato cuando apenas estaba acostumbrándose a la caja. Cuando vio el mar se le erizaron todos los pelos. Retrocedió y se cayó dos veces por la babilónica borrachera que le había propinado. Menos mal que solamente tenés un ojo, con los dos te hubiera dado un infarto, maldito.
Pasamos fumando el resto del amanecer hasta que el sol empezó a molestarnos. Llegamos a un hotel. Pedimos dos habitaciones para los seis. El maletero me dijo que no era permitido el ingreso de animales. De inmediato le expliqué que el gato no venía conmigo y que si quería lo sacaba a patadas. Pidió disculpas y me dijo que él mismo lo sacaría más tarde. Previendo que ocurriera otra situación, bajé con una toalla al lobby.
Busqué al gato que tenía las marcas de zapatos en la espalda. Estaba con la boca abierta tirado en la banqueta de enfrente. Le dejé caer un poco de cerveza, lo envolví en la toalla y subí al quinto pisto, donde estaba mi habitación.
Dos horas más tarde fumábamos todos y Morgan bebía cerveza. Estuvimos metidos otros tres días dentro del cuarto hasta que mis amigos comenzaron a enfermarse. A uno le dio la pálida. Vomitó durante casi un día hasta que una ambulancia se lo llevó. Otro dijo que iría al hospital porque sentía que tenía clavada una espina de pescado en la garganta. El tercero decidió regresar en autobús a casa, pero antes de llegar quedó internado en una clínica, donde le inyectaron suero.
El otro, el piloto, estaba desmayado. Parecía que todo lo que esto significaba era que yo tendría que pagar la cuenta, así que pensé tomarme la última cerveza, sacarle las llaves del auto a mi amigo que estaba tirado en el piso y regresar a mi casa a continuar fumando.
Saqué dos cervezas de la hielera. Morgan ya no caminaba, solamente se arrastraba con dificultad. Vacié una cerveza en un tarro y lo coloqué sobre la mesa. El gato brincó como que hubiera sido una olimpiada de salto alto y comenzó a lengüetear sin misericordia.
Yo también me sentía mal. Con la cerveza en la mano abrí la ventana, caminé al baño y tras permanecer un buen tiempo sentado en la taza del inodoro me levanté sin ver nada mío flotando en las aguas.
Me percaté que el tarro de Morgan estaba vacío, pero también vi la sombra del animal que se paró en el balcón de la ventana y se aventó al vacío como saltador de bungee.
Ni siquiera me volteó a ver. Se tiró el maldito. Estaba casi seguro que no se salvaría del tremendo vergazo que se pegaría justo en la puerta principal del hotel.
Destapé otra cerveza. Metí cuatro más adentro de la hielera, tomé las llaves del auto, cogí unos anteojos oscuros y me largué de ese calor infernal. Antes de salir, el botones me dijo que tenía una llamada.
Era el pusher. Se había decidido a matar al animal y llegaría al lugar que yo le dijera. Imbécil, le dije, ya se murió solito. Colgué el teléfono y le dije al portero que el amigo que permanecía en la habitación pagaría la llamada y la cuenta. Antes de subir al auto observé cómo entre dos conserjes metían el cuerpo del animal dentro de un papel periódico, que en una de sus páginas anunciaba el lanzamiento de una nueva marca de cerveza.
Ciudad de Guatemala, 1999
Morgan
À Marco Antonio Flores
Beaucoup ont donné leur avis sur son suicide, mais jusqu’à présent personne n’a réellement expliqué
pourquoi Morgan, le chat pirate, se jeta complètement ivre du cinquième étage d’un hôtel de la plage.
Il s’invita chez moi un dimanche soir pluvieux. Plus exactement, il tomba dans l’arrière-cour de mon appartement situé sur la terrasse d’un vieil immeuble. Il resta là, coincé entre les toilettes et un fût métallique rouillé rempli d’eau de pluie.
J’étais couché dans ma chambre lorsqu’un coup sec accompagné d’un hurlement interrompit le film policier. Pendant un instant, je pensai que le bruit avait surgi de mon esprit ou de cette saleté de télévision, mais le miaulement du visiteur inattendu me fit changer d’avis. Nu, une lampe et une batte de base-ball à la main, je me dirigeai vers la cour. Il était là : un corps noir, noir, qu’éclairaient quelques taches blanches sur son large torse et d’autres d’un jaune resplendissant, presque orange, entre les oreilles et les pattes arrière. C’était une boule de poils mouillés. Son museau exhalait une haleine de rat agonisant. La queue, qui par moments dessinait la clé de sol, était coupée, peut-être par la décharge électrique d’un câble. Un œil aveugle, avec, à la place de la pupille, les restes de croc d’un chien errant.
