Ana María Shua (Argentine)

Octavio, el invasor
Estaba preparado para la violencia aterradora de la luz y del sonido, pero no para la presión, la brutal presión de la atmósfera sumada a la gravedad terrestre, ejerciéndose sobre ese cuerpo tan distinto del suyo, cuyas reacciones no había aprendido todavía a controlar. Un cuerpo desconocido en un mundo desconocido. Ahora, cuando después del dolor y de la angustia del pasaje, esperaba encontrar alguna forma de alivio, todo el horror de la situación se le hacía presente. Sólo las penosas sensaciones de la transmigración podían compararse a lo que acababa de pasar, pero después de aquella experiencia había tenido unos meses de descanso, casi podría decirse de convalecencia, en una oscuridad cálida adonde los sonidos y la luz llegan muy amortiguados y el líquido en el que flotaba atenuaba la gravedad del planeta.
Sintió frío, sintió un malestar profundo, se sintió transportado de un lado a otro, sintió que su cuerpo necesitaba desesperadamente oxígeno, pero ¿cómo y dónde obtenerlo? Un alarido se le escapó de la boca, y supo que algo se expandía en su interior, un ingenioso mecanismo automático que le permitiría utilizar el oxígeno del aire para sobrevivir.
- Varón - dijo la partera -. Un varoncito sano y hermoso, señora.
- ¿Cómo lo va a llamar? - dijo el obstetra.
- Octavio - contestó la mujer, agotada por el esfuerzo y colmada de esa pura felicidad física que sólo puede proporcionar la interrupción brusca del dolor.
Octavio descubrió, como una circunstancia más del horror en el que se encontraba inmerso, que era incapaz de organizar en percepción sus sensaciones: debía haber voces humanas, pero no podía distinguirlas en la masa indiferenciada de sonidos que lo asfixiaba, otra vez se sintió transportado, algo o alguien lo tocaba y movía partes de su cuerpo, la luz lo dañaba. De pronto lo alzaron por el aire para depositarlo sobre algo tibio y blando. Dejó de aullar: desde el interior de ese lugar cálido provenía, amortiguado, el ritmo acompasado, tranquilizador, que había oído durante su convaleciente espera.
El terror disminuyó. Comenzó a sentirse inexplicablemente seguro, en paz. Allí estaba por fin, formando parte de las avanzadas, en este nuevo intento de invasión que, esta vez, no fracasaría. Tenía el deber de sentirse orgulloso, pero el cansancio luchó contra el orgullo hasta vencerlo: sobre el pecho de la hembra terrestre que creía ser su madre se quedó, por primera vez en este mundo, profundamente dormido.
Despertó un tiempo después. Se sentía más lúcido y comprendía que ninguna preparación previa podría haber sido suficiente para responder coherentemente a las brutales exigencias de ese cuerpo que habitaba y que sólo ahora, a partir del nacimiento, se imponían en toda su crudeza. Era Iógico que la transmigración no se hubiera intentado en especímenes adultos: el brusco cambio de conducta, la repentina torpeza en el manejo de su cuerpo, hubieran sido inmediatamente detectados por el enemigo.
Octavio había aprendido, antes de partir, el idioma que se hablaba en esa zona de la Tierra. O, al menos, sus principales rasgos. Porque recién ahora se daba cuenta de la diferencia entre la adquisición de una lengua en abstracto y su integración con los hechos biológicos y culturales en los que esa lengua se había constituido. La palabra «cabeza», por ejemplo, había comenzado a cobrar su verdadero sentido (o, al menos, uno de ellos), cuando la fuerza gigantesca que lo empujara hacia adelante lo había obligado a utilizar esa parte de su cuerpo, que latía aún dolorosamente, como ariete
para abrirse paso por un conducto demasiado estrecho.
Recordó que otros como él habían sido destinados a las mismas coordenadas témporoespaciales. Se preguntó si algunos de sus poderes habrían sobrevivido a la transmigración y si serían capaces de utilizarlos. Consiguió enviar algunas débiles ondas telepáticas que obtuvieron respuesta inmediata: eran nueve y estaban allí, muy cerca de él y, como él, llenos de miedo, de dolor y de pena. Sería necesario esperar antes de empezar a organizarse para proseguir con sus planes. Su cuerpo volvió a agitarse y a temblar incontroladamente y Octavio lanzó un largo aullido al que sus compañeros respondieron: así, en ese lugar desconocido y terrible, lloraron juntos la nostalgia del planeta natal.
Dos enfermeras entraron en la nursery.
- Qué cosa - dijo la más joven. - Se larga a llorar uno y parece que los otros se contagian, en seguida se arma el coro.
