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Espagne | ciudadanos por la república - Double citoyenneté - Daniel Barenboim

Texte publié sur le site http://www.ciudadanosporlarepublica.info/



Doble ciudadanía

domingo, 02 de marzo de 2008
DANIEL BARENBOIM

He afirmado con frecuencia que los destinos de los pueblos israelí y palestino están inextricablemente ligados y que el conflicto no tiene solución militar. El hecho de que, hace poco, haya aceptado la nacionalidad palestina, me ofrece la oportunidad de demostrarlo de forma más tangible.
Cuando mi familia se trasladó de Argentina a Israel en los años cincuenta, una de las intenciones de mis padres era ahorrarme la experiencia de crecer como parte de una minoría, una minoría judía. Querían que creciera siendo parte de una mayoría, una mayoría judía. Lo trágico es que mi generación, a pesar de haberse educado en una sociedad cuyos aspectos positivos y cuyos valores humanos han enriquecido enormemente mis ideas, ignoró la existencia en Israel de una minoría -una minoría no judía- que había sido la mayoría en toda Palestina hasta la creación del Estado israelí en 1948. Parte de la población no judía permaneció en Israel, y otros se fueron por miedo o se vieron desplazados por la fuerza.
En el conflicto palestino-israelí ha habido y hay una incapacidad de reconocer la interdependencia de las dos voces. La creación del Estado de Israel fue resultado de una idea de judíos y europeos que, si pretende proyectar su principio básico hacia el futuro, debe aceptar la identidad palestina como otro principio igualmente válido. Es imposible ignorar el desarrollo demográfico; los palestinos que viven en Israel son una minoría, pero una minoría que crece sin cesar, y hoy más que nunca es preciso escuchar su voz. Constituyen en la actualidad aproximadamente el 22% de la población de Israel. Es un porcentaje mayor que el que jamás representó una minoría judía en cualquier país, en cualquier periodo histórico. El número total de palestinos que viven en Israel y los territorios ocupados (es decir, el gran Israel para los israelíes o la gran Palestina para los palestinos) supera ya a la población judía. Israel se enfrenta hoy a tres problemas al mismo tiempo: la naturaleza del Estado judío democrático moderno, su propia identidad; el problema de la identidad palestina dentro de Israel, y el problema de la creación de un Estado palestino fuera de Israel.
Con Jordania y Egipto se ha podido alcanzar lo que podría llamarse una paz congelada, sin poner en tela de juicio la existencia de Israel como Estado judío. Por el contrario, el problema de los palestinos dentro de Israel es mucho más difícil de resolver, tanto en la teoría como en la práctica.
Para Israel significa, entre otras cosas, hacerse a la idea de que su tierra no estaba vacía ni despoblada, no era "una tierra sin gente", la idea que se propagó en el momento de su creación. Para los palestinos, significa aceptar que Israel es un Estado judío y que no va a desaparecer. Pero los israelíes tienen que aceptar la integración de la minoría palestina aunque signifique cambiar ciertos aspectos de la naturaleza del Estado; también tienen que aceptar la justificación y la necesidad de la creación de un Estado palestino vecino al Estado de Israel. No sólo no hay alternativa ni una varita mágica que haga desaparecer a los palestinos, sino que su integración es una condición indispensable -por motivos morales, sociales y políticos- para la propia supervivencia de Israel. Cuanto más se prolonga la ocupación y más tiempo sigue desatendida la insatisfacción palestina, más difícil es encontrar incluso los mínimos elementos comunes. En la historia moderna de Oriente Próximo hemos visto demasiadas veces cómo las oportunidades de reconciliación desaprovechadas han tenido consecuencias terriblemente negativas para ambas partes. Por lo que a mí respecta, cuando me ofrecieron el pasaporte palestino, lo acepté con ánimo de reconocer el destino palestino que yo, como israelí, comparto. Un auténtico ciudadano de Israel debe tender la mano abierta a los palestinos y, por lo menos, tratar de entender lo que la creación del Estado de Israel ha significado para ellos. El 15 de mayo de 1948 es el Día de la Independencia para los judíos, pero ese mismo día es Al Nakba, la catástrofe, para los palestinos. Un auténtico ciudadano de Israel debe preguntarse qué han hecho los judíos, famosos por ser un pueblo inteligente, lleno de erudición y cultura, para compartir su legado cultural con los palestinos. Un auténtico ciudadano de Israel debe preguntarse asimismo por qué los palestinos están condenados a vivir en los barrios más pobres y aceptar peores niveles de educación y atención sanitaria, en vez de que la fuerza de ocupación les proporcione unas condiciones de vida decentes, dignas y tolerables, un derecho común a todos los seres humanos.
En cualquier territorio ocupado, los ocupantes son responsables de la calidad de vida de los ocupados, y, en el caso de los palestinos, los sucesivos gobiernos israelíes de los últimos 40 años han fallado miserablemente en ese aspecto. Los palestinos, como es natural, deben seguir resistiéndose a la ocupación y a todo intento de negarles las necesidades individuales básicas y el Estado. Sin embargo, por su propio bien, esa resistencia no debe manifestarse mediante la violencia. Cruzar el límite que separa la resistencia firme (incluidas manifestaciones y protestas no violentas) de la violencia no produce más que nuevas víctimas inocentes y, a la larga, no beneficia los intereses del pueblo palestino. Al mismo tiempo, los ciudadanos de Israel tienen tantos motivos para estar pendientes de las necesidades y los derechos de los palestinos (tanto dentro como fuera de Israel) como de los suyos propios. Al fin y al cabo, en la medida en que compartimos una misma tierra y un mismo destino, todos deberíamos tener doble ciudadanía.



