MARÍA EUGENIA RODRÍGUEZ (1979) es una autora argentino-española. Licenciada en Periodismo, por la Universidad del Salvador (USAL), Facultad de Ciencias de la Educación y de la Comunicación Social (2003) y Analista en Medios de Comunicación, USAL (2000), trabaja en la Redacción del diario La Nueva Provincia, de Bahía Blanca (Argentina).
MARÍA EUGENIA RODRÍGUEZ (1979) est Argentine et Espagnole. Diplômée en journalisme par l’Université de El Salvador (USAL), Faculté des Sciences de l’Éducation et de Communication Sociale (2003) et analyste des médias, USAL (2000), elle travaille à la rédaction du quotidien de Bahía Blanca (Argentine) "La Nueva Provincia".
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Rodillas
A Viviana le picaban las rodillas. Tenía una especie de sarpullido y fantaseaba con encontrar una especie de lija o algo con qué rascarse. Por supuesto, en el psiquiátrico no había lijas, así que se conformaba con sus uñas, que eran anchas y cortas.
Sentada en una silla de metal, en ángulo recto y sola en una habitación de paredes blancas que daba a un patio, Viviana se rascaba cada una de sus finas rodillas con la mano del lado que le correspondía. Tenía puesto un pantalón de gimnasia verde claro y un buzo con capucha del mismo color. En silencio, se rascaba rítmica y sistemáticamente.
Estaba en eso cuando entró Fermín, el enfermero. La miró sin interés, dejó un paquete de galletitas rellenas sobre una mesa y se paró al lado de la ventana. Él era alto, moreno, de cara angulosa y nariz larga. Llevaba un ambo celeste con escote en ve. Le sobresalían algunos pelos del pecho, que formaban pequeños rulos. Todavía sin mirarla, le preguntó cómo andaba del sarpullido en las rodillas.
—Me tiene loca —ironizó ella.
—¿Los puntitos rojos te salieron solos o te los provocaste con el rascado?
—A mí me parece que vos estás asumiendo que yo me invento la picazón, que soy hipocondríaca —Viviana hizo una mueca parecida a una sonrisa. Medía 1.70 y era delgada, algo encorvada. Tenía el pelo castaño y ojos marrones, amarillentos. Algunas pecas le salpicaban la nariz, que era mediana y recta.
—¿Querés una galletita?
—Bueno.
—¿Y qué te trajo por acá, Viviana? Sos pendeja y estás bien. Encima, por lo que sé, tenés más plata que la dueña de este instituto. ¿Qué necesidad tuviste de tomarte esas pastillas?
—Te extralimitás en tu relación enfermero-paciente. Igual te voy a contar: no soporto mis rodillas.
—¿Qué tienen de malo tus rodillas?
—Sostienen demasiado. De sólo pensar que van a tener que caminar kilómetros y kilómetros durante décadas con mi cuerpo encima, de sólo pensarlo, me dan ganas de acostarme a dormir.
—¿Y de dónde sacaste que vas a caminar tanto? Si te sobra para comprarte un auto…
—Es una metáfora. ¿Sabés lo que es una metáfora?
—Sí, y no te hagás la sabihonda. Te recuerdo que la que llegó acá por exceso de ansiolíticos fuiste vos.
Viviana bajó la vista y se tanteó la punta de la nariz con una mano. Fue la primera vez que la separó de la rodilla. Inmediatamente después siguió rascándosela.
—Me da miedo seguir viviendo. Ahí tenés.
—Eso es demasiado, no sé, grande. ¿De qué tenés miedo? ¿De fracasar en tu profesión, de que te falte vitamina C?
—Vos sos de los que creen que hay sólo dos tipos de problemas: los de plata y los de salud. El resto son pavadas que se inventa la gente con auto alemán como yo.
—Bueno, sí. Algo de eso hay.
—Pues te comento que hay otras cosas. Yo tengo miedo, Fermín. Y no a la muerte, sino al existir mismo. Algunos le llaman angustia existencialista. Es algo así.
—¿Y cómo es eso? ¿Te levantás y llorás porque tu cuerpo te pide hacer pis, porque tenés hambre, porque necesitás sexo?
—Todavía no entiendo cómo es que te dieron el título de enfermero.
Fermín se separó de la ventana, donde había estado apoyado hasta entonces. Puso una silla frente a Viviana, se sentó y empezó a rascarse las rodillas, también a ritmo parejo y constante y con la mano que le correspondía a cada lado.
—A ver, Viviana, contame qué hiciste hace tres días, cómo fue que te tomaste los ansiolíticos y tu mamá te trajo acá.
—Era sábado y no tenía que ir a la oficina, así que fui al baño, hice pis y pensé: «creo que tengo hambre y necesidad de sexo: evidentemente, tengo un problema existencial».
—No te hagás la boluda. A mí no me pagan por escucharte, lo hago porque quiero, así que contame qué te pasó ese día.