- Vamos, apurate que hay que bañarlos a todos y llevarlos a las habitaciones - dijo la otra, que consideraba su trabajo monótono y mal pagado y estaba harta de oír siempre los mismos comentarios.
Fue la más joven de las enfermeras la que llevó a Octavio, limpio y cambiado, hasta la habitación donde lo esperaba su madre.
- Toc toc, ¡buenos días, mamita! - dijo la enfermera, que era naturalmente simpática y cariñosa y sabía hacer valer sus cualidades a la hora de ganarse la propina.
Aunque sus sensaciones seguían constituyendo una masa informe y caótica, Octavio ya era capaz de reconocer aquéllas que se repetían y supo, entonces, que la mujer lo recibía en sus brazos. Pudo, incluso, desglosar el sonido de su voz de los demás ruidos ambientales. De acuerdo a sus instrucciones, Octavio debía lograr que se lo alimentara artificialmente: era preferible reducir a su mínima expresión el contacto físico con el enemigo.
- Miralo al muy vagoneta, no se quiere prender al pecho.
- Acordate que con Ale al principio pasó lo mismo, hay que tener paciencia. Avisá a la nursery que te lo dejen en la pieza. Si no, te lo llenan de suero glucosado y cuando lo traen ya no tiene hambre - dijo la abuela de Octavio.
En el sanatorio no aprobaban la práctica del rooming-in, que consistía en permitir que los bebés permanecieran con sus madres en lugar de ser remitidos a la nursery después de cada mamada. Hubo un pequeño forcejeo con la jefa de nurses hasta que se comprobó que existía la autorización expresa del pediatra.
Octavio no estaba todavía en condiciones de enterarse de estos detalles y sólo supo que lo mantenían ahora muy lejos de sus compañeros, de los que le llegaba a veces, alguna remota vibración. Cuando la dolorosa sensación que provenía del interior de su cuerpo se hizo intolerable, Octavio comenzó a gritar otra vez. Fue alzado por el aire hasta ese lugar cálido y mullido del que, a pesar de sus instrucciones, odiaba separarse. Y cuando algo le acarició la mejilla, no pudo evitar que su cabeza girara y sus labios se entreabrieran, desesperado, empezó a buscar frenéticamente alivio para la sensación quemante que le desgarraba las entrañas. Antes de darse cuenta de lo que hacía Octavio estaba succionando con avidez el pezón de su «madre».
Odiándose a sí mismo, comprendió que toda su voluntad no lograría desprenderlo de la fuente de alivio, el cuerpo mismo de un ser humano. Las palabras «dulce» y «tibio» que, aprendidas en relación con los órganos que en su mundo organizaban la experiencia, le habían parecido términos simbólicos, se llenaban ahora de significado concreto. Tratando de persuadirse de que esa pequeña concesión en nada afectaría su misión, Octavio volvió a quedarse dormido.
Unos días después Octavio había logrado, mediante una penosa ejercitación, permanecer despierto algunas horas. Ya podía levantar la cabeza y enfocar durante algunos segundos la mirada, aunque los movimientos de sus apéndices eran todavía totalmente incoordinados. Mamaba regularmente cada tres horas. Reconocía las voces humanas y distinguía las palabras, aunque estaba lejos de haber aprehendido suficientes elementos de la cultura en la que estaba inmerso como para llegar a una comprensión cabal. Esperaba ansiosamente el momento en que sería capaz de una comunicación racional con esa raza inferior a la que debía informar de sus planes de dominio, hacerles sentir su poder.
Fue entonces cuando recibió el primer ataque. Lo esperaba. Ya había intentado comunicarse telepáticamente con él, sin obtener respuesta. Aparentemente el traidor había perdido parte de sus poderes o se negaba a utilizarlos. Como una descarga eléctrica, había sentido el contacto con esa masa roja de odio en movimiento. Lo llamaban Ale y también Alejandro, chiquito, nene, tesoro.
Había formado parte de una de las tantas invasiones que fracasaron, hacía ya dos años, perdiéndose todo contacto con los que intervinieron en ella. Ale era un traidor a su mundo y a su causa: era lógico prever que trataría de librarse de él por cualquier medio.