Double citoyenneté

Daniel Barenboim
dimanche 2 mars 2008

J’ai souvent soutenu que les destins des peuples israéliens et palestiniens sont inextricablement liés et que le conflit n’a pas de solution militaire. Le fait que j’aie accepté, il y a peu, la nationalité palestinienne me donne l’occasion de l’affirmer plus concrètement encore.
Lorsque ma famille a quitté l’Argentine pour s’installer en Israël dans les années cinquante, l’un des objectifs de mes parents était de m’éviter de grandir au sein d’une minorité, une minorité juive. Ils voulaient me voir grandir dans un groupe majoritaire, une majorité juive. Ce qui est tragique pour ma génération, c’est que malgré l’éducation qu’elle a reçue de cette société, dont j’apprécie les aspects positifs et dont les valeurs humaines ont énormément enrichi mes idées, elle a ignoré l’existence en Israël d’une minorité –une minorité non-juive- qui avait été la majorité dans toute la Palestine jusqu’à la création de l’État d’Israël en 1948. Une partie de la population non-juive est restée en Israël, et une autre est partie par peur ou ont a déplacée par la force.
Dans le conflit palestino-israélien, il y a eu et il y a toujours une incapacité à reconnaître l’interdépendance des deux voix. La création de l’État d’Israël est l’application d’une idée de juifs et d’Européens qui doit, si elle veut voir s’épanouir ses principes fondateurs dans l’avenir, accepter l’identité palestinienne comme principe tout aussi valide. Il est impossible d’ignorer le développement démographique ; les Palestiniens qui vivent en Israël sont une minorité, mais une minorité qui croît sans cesse, et aujourd’hui plus que jamais il faut écouter leur voix. Ils représentent actuellement environ 22% de la population d’Israël. C’est un pourcentage que n’a jamais atteint aucune minorité juive dans quelque pays et à quelque période historique que ce soit. Le nombre total des Palestiniens qui vivent en Israël et dans les territoires occupés (c’est-à-dire le grand Israël pour les Israéliens et la grande Palestine pour les Palestiniens) dépasse déjà la population juive. Israël a aujourd’hui face à elle trois problèmes à régler : la nature de l’État juif démocratique moderne, sa propre identité, le problème de l’identité palestinienne à l’intérieur d’Israël, et le problème de la création d’un État palestinien hors d’Israël.
Avec la Jordanie et l’Égypte, il a été possible d’arriver à ce qu’on pourrait appeler une paix froide, qui ne remet pas en cause l’existence d’Israël en tant qu’État juif. Par contre, le problème des Palestiniens à l’intérieur d’Israël est beaucoup plus difficile à résoudre, en théorie comme en pratique.