—En determinado momento me acordé que me picaban las rodillas.
—Desarrollá eso, la metáfora, a ver…
Fermín soltó las rodillas y cruzó los brazos. Viviana bajó la voz y también dejó de rascarse. Entrelazó las manos y las puso sobre las piernas, en posición de rezo. Ahí clavó la mirada.
—Me levanté temprano y no tenía nada que hacer. Y me puse a pensar, viste. Pensé que esa noche no tendría con quién salir. Que a la tarde me encontraría con una amiga en un shopping. Que me aburriría: a la tarde, a la noche, el lunes, el martes. Que seguiría aburrida en Navidad. Y el día que me jubilara.
—…
—Entonces me tragué las pastillas, que no fueron tantas, tres o cuatro… Y me tentó la cama, toda deshecha: parecía el paraíso con almohadones.
—Hasta que te encontró tu mamá medio desmayada y te trajo acá.
—Sí.
—Hoy es martes. ¿Estás aburrida?
—Mmmfff…
Viviana se comió otra galletita. De repente, empezó a reírse despacio. Tentada, contrabandeó un par de carcajadas, pero se tapó la boca para que no se le escaparan migas.
—¿Sabés qué, Fermín? Tengo los problemas que vos decís que tengo: ganas de hacer pis, de comer y de tener sexo violento. Con vos.
Fermín se tiró en la silla para atrás.
—Escuchame una cosa —dijo, y estiró la boca para el costado, pícaro—: sos inteligente, profesional, tenés vocabulario. Se nota que has leído. ¿Cómo se te puede ocurrir algo tan obvio, tan cliché como una historia de sexo entre un enfermero y una paciente de un psiquiátrico?
—Por eso me río, porque es típico. Los médicos me dan el alta mañana: creen que lo mío fue un pico de estrés. La verdad es que yo no tengo ganas de explicarle a ellos lo del aburrimiento existencial y lo exagerada que fue mi mamá al traerme acá.
—Ahora el que tiene miedo soy yo…
—Dale, si salimos te prometo que no me vuelvo a rascar las rodillas. Es más, me voy a poner una pollera corta para que puedas ver mis piernas lisitas, sin ningún sarpullido.
Genoux
Les genoux de Viviana la démangeaient. Elle avait une sorte d’éruption cutanée et rêvait à quelque chose
comme du papier de verre, n’importe quoi qui lui servît à se gratter. Bien entendu, il n’y avait pas de papier de verre dans l’hôpital psychiatrique, de sorte qu’elle se contentait de ses ongles, qui étaient larges et courts.
Assise sur une chaise métallique, à angle droit et seule dans une chambre aux murs blancs qui donnait sur une cour, Viviana grattait chacun de ses fins genoux avec la main correspondante. Elle portait un pantalon de survêtement vert clair et un sweat à capuche de la même couleur. En silence, en rythme, systématiquement, elle se grattait.
C’est ce qu’elle faisait lorsque entra Fermín, l’infirmier. Il la regarda sans grand intérêt, posa un paquet de biscuits fourrés sur une table et s’arrêta près de la fenêtre. Il était grand, brun, son visage était anguleux, son nez long. Il portait une blouse médicale bleue ouverte en v sur la poitrine. Quelques poils en dépassaient, formant de petites boucles. Sans encore la regarder, il lui demanda où elle en était avec l’éruption de ses genoux.
- Ça me rend folle –dit-elle avec ironie.
- Les petits boutons rouges sont apparus tout seuls ou c’est toi qui les as provoqués en te grattant ?
- Tu es persuadé, à ce que je vois, que j’invente ma démangeaison, que je suis hypocondriaque –Viviana fit une grimace qui ressemblait à un sourire. Elle mesurait un mètre soixante-dix et elle était maigre, un peu voûtée. Elle avait les cheveux châtains et les yeux marron, tirant sur le jaune. Quelques taches de rousseur parsemaient son nez, moyen et droit.
- Tu veux un petit biscuit ?
- Pourquoi pas.
- Et qu’est-ce qui t’a amenée ici, Viviana ? Tu es une gamine et tu te portes bien. En plus, d’après ce que je sais, tu as encore plus d’argent que la patronne de cette institution. Qu’est-ce que tu avais besoin de prendre ces comprimés ?
- Tu dépasses les limites des relations infirmier-patiente. Ça ne fait rien, je vais te dire : je ne supporte pas mes genoux.
- Qu’est-ce qui ne va pas avec tes genoux ?
- Ils en ont trop à porter. Rien que de penser qu’ils vont devoir marcher des kilomètres et des kilomètres pendant des décennies avec mon corps dessus, rien que d’y penser, j’ai envie de me coucher et de dormir.