Mientras la mujer estaba en el baño, Ale se apoyó en el moisés con toda la fuerza de su cuerpecito hasta volcarlo. Octavio fue despedido por el aire y golpeó con fuerza contra el piso, aullando de dolor. La mujer corrió hacia la habitación, gritando. Ale miraba espantado los magros resultados de su acción, que podía tener, en cambio, terribles consecuencias para su propia persona. Sin hacer caso dé él, la mujer alzó a Octavio y lo apretó suavemente contra su pecho, canturreando para calmarlo. Avergonzándose de sí mismo, Octavio respiró el olor de la mujer y lloró y lloró hasta lograr que le pusieran el pezón en la boca. Aunque no tenía hambre, mamó con ganas mientras el dolor desaparecía poco a poco.
Para no volverse loco, Octavio trató de pensar en el momento en el que por fin llegaría a dominar la palabra, la palabra liberadora, el lenguaje que, fingiendo comunicarlo, serviría en cambio para establecer la necesaria distancia entre su cuerpo y ese otro en cuyo calor se complacía.
Frustrado en su intento de agresión directa y estrechamente vigilado por la mujer, el traidor tuvo que contentarse con expresar su hostilidad en forma más disimulada, con besos que se transformaban en mordiscos y caricias en las que se hacían sentir las uñas. Sus abrazos le produjeron en dos oportunidades un principio de asfixia. La segunda vez volvió a rescatarlo la intervención de la mujer: Alejandro se había acostado sobre él y con su pecho le aplastaba la boca y la nariz, impidiendo el paso
del aire.
De algún modo, Octavio logró sobrevivir. Había aprendido mucho. Cuando entendió que se esperaba de él una respuesta a ciertos gestos, empezó a devolver las sonrisas, estirando la boca en una mueca vacía que los humanos festejaban como si estuviera colmada de sentido. La mujer lo sacaba a pasear en el cochecito y él levantaba la cabeza todo lo posible, apoyándose en los antebrazos, para observar el movimiento de las calles.
Algo en su mirada debía llamar la atención, porque la gente se detenía para mirarlo y hacer comentarios.
- ¡Qué divino! - decían casi todos, y la palabra «divino», que hacía referencia a una fuerza desconocida y suprema, le parecía a Octavio peligrosamente reveladora: tal vez se estuviera descuidando en la ocultación de sus poderes.
- ¡Qué divino! - Insistía la gente.
- ¡Cómo levanta la cabecita! - Y cuando Octavio sonreía, añadían complacidos. -¡Éste sí que no tiene problemas!-
Octavio conocía ya las costumbres de la casa y la repetición de ciertos hábitos le daba una sensación de seguridad. Los ruidos violentos, en cambio, volvían a sumirlo en un terror descontrolado, retrotrayéndolo al dolor de la transmigración.
Relegando sus intenciones ascéticas, Octavio no temía ya a entregarse a los placeres animales que le proponía su nuevo cuerpo. Le gustaba que lo introdujeran en agua tibia, que lo cambiaran, dejando al aire las zonas de su piel escaldadas por la orina, le gustaba más que nada el contacto con la piel de la mujer.
Poco a poco se hacía dueño de sus movimientos. Pero a pesar de sus esfuerzos por mantenerla viva, la feroz energía destructiva con la que había llegado a este mundo iba atenuándose junto con los recuerdos del planeta de origen. Octavio se preguntaba si subsistían en toda su fuerza los poderes con que debía iniciar la conquista y que todavía no había llegado el momento de probar. Ale, era evidente, ya no los tenía: desde allí, y a causa de su traición, debían haberlo despojado de ellos.
En varias oportunidades se encontró por la calle con otros invasores y se alegró de comprobar que aún eran capaces de responder a sus ondas telepáticas. No siempre, sin embargo, obtenía contestación, y una tarde de sol se encontró con un bebé de mayor tamaño, de sexo femenino, que rechazó con fuerza su aproximación mental.
En la casa había también un hombre, pero afortunadamente Octavio no se sentía físicamente atraído hacia él, como le sucedía con la mujer. El hombre permanecía menos tiempo en la casa y aunque lo sostenía frecuentemente en sus brazos, Octavio percibía un halo de hostilidad que emanaba de él y que por momentos se le hacía intolerable. Entonces lloraba con fuerza hasta que la mujer iba a buscarlo, enojada.
- ¡Cómo puede ser que a esta altura todavía no sepas tener a un bebé en brazos!
Un día, cuándo Octavio ya había logrado darse vuelta boca arriba a voluntad y asir algunos objetos con las manos torpemente, él y el hombre quedaron solos en la casa por primera vez, el hombre quiso cambiarlo, y Octavio consiguió emitir en el momento preciso un chorro de orina que mojó la cara de su padre.