Pour Israël, cela signifie, entre autres, reconnaître que son territoire n’était pas vide, qu’il n’était pas « un territoire inhabité », comme on l’a déclaré au moment de sa création. Pour les Palestiniens, cela signifie reconnaître Israël comme État juif et se faire à l’idée qu’il ne disparaîtra pas. Mais les Israéliens doivent accepter l’intégration de la minorité palestinienne même si cela doit conduire à changer certains aspects de la nature de l’État, ils doivent aussi accepter la juste revendication et la nécessité que représente la création d’un État palestinien qui sera leur voisin. Non seulement il n’y a pas d’autre solution, on ne peut pas faire disparaître les Palestiniens d’un coup de baguette magique, mais leur intégration est une condition indispensable –moralement, socialement et politiquement- à la propre survie d’Israël. Plus on prolonge l’occupation et on reste sourd à la frustration palestinienne, plus il devient difficile de trouver des points de convergence, même les plus infimes. Dans l’histoire moderne du Moyen Orient, nous avons vu trop souvent à quel point les chances de réconciliation qu’on a laissé passer ont eu des conséquences terriblement négatives pour les deux parties. Pour ma part, lorsque le passeport palestinien m’a été offert, je l’ai accepté comme signe de reconnaissance du futur palestinien que je partage, moi, en tant qu’Israélien. Un authentique citoyen d’Israël doit tendre la main aux Palestiniens et, au moins, essayer de comprendre ce que la création de l’État d’Israël a signifié pour eux. Le 15 mai 1948, c’est la date de l’indépendance pour les juifs, mais ce même jour représente Al Nakba, la catastrophe, pour les Palestiniens. Un authentique citoyen d’Israël doit se demander ce qu’ont fait les juifs, reconnus comme un peuple intelligent, érudit et cultivé, pour partager leur héritage culturel avec les Palestiniens. De la même façon, un authentique citoyen d’Israël doit se demander pourquoi les Palestiniens sont condamnés à vivre dans les quartiers les plus pauvres et accepter des services d’éducation et de santé désastreux, sans que les forces d’occupation ne leur fournissent des conditions de vie décentes, dignes et acceptables, ce qui est le droit tout être humain.
Lorsqu’un territoire est occupé, les occupants sont responsables de la qualité de la vie des occupés, et en ce qui concerne les Palestiniens, les gouvernements israéliens qui se sont succédés ces 40 dernières années ont lamentablement manqué à leurs devoirs sur ce point. Les Palestiniens, naturellement, doivent poursuivre leur résistance à l’occupation et à toute entreprise visant à leur refuser la satisfaction de leurs besoins individuels élémentaires ainsi que la création de leur État  Cependant, dans leur propre intérêt, cette résistance ne doit pas se manifester par la violence. Franchir la limite qui sépare la résistance déterminée (y compris par des manifestations et des protestations non-violentes) de la violence ne produit que de nouvelles victimes innocentes et, à long terme, ne sert pas les intérêts du peuple palestinien. Dans le même temps, les citoyens d’Israël ont autant intérêt à veiller à la satisfaction des besoins et à la défense les droits des Palestiniens (à l’intérieur comme hors d’Israël) que des leurs. En fin de compte, dans la mesure où nous partageons une même terre et un même destin, nous devrions tous avoir une double citoyenneté.



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