- Et d’où sors-tu qu’il va te falloir marcher tellement ? Tu as largement de quoi t’acheter une voiture…
- C’est une métaphore. Tu sais ce que c’est qu’une métaphore ?
- Oui, mademoiselle je-sais-tout. Je te rappelle que celle qui est arrivée ici après une overdose d’anxiolytiques, c’est toi.
Viviana baissa les yeux et posa une main sur le bout de son nez. Ce fut la première fois qu’elle l’ôta du genou. Ensuite, immédiatement, elle se remit à le gratter.
- J’ai peur de continuer à vivre. Voilà.
- Ça c’est trop, comment dire, vaste. De quoi as-tu peur ? D’échouer dans ta vie professionnelle, de manquer de vitamine C ?
- Tu es de ceux qui croient qu’il n’existe que deux types de problèmes : l’argent et la santé. Le reste, ce sont des idioties que s’inventent les gens qui roulent dans des voitures allemandes, comme moi.
- Si tu veux, oui. C’est un peu ça.
- Et bien je peux te dire qu’il existe d’autres choses. J’ai peur, Fermín. Et pas de la mort, mais de l’existence elle-même. Certains appellent ça angoisse existentielle. C’est quelque chose de ce genre.
- Et comment ça se passe ? Tu te lèves et tu pleures parce que ton corps te demande de faire pipi, parce que tu as faim, parce que tu as besoin de sexe ?
- Je n’arrive pas à comprendre comment on a bien pu te donner ton diplôme d’infirmier.
Fermín quitta la fenêtre contre laquelle il était resté appuyé jusqu’alors. Il plaça une chaise face à Viviana, il s’assit et commença à se gratter les genoux, les deux en rythme et sans interruption, chacun avec la main correspondante.
- Voyons un peu, Viviana, raconte-moi ce que tu as fait il y a trois jours, comment se fait-il que tu aies pris les anxiolytiques et que ta maman t’ait amenée ici.
- C’était un samedi et je n’avais pas à aller au bureau, si bien que je suis allée aux toilettes, j’ai fait pipi et j’ai pensé : « je crois que j’ai faim et que j’ai besoin de sexe : il est évident que j’ai un problème existentiel ».
- Ne fais pas l’idiote. Je ne suis pas payé pour t’écouter, moi, je le fais parce que je le veux bien, alors raconte-moi ce qui s’est passé ce jour-là.
- À un certain moment, je me suis souvenue de mes genoux qui me démangeaient.
- Développe-moi ça, la métaphore, voyons un peu…
Fermín lâcha ses genoux et croisa les bras. Viviana baissa la voix et cessa aussi de se gratter. Elle croisa les mains et les posa sur ses jambes, dans une posture de prière. Elle fixa son regard sur elles.
- Je me suis levée tôt et je n’avais rien à faire. Et je me suis mise à penser, tu vois. J’ai pensé que ce soir-là je n’aurais personne avec qui sortir. Que l’après-midi je devrais retrouver une amie pour faire du shopping. Que j’allais m’ennuyer : l’après-midi, le soir, le lundi, le mardi. Que j’allais m’ennuyer tout autant à Noël. Et le jour où je prendrais ma retraite.
- …
- Alors j’ai avalé les comprimés, pas tant que ça, en fait, trois ou quatre… Et le lit tout défait m’a attirée : c’était un vrai paradis de coussins.
- Et alors ta maman t’a trouvée à demi-inconsciente et elle t’a amenée ici.
- Oui.
- C’est mardi, aujourd’hui. Tu t’ennuies ?
- Bof…
Viviana mangea un autre petit biscuit. Soudain, elle commença à rire tout bas. Puis, sur sa lancée, elle laissa échapper deux éclats de rire, mais elle posa une main sur sa bouche pour empêcher les miettes de s’échapper.
- Tu sais quoi, Fermín ? J’ai les problèmes que tu dis : envie de faire pipi, de manger, d’avoir un rapport sexuel violent. Avec toi.
Fermín s’étira sur sa chaise.
- Écoute ce que je vais te dire –dit-il avec une moue malicieuse- tu es intelligente, appliquée, tu as du vocabulaire. On voit que tu es cultivée. Comment une histoire aussi banale, un cliché comme celui d’une aventure sexuelle entre un infirmier et la patiente d’un hôpital psychiatrique peut bien te passer par la tête ?
- C’est bien pour ça que je ris, parce que ça manque d’originalité. Les médecins me laissent sortir demain : ils pensent que j’ai eu une poussée de stress. La vérité, c’est que je n’ai pas envie de leur expliquer, à eux, cette histoire d’ennui existentiel et à quel point ma mère a exagéré en m’amenant ici.
- Maintenant, c’est moi qui ai peur…
- Allez, si nous sortons ensemble je te promets de ne plus me gratter les genoux. Mieux encore, je porterai une jupe courte pour que tu puisses voir mes jambes toutes lisses, sans aucun bouton.