El hombre trabajaba en una especie de depósito donde se almacenaban en grandes cantidades los papeles que los humanos utilizaban como medio de intercambio. Octavio comprobó que estos papeles eran también motivo de discusión entre el hombre y la mujer y, sin saber muy bien de qué se trataba, tomó el partido de ella. Ya había decidido que, cuando se completaran los Planes de invasión, la mujer, que tanto y tan estrechamente había colaborado con el invasor, merecería gozar de algún tipo de privilegio. No habría, en cambio, perdón para los traidores. A Octavio comenzaba a molestarle que la mujer alzara en brazos o alimentara a Alejandro y hubiera querido prevenirla contra él: un traidor es siempre peligroso, aun para el enemigo que lo ha aceptado entre sus huestes.
El pediatra estaba muy satisfecho con los progresos de Octavio, que había engordado y crecido razonablemente y ya podía permanecer unos segundos sentado sin apoyo.
- ¿Viste qué mirada tiene? A veces me parece que entiende todo - decía la mujer, que tenía mucha confianza con el médico y lo tuteaba.
- Estos bichos entienden más de lo que uno se imagina - contestaba el doctor, riendo. Y Octavio devolvía una sonrisa que ya no era sólo una mueca vacía.
Mamá destetó a Octavio a los siete meses y medio. Aunque ya tenía dos dientes y podía mascullar unas pocas sílabas sin sentido para los demás, Octavio seguía usando cada vez con más oportunidad y precisión su recurso preferido: el llanto. El destete no fue fácil porque el bebé parecía rechazar la comida sólida y no mostraba entusiasmo por el biberón. Octavio sabía que debía sentirse satisfecho de que un objeto de metal cargado de comida o una tetina de goma se interpusieran entre su cuerpo y el de la mujer, pero no encontraba en su interior ninguna fuente de alegría.
Ahora podía permanecer mucho tiempo sentado y arrastrarse por el piso: pronto llegaría el gran momento en que lograría pronunciar su primera palabra, y se contentaba con soñar en el brusco viraje que se produciría entonces en sus relaciones con los humanos. Sin embargo, sus planes se le aparecían confusos, lejanos, y a veces su vida anterior le resultaba tan difícil de recordar como un sueño.
Aunque la presencia de la mujer no le era ahora imprescindible, ya que su alimentación no dependía de ella, su ausencia se le hacía cada vez más intolerable. Verla desaparecer detrás de una puerta sin saber cuándo volvería, le provocaba un dolor casi físico que se expresaba en gritos agudos. A veces ella jugaba a las escondidas, tapándose la cara con un trapo y gritando, absurdamente: «¡No tá mamá, no tá!». Se destapaba después y volvía a gritar: «¡Acá tá mamá!». Octavio disimulaba con risas la angustia que le provocaba la desaparición de ese rostro que sabía, sin embargo, tan próximo.
Inesperadamente, al mismo tiempo que adquiría mayor dominio sobre su cuerpo, Octavio comenzó a padecer una secuela psíquica del Gran Viaje: los rostros humanos desconocidos lo asustaban. Trató de racionalizar su terror diciéndose que cada persona nueva que veía podía ser un enemigo al tanto de sus planes.
Ese temor a los desconocidos produjo un cambio en sus relaciones con su familia terrestre. Ya no sentía la vieja y tranquilizadora mezcla de odio y desprecio por el Traidor, que a su vez parecía percibir la diferencia y lo besaba o lo acariciaba a veces sin utilizar sus muestras de cariño para un ataque. Octavio no quería confesarse hasta qué punto lo comprendía ahora, qué próximo se sentía a él. Cuando la mujer, que había empezado a trabajar fuera de la casa, salía por algunas horas dejándolos al cuidado de otra persona, Ale y Octavio se sentían extrañamente solidarios en su pena.
Octavio había llegado al extremo de aceptar con placer que el hombre lo tuviera en sus brazos, pronunciando extraños sonidos que no pertenecían a ningún idioma terrestre, como si buscara algún lenguaje que pudiera aproximarlos
Y por fin, llegó la palabra.
La primera palabra, la utilizó con éxito para llamar a su lado a la mujer que estaba en la cocina, Octavio había dicho «Mamá» y ya era para entonces completamente humano, una vez más, la milenaria, la infinita invasión, había fracasado.
Octavio, l’envahisseur
Il s’était préparé à la violence terrifiante de la lumière et du bruit, mais non à la pression, la brutale pression de l’atmosphère qui s’ajoutait à l’attraction terrestre s’exerçant sur ce corps tellement différent du sien, et dont il n’avait pas encore appris à contrôler les réactions. Un corps inconnu dans un monde inconnu. Maintenant, après la douleur et l’angoisse du passage, quand il espérait trouver une forme quelconque de soulagement, toute l’horreur de la situation lui apparaissait. Seules les pénibles sensations de la transmigration pouvaient se comparer à ce qui venait de se passer, mais après cette expérience-là au moins avait-il eu quelques mois de repos, on pouvait presque parler de convalescence, dans une chaude obscurité où les sons et la lumière étaient très amortis et le liquide dans lequel il flottait atténuait la gravité de la planète.