Quand je projetai sur lui le faisceau de ma lampe, il planta sur moi son œil sain. Ce fut le diable en personne qui apparut dans la lumière. Je fus pourtant ému lorsque je vis qu’il perdait son sang.
Un peu par curiosité, je me montrai amical, mais alors que j’essayai de le caresser il lança un coup de griffes qui alla s’écraser contre le fût et produisit ce bruit détestable qui fait mal aux dents.
Je pensai à l’achever pour de bon avec la batte de base-ball, mais quand j’allais lui asséner le coup sur la tête, j’entendis des coups de feu et ensuite une ambulance. Je retins mon geste. Je fis quelques pas jusqu’au mur et jetai un coup d’œil vers le bas. La rue était vide, les coups de feu continuaient.
Avec prudence, j’observai plus attentivement, mais la pluie avait chassé depuis des heures tous les acteurs du théâtre nocturne.
Je plissai un œil, adoptant mon regard de sniper, celui qui veut voir plus loin, mais je réalisai que les coups de feu provenaient du stupide film mexicain de dixième catégorie. Chat stupide, pensai-je. Je me tournai vers l’animal. Cette fois il était plus docile, mais il était impossible de l’approcher, ses griffes étaient bien aiguisées.
Je perdis patience. Je lui criai qu’il pouvait bien pourrir là où il était et je retournai dans ma chambre. Je restai là deux jours à boire de la bière, à prendre de la coke et à fumer du crack.
Le premier jour, j’entendis toute la matinée les hurlements du chat. A cause de son arrivée intempestive et de son air de pirate, je le baptisai Morgan.
Chaque fois qu’il miaulait je lui criais Morgan stupide tais-toi ou je te crève, connard. A midi je ne supportai plus ses braillements qui me rappelaient immédiatement ceux des nouveaux-nés. C’est que dans l’appartement du dessous vivait une famille avec un bébé qui avait les poumons plus développés encore que ce porc de Pavarotti. Je secouai une bière et je la vidai complètement sur cette saleté de chat. Je me mis à rire à m’en faire éclater la rate, et en plus ce fut efficace parce que le chat se tut pendant plus de deux heures. Lorsqu’il fit nuit noire, un dealer vint me ravitailler en poudre et en crack. Je lui donnai quelques centavos de plus pour qu’il achète quelques bières au magasin du coin de la rue et je lui demandai combien il me prendrait pour tuer le chat.
Comme il refusait je lui dis pour finir qu’il était un lâche et que c’était pour ça que je ne l’emmènerai pas avec moi à la mer. Avec quatre autres amis j’avais prévu d’aller jusqu’au Pacifique me saouler et fumer tout ce que je trouverais.
Le lendemain, lorsque je redescendis d’un voyage halluciné de la pierre philosophale et que la télévision était en surchauffe, je sortis uriner dans la cour. J’avais oublié Morgan, mais alors que j’étais en train de me la secouer, il ronronna à tel point que cela m’excita. Sa tête semblait me demander une bière, qu’elle fut fraîche ou non. Donne-la moi, s’il te plaît, c’est ce que je lus dans son œil. Ce regard, complètement différent de celui qu’il avait lorsqu’il avait atterri deux jours plus tôt, était celui de quelqu’un qui a besoin de soulager une gueule de bois.
Je retournai dans ma chambre. Je trouvai deux boites de bière dans le frigo et je les vidai dans une cuvette de métal où je faisais sécher l’herbe. Je pris le temps d’aspirer la dernière ligne de coke qui restait sur le miroir cassé et je sortis offrir le liquide béni à Morgan.
Je le lui servis comme s’il avait été mon animal domestique depuis toujours. Le chat, encore coincé entre le bidon et les toilettes lécha si bien les deux bières qu’il en vint presque à bout.
Le ventre de l’animal gonfla. Je vidai de l’eau du bidon avec le récipient dans lequel avait bu le chat et je déplaçai ensuite ce même bidon de quelques centimètres. L’animal partit comme une flèche, mais comme il était saoul il heurta la machine à laver puis la porte, ce qui m’amusa beaucoup.