Il eut froid, il fut pris d’un malaise profond, il se sentit transporté d’un côté à l’autre, il sentit que son corps avait désespérément besoin d’oxygène, mais comment et où l’obtenir ? Un hurlement s’échappa de sa bouche, et il sut que quelque chose se déployait à l’intérieur de lui, un ingénieux mécanisme automatique qui lui permettait d’utiliser l’oxygène de l’air pour survivre.
- C’est un garçon –dit la sage-femme- Un beau petit garçon en pleine forme, madame.
- Comment allez-vous l’appeler ? demanda l’obstétricien.
- Octavio –répondit la femme, épuisée par l’effort et comblée par ce pur bonheur physique que seule peut procurer la brusque interruption de la douleur.
Octavio découvrit, comme une composante supplémentaire de l’horreur dans laquelle il se trouvait plongé, qu’il était incapable d’organiser en perception ses sensations : il devait y avoir des voix humaines, mais il ne pouvait les distinguer dans la masse indifférenciée des sons qui l’étourdissait, à nouveau il se sentit transporté, quelque chose ou quelqu’un le touchait et bougeait des parties de son corps, la lumière lui faisait mal. Soudain on le souleva puis on le déposa sur quelque chose de doux et de tiède. Il cessa de hurler : de l’intérieur de ce lieu chaud provenait, amorti, le rythme régulier, tranquillisant, qu’il avait entendu pendant son attente convalescente.
La terreur diminua. Il commença à se sentir inexplicablement en sécurité, en paix. Il était enfin là, à l’avant-garde de cette nouvelle tentative d’invasion qui, cette fois, n’échouerait pas. Il devait en être fier, mais la fatigue l’emporta sur la fierté: sur la poitrine de la femelle terrestre qui croyait être sa mère il resta, pour la première fois en ce monde, profondément endormi.
Il se réveilla peu de temps après. Il se sentit plus lucide et comprit qu’aucune préparation préalable n’aurait pu lui permettre de réagir de façon cohérente aux brutales exigences de ce corps qu’il habitait et qui maintenant, à partir de la naissance seulement, s’imposait dans toute sa crudité. Il comprenait pourquoi la transmigration n’avait pas été tentée sur des spécimens adultes : le brusque changement d’attitude, la soudaine maladresse dans le maniement de son corps eussent immédiatement été détectés par l’ennemi.
Avant de partir, Octavio avait appris la langue utilisée dans cette partie de la Terre. Ou du moins ses grands traits. Parce qu’il venait juste de se rendre compte de la différence entre l’acquisition abstraite d’une langue et sa relation avec les faits biologiques et culturels dans lesquels cette langue s’était constituée. Le mot « tête », par exemple, avait commencé à prendre son véritable sens (l’un d’eux, du moins), quand la force gigantesque qui l’avait poussé vers l’avant l’avait obligé à utiliser cette partie de son corps qui battait encore douloureusement comme bélier pour se frayer un passage dans un conduit trop étroit.
Il se souvint que d’autres comme lui avaient été envoyés vers les mêmes coordonnées spatio-temporelles. Il se demanda si quelques-uns de ses pouvoirs avaient bien pu survivre à la transmutation et s’il serait capable de les utiliser. Il réussit à envoyer quelques faibles ondes télépathiques qui obtinrent une réponse immédiate : ils étaient neuf et ils étaient là, très près, comme lui pleins de peur, de douleur et de peine. Il leur faudrait attendre avant de commencer à s’organiser et mener à bien leurs plans. Son corps recommença à s’agiter et à trembler de manière incontrôlable et Octavio lança un long hurlement auquel répondirent ses compagnons : ainsi, dans ce lieu inconnu et terrible, s’éleva en chœur un pleur de nostalgie à leur planète natale.
Deux infirmières entrèrent dans la nursery.
‑C’est tout de même bizarre –dit la plus jeune. –Il y en a un qui commence à pleurer et on dirait une contagion, les autres suivent.
‑Allez, dépêche toi, il faut tous les baigner et les emmener dans les chambres –dit l’autre, qui considérait que son travail était monotone et mal payé et en avait assez d’entendre toujours les mêmes commentaires.