Morgan passa la porte et se dirigea vers ma chambre. Je me versai quelques calebasses d’eau du bidon sur la tête. J’en profitai ainsi pour prendre une bonne fois la douche dont j’avais besoin depuis presque un mois. Je me séchai avec un vieux chiffon et je rentrai.
Morgan léchait quelques boites de bière et quand il me vit il sauta sur l’armoire. Je l’ignorai. Je passai un bon moment à délirer puis je ramassai une des boites et je l’envoyai s’écraser contre le miroir du meuble. Le chat sauta de nouveau, mais cette fois il s’écrasa sur le sol. Un peu groggy il courut se glisser sous le lit.
Je finis de m’habiller. Je fumai deux cigarettes et quand j’allais allumer la troisième le dealer frappa à la porte. Pour éviter de sortir de ma chambre, j’avais imaginé un système : j’avais attaché une longue ficelle qui allait de la chambre à la terrasse. Quand je tirais dessus, elle renversait une cuvette métallique dans laquelle se trouvait la clé. Celle-ci tombait juste aux pieds du dealer.
Après avoir monté les trois étages, il entrait hors d’haleine dans ma chambre et me jetait la marchandise sur le lit. Je le payais à la condition qu’il remette en place corde et cuvette avec la clé dedans.
Cette fois avant de le payer je lui dis que le chat se trouvait sous le lit et que s’il le tuait je lui payais le double. Il se baissa et me demanda surpris pourquoi je voulais ôter la vie à cet animal sans défense. Je lui demandai de se décider ou de partir. Il partit.
Quand j’ouvris ma bière le chat sortit de dessous le lit. Je renversai un peu de liquide sur le sol et il le lécha à toute vitesse. Il secoua ses moustaches et me jeta un regard féroce. Personne ne m’avait jamais menacé ainsi chez moi. Ça me plut. J’ouvris une autre bière, j’allai chercher la cuvette et je la vidai. Plusieurs jours passèrent ainsi, jusqu’à ce que nous ayons pris tous les deux une cuite effroyable.
Le dealer entrait dans ma chambre. Je le payais. Il allait chercher d’autres bières. Je lui demandais de tuer le chat, mais la seule chose qu’il faisait c’était emporter une enveloppe pour une revue qui publiait ma chronique. Le même dealer m’apportait l’argent, parce que les articles étaient publiés sous un pseudonyme. Quelquefois il m’apportait l’argent, d’autres fois le crack ou la poudre. Je n’avais pas la moindre idée de combien on me payait pour chaque article. J’étais seulement sûr que des cent cinquante lignes que j’écrivais chaque semaine, au moins un tiers servait à acheter quatre caisses de bière.
Comme il n’accepta jamais de tuer le chat et que je commençais à en avoir assez de cet animal, je demandai au dealer de ne revenir que lorsqu’il aurait assez de couilles pour le tuer. Et en passant, qu’il me laisse la drogue et une avance en argent pour mes deux prochaines chroniques. J’étais prêt à partir à la mer et je pensais emmener le chat.
Sa queue ne guérit pas. Je décidai de la cautériser. Je profitai d’un moment où nous étions ivres tous les deux. Moi, bien sûr rond comme une bille, comme on dit, rond comme une queue de pelle. Avec la flamme d’un briquet je lui brûlai la blessure jusqu’à ce que la chaleur la cautérise.
Morgan me remercia d’un coup de griffes sur la jambe. Je lui donnai une autre bière et nous oubliâmes toutes nos rancunes. Je tentai de lui extraire le croc du chien, mais je dus admettre que c’était là le travail d’un chirurgien. Je décidai de lui poser un pansement sur l’œil que je j’imbibai de deux doigts de rhum.
Nous pensions tous les deux à cet alcool gâché, mais finalement, le sang de l’œil disparut. Je trouvais assez drôle de voir que Morgan trébucher sur les boites ou les bouteilles de bière vides ou de l’entendre se réveiller, produisant des bruits avec son l’estomac qui ressemblait à un orchestre de jazz décadent.
Le jeudi soir mes amis passèrent me chercher. Je m’étais complètement défoncé avec la marijuana, de sorte que je descendis vêtu uniquement d’un short. Avant de démarrer je réalisai que j’avais oublié le chat. Je leur demandai de m’attendre et je partis en chasse. Quand j’essayai de le faire entrer dans la boite de chaussures, il lança des coups de griffes comme il l’avait fait à son arrivée.