Ce fut la plus jeune des infirmières qui emmena Octavio, lavé et changé, jusqu’à la chambre où l’attendait sa mère.
‑Toc toc, bonjour, ma petite maman ! –dit l’infirmière qui était d’un naturel sympathique et tendre et savait faire valoir ses qualités quand l’occasion d’obtenir un pourboire se présentait.
Bien que ses sensations fussent toujours une masse informe et chaotique, Octavio était déjà capable de reconnaître celles qui se répétaient et il sut alors que la femme le prenait dans ses bras. Il put même distinguer sa voix des autres bruits qu’il entendait. Selon ses instructions, Octavio devait faire en sorte qu’on le nourrît artificiellement, il était préférable de réduire au maximum le contact physique avec l’ennemi.
‑Regarde un peu comme il est paresseux, il ne veut pas prendre le sein.
‑Rappelle-toi, avec Ale au début c’était la même chose, il faut être patiente. Demande à la nursery qu’on le laisse dans ta chambre. Sinon, on le gave de sérum de glucose et quand on te l’amène il n’a plus faim –dit la grand-mère d’Octavio.
Dans la maternité on n’approuvait pas la pratique du rooming-in, on n’aimait pas laisser les bébés avec leur mère après la tétée, on préférait les ramener à la nursery. Il y eut quelques tiraillements avec l’infirmière en chef jusqu’à ce qu’elle eût vérifié qu’il y avait bien une autorisation expresse du pédiatre.
Octavio n’était pas encore en état de comprendre ces détails et il sut seulement qu’on le gardait maintenant très loin de ses compagnons, dont lui parvenait quelquefois une rare vibration ténue. Quand la douloureuse sensation qui provenait de l’intérieur de son corps devint intolérable, Octavio recommença à crier. Il fut hissé jusqu’à cet endroit chaud et moelleux duquel, malgré ses instructions, il détestait être séparé. Et quand quelque chose lui caressa la joue, il ne put éviter de tourner la tête et d’entrouvrir les lèvres, et désespérément, il commença à chercher un soulagement à la sensation brûlante qui lui déchirait les entrailles. Avant de se rendre compte de ce qu’il faisait, Octavio suçait avec avidité le mamelon de sa « mère ».
Se détestant lui-même, il comprit que toute sa volonté ne parviendrait pas à le détacher de ce qui l’apaisait, le corps même d’un être humain. Les mots « doux » et « tiède » qui, appris dans son monde au cours des expériences de sa préparation, lui avaient paru symboliques, prenaient maintenant leur sens concret. Tentant de se persuader que cette petite concession n’affecterait en rien sa mission, Octavio se rendormit.
Quelques jours plus tard Octavio était parvenu, au moyen d’un pénible entraînement, à rester éveillé quelques heures. Il pouvait déjà lever la tête et fixer pendant quelques secondes son regard, mais les mouvements de ses appendices manquaient encore totalement de coordination. Il tétait régulièrement toutes les trois heures. Il reconnaissait les voix humaines et distinguait les mots bien qu’il fut loin d’avoir appréhendé assez d’éléments de la culture dans laquelle il était plongé pour arriver à une compréhension claire. Il attendait avec anxiété le moment où il serait capable d’avoir une communication rationnelle avec cette race inférieure qu’il devait informer de ses plans de domination, lui faire sentir son pouvoir.
Il fut alors l’objet de la première attaque. Il s’y attendait. Il avait déjà essayé de communiquer par télépathie avec lui, sans obtenir de réponse. Apparemment, le traître avait perdu une partie de ses pouvoirs ou refusait de les utiliser. Comme une décharge électrique, il avait senti le contact avec cette masse rouge de haine en mouvement. Ils l’appelaient Ale et aussi Alejandro, mon petit, mon bébé, mon trésor.
Il avait fait partie de l’une des innombrables invasions qui avaient échoué, il y avait déjà deux ans de cela, et tout contact avec les participants avait été perdu. Ale avait trahi son monde et sa cause : il fallait s’attendre à ce qu’il tentât de se débarrasser de lui par n’importe quel moyen.
Pendant que la femme était aux toilettes, Ale s’appuya sur le berceau avec toute la force de son petit corps jusqu’à ce qu’il parvint à le renverser. Octavio fut projeté en l’air, retomba et heurta le sol avec force, hurlant de douleur. La femme courut jusqu’à la chambre en criant. Ale regardait effrayé les maigres résultats de son action qui pouvait avoir, par contre, de terribles conséquences pour sa propre personne. Sans s’occuper de lui, la femme souleva Octavio et le serra doucement contre sa poitrine, en chantonnant pour le calmer. Honteux contre lui-même, Octavio respira l’odeur de la femme, il pleura et pleura encore jusqu’à ce qu’il obtienne qu’on lui plaça le mamelon dans la bouche. Bien qu’il n’eût pas faim, il téta avec plaisir tandis que la douleur disparaissait peu à peu.