Nous ouvrîmes six bières. Une pour Morgan et cinq pour nous, mais nous étions à peine à la sortie de la ville qu’il fallut ouvrir un autre pack de six.
Nous arrivâmes avant l’aube à la mer. Il n’y avait pas de lune. A cause de la maudite loi anti-alcool, lumineuse idée d’un taré, tous les bouges étaient fermés. Mais nous n’étions pas si bêtes, et avant de partir nous avions rempli le coffre de bière et d’alcool. Pour la marijuana et le reste heureusement il n’y a pas ce genre de loi. Au contraire, avec un peu de chance on pouvait même en trouver à des tarifs promotionnels.
Je sortis le chat quand il commençait à peine à s’habituer à la boite. Quand il vit la mer, tous ses poils se hérissèrent. Il recula et tomba deux fois à cause de la cuite monumentale que je lui avais provoquée. Heureusement que tu n’as qu’un œil, si tu avais vu ça avec les deux tu aurais pris un infarctus, saleté.
Nous restâmes là à fumer jusqu’à ce que le soleil ne commence à nous gêner. Nous arrivâmes à un hôtel. Je demandai deux chambres pour les six. L’employé me dit que les animaux n’étaient pas admis. Je lui expliquai immédiatement que le chat n’était pas avec moi et que s’il voulait, il pouvait le jeter dehors à coups de pieds. Il s’excusa et me dit qu’il se chargerait lui-même de le faire sortir plus tard. Prévoyant que la situation risquait de se reproduire, je descendis avec une serviette de bain dans le hall.
Je cherchai le chat. Il avait les marques de chaussures sur le dos et se trouvait allongé, la bouche ouverte, sur le trottoir d’en face. Je lui versai un peu de bière, je l’enroulai dans la serviette et je le montai au cinquième étage, où était ma chambre.
Deux heures plus tard nous étions tous en train de fumer et Morgan buvait de la bière. Nous restâmes enfermés encore trois jours dans la chambre, puis mes amis commencèrent à tomber malades. L’un d’eux devint tout pâle. Il vomit pendant presque une journée entière et une ambulance l’emmena. Un autre annonça qu’il allait à l’hôpital parce qu’il sentait qu’il avait une arête de poisson plantée dans la gorge. Le troisième décida de rentrer chez lui en autobus, mais avant d’arriver il se retrouva dans une clinique, où on lui posa une perfusion de sérum.
L’autre, le conducteur, était évanoui. Apparemment, il ne restait plus que moi pour payer la note, de sorte que je pensai, après avoir bu la dernière bière, prendre les clés de la voiture à mon ami qui était allongé sur le sol et rentrer chez moi continuer à fumer.
Je sortis deux bières du frigo. Morgan ne marchait déjà plus, il se traînait avec difficulté. Je vidai une bière dans un pot et je le plaçai sur la table. Le chat bondit comme s’il s’agissait d’une épreuve de saut en hauteur aux jeux olympiques et commença à laper rageusement.
Moi aussi je me sentais mal. La bière à la main, j’ouvris la fenêtre, je me dirigeai vers les toilettes et après être resté un bon moment assis sur la cuvette je me levai sans avoir rien pu expulser, rien ne flottait sur les eaux.
Je me rendis compte que le pot de Morgan était vide, mais je vis aussi l’ombre de l’animal debout sur le rebord de la fenêtre. Il se jeta dans le vide comme on saute à l’élastique.
Il ne se retourna même pas pour me regarder. Il se lança, saleté. Il était peu probable qu’il survive au coup terrible qui l’attendait juste devant la porte principale de l’hôtel.
J’ouvris une autre bière. J’en mis quatre autres dans le frigo, je pris les clés de la voiture, je chaussai des lunettes noires et je quittai cette chaleur infernale. Avant de partir, le groom me dit que j’avais un appel.
C’était le dealer. Il s’était décidé à tuer l’animal et il viendrait où je le lui dirais. Imbécile, lui dis-je, il est déjà mort tout seul. Je raccrochai et je dis au portier que l’ami qui restait dans la chambre payerait l’appel et la note. Avant de monter dans la voiture, j’observai comment deux concierges enveloppaient le corps de l’animal dans un papier journal, qui sur l’une de ses pages annonçait le lancement d’une nouvelle marque de bière.
Ciudad de Guatemala, 1999