Pour ne pas devenir fou, Octavio essaya de penser au moment où il maîtriserait la parole, la parole libératrice, le langage qui, feignant d’exprimer, servirait en réalité à établir la distance nécessaire entre son corps et cet autre dans la chaleur duquel il se complaisait.
Frustré dans sa tentative d’agression directe et étroitement surveillé par la femme, le traître dut se contenter d’exprimer son hostilité de manière plus dissimulée, par des baisers qui se transformaient en morsures et des caresses dans lesquelles il faisait sentir ses ongles. Ses embrassades lui produisirent en deux occasions un début d’asphyxie. La seconde fois ce fut à nouveau l’intervention de la femme qui le sauva. Alejandro s’était couché sur lui et avec la poitrine il lui écrasait la bouche et le nez, empêchant le passage de l’air.
Toujours est-il qu’Octavio parvint à survivre. Il avait beaucoup appris. Quand il comprit qu’on attendait de
lui une réponse à certains gestes, il commença à rendre les sourires, étirant la bouche en une grimace que les humains applaudissaient comme si elle eût été pleine de sens. La femme le sortait se promener dans la poussette et il levait la tête autant qu’il le pouvait, s’appuyant sur ses avant-bras, pour observer le mouvement des rues.
Quelque chose dans son regard devait attirer l’attention, parce que les gens s’arrêtaient pour l’observer et faire des commentaires.
‑Il est divin ! –disaient-ils presque tous, et le mot « divin », qui faisait référence à une force inconnue et suprême semblait à Octavio dangereusement révélateur : il ne cachait peut-être pas assez soigneusement ses pouvoirs.
‑Il est divin ! –insistaient les gens.
‑Comme il lève sa petite tête ! –et quand Octavio souriait, ils ajoutaient ravis –Lui au moins n’a pas de problèmes !-
Octavio connaissait déjà les habitudes de la maison et la répétition de certains événements lui apportaient une sensation de sécurité. Les bruits violents, en revanche, le plongeaient à nouveau dans une terreur incontrôlée, le ramenant à la douleur de la transmigration.
Oubliant volontairement ses intentions ascétiques, Octavio ne craignait plus de s’adonner aux plaisirs organiques que lui proposait son nouveau corps. Il aimait qu’on le plongeât dans de l’eau tiède, qu’on le changeât, laissant à l’air les zones de sa peau brûlées par l’urine, il aimait plus que tout le contact avec la peau de la femme.
Il devenait peu à peu maître de ses mouvements. Mais malgré ses efforts pour la maintenir vivante, la féroce énergie destructrice avec laquelle il était arrivé dans ce monde s’atténuait peu à peu, ainsi que les souvenirs de sa planète d’origine. Octavio se demandait si les pouvoirs qui devaient lui permettre de commencer la conquête et qu’il n’était pas encore temps d’utiliser avaient conservé toutes leurs forces. Ale, à l’évidence, ne les avait plus : depuis là-bas, et à cause de sa trahison, on devait l’en avoir privé.
Il eut l’occasion à plusieurs reprises de croiser dans la rue d’autres envahisseurs et il se réjouit de voir qu’ils étaient encore capables de répondre à ses ondes télépathiques. Cependant, il n’obtenait pas toujours de réponse, et un après-midi ensoleillé il se trouva avec un bébé d’une taille supérieure, de sexe féminin, qui rejeta avec force son approche mentale.
Dans la maison, il y avait aussi un homme, mais par chance, Octavio ne se sentait pas physiquement attiré vers lui, comme cela se passait avec la femme. L’homme restait moins longtemps à la maison, et bien qu’il le prît fréquemment dans ses bras, Octavio percevait une aura d’hostilité qui émanait de lui et qui lui était par moments intolérable. Alors il pleurait avec force jusqu’à ce que la femme vienne le chercher, en colère.
‑Comment se peut-il que depuis le temps tu ne saches pas tenir un bébé dans les bras !
Un jour, alors qu’Octavio était déjà parvenu à se retourner sur le dos tout seul et à saisir maladroitement quelques objets avec ses mains, lui et l’homme restèrent seuls à la maison pour la première fois, l’homme voulut le changer, et Octavio réussit à projeter à ce moment-là un jet d’urine qui arrosa le visage de son père.
L’homme travaillait dans une espèce d’entrepôt où l’on stockait en grandes quantités les papiers que les humains utilisent comme moyen d’échange. Octavio se rendit compte que ces papiers étaient aussi la cause de disputes entre l’homme et la femme, et sans savoir très bien de quoi il s’agissait, il prit le parti de celle-ci. Il avait déjà décidé que, lorsque les Plans d’invasion auraient réussi, la femme, qui avait si étroitement collaboré avec l’envahisseur, mériterait de bénéficier d’un privilège quelconque. Il n’y aurait, en revanche, aucune pitié pour les traîtres. Octavio commençait à être agacé que la femme prît Alejandro dans ses bras ou qu’elle lui donna à manger et il aurait voulu la mettre en garde contre lui : un traître est toujours dangereux, même pour l’ennemi qui l’a accepté dans ses rangs.
Le pédiatre était très satisfait des progrès d’Octavio, qui avait grossi et grandi raisonnablement et pouvait déjà rester assis quelques secondes sans appui
‑Tu as vu son regard ? Quelquefois, j’ai l’impression qu’il comprend tout –disait la femme, qui connaissait bien le médecin et le tutoyait.
‑Ces bestioles en comprennent plus qu’on ne l’imagine –répondit le docteur en riant. Et Octavio rendait un sourire qui n’était plus seulement une grimace vide.
Maman sevra Octavio à sept mois et demi. Bien qu’il eût déjà deux dents et pût marmonner quelques syllabes sans aucun sens pour les autres, Octavio continuait d’utiliser chaque fois de manière plus opportune et précise son moyen préféré : les pleurs. Le sevrage ne fut pas facile parce que le bébé semblait rejeter la nourriture solide et ne montrait pas d’enthousiasme pour le biberon. Octavio savait qu’il devait se sentir satisfait qu’un objet de métal plein de nourriture ou une tétine de caoutchouc s’interposât entre son corps et celui de la femme, mais il ne trouvait en lui aucune source de joie.
Maintenant il pouvait rester très longtemps assis et se traîner sur le sol : le grand moment où il parviendrait à prononcer son premier mot arriverait bientôt, et il rêvait avec plaisir du brusque revirement qui se produirait alors dans ses relations avec les humains. Cependant, ses plans lui apparaissaient confus, lointains, et quelquefois il lui était aussi difficile de se souvenir de sa vie antérieure que d’un rêve.
Bien que la présence de la femme ne lui fût plus désormais indispensable, puisque son alimentation ne dépendait pas d’elle, son absence lui était toujours plus intolérable. La voir disparaître derrière une porte sans savoir quand elle reviendrait provoquait chez lui une douleur presque physique qui s’exprimait en cris aigus. Quelquefois elle jouait à cache-cache, se couvrant le visage d’un chiffon et criant de manière absurde : « Pas là maman ! ». Elle se découvrait ensuite et criait à nouveau : « Elle est là maman ! ». Octavio dissimulait avec des rires l’angoisse que lui provoquait la disparition de ce visage qu’il savait pourtant si proche.
Curieusement, alors même qu’il maîtrisait mieux son corps, Octavio commença à souffrir d’une séquelle psychique du Grand Voyage : les visages humains inconnus l’effrayaient. Il essaya de rationaliser sa terreur en se disant que chaque personne nouvelle qu’il voyait pouvait être un ennemi au courant de ses plans.
Cette crainte des inconnus produisit un changement dans les relations avec sa famille terrestre. Il ne ressentait plus l’ancien mélange tranquillisant de haine et de mépris pour le Traître, qui à son tour semblait percevoir la différence et l’embrassait ou le caressait quelquefois sans se servir de ses démonstrations de tendresse pour l’attaquer. Octavio ne voulait pas s’avouer jusqu’à quel point il le comprenait maintenant, combien il se sentait proche de lui. Quand la femme, qui avait commencé à travailler au dehors partait pour quelques heures en les laissant sous la garde d’une autre personne, Ale et Octavio se sentaient étrangement solidaires dans leur peine.
Octavio en était arrivé au point d’accepter avec plaisir que l’homme le prît dans ses bras, prononçant d’étranges sons qui n’appartenaient à aucune langue terrestre, comme s’il eût cherché un quelconque langage qui eût pu les rapprocher.
Et enfin, la parole arriva.
Le premier mot, il l’utilisa avec succès pour appeler à ses côtés la femme qui était dans la cuisine, Octavio avait dit « Maman », il était alors déjà complètement humain, et une fois de plus, la millénaire, l’interminable invasion avait échoué.