Francisco Albizúrez Palma (Guatemala)
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Sombrero ajeno
Pues sí, es cierto, mis cuentos no son míos. Bueno, es un decir, porque la propiedad de ellos sí que la pagué en el precio justamente convenido entre el autor y yo. No me pueden acusar de plagio, ni pueden llamarme ladrón. No. Si hasta un gran favor le hice a aquel sacándolo de sus penurias económicas.
¿Y quién es él ?, me preguntarán parodiando la tonadilla de José Luis Perales. ¡Ah, se dice el milagro pero no el santo ! No solamente porque no me interesa revelar la identidad del susodicho, sino porque a él la literatura « le vale », como dicen los patojos de hoy. Y es que ese al que llamo « el verdadero autor » -por denominarlo de alguna manera- descubrió, en buena hora, que la literatura, aquí como en tantos otros países, no rinde ni para el pan de cada día, no digamos para la carne, los frijoles, los huevos, el trago y el alquiler de la casa. Por eso, con sabia prudencia, se sumergió en el mundo de los negocios ; pero no es de los situados en la zona viva o en Peri Roosevelt o en las calles del Guarda Viejo. Y no piensen mal : tampoco quiero decir que aquel se haya metido en la trama de la droga. No : la cosa va por el rumbo del contrabando.
A tiempo, bien a tiempo, un cuate le ofreció asociarse con una pequeña pero eficiente red que opera en todo el país, y que actúa cubierta de posibles delaciones –para eso existe el ajusticiamiento- y de eventuales acciones policiacas –para eso existe la mordida-.
Así que, metido en modesta camioneta extraurbana, nuestro es literato viaja cada cierto tiempo hacia las cercanías de Tapachula, y allí encuentra una Van bien provista de artículos de segura colocación : desde seductoras joyas de oro, hasta ese libro que el acosado estudiante universitario necesita para su examen privado, y que está dispuesto a pagarlo a precio de diamante.
De esa manera, aquel diseña un horario sui géneris. Se pasa unos días –pocos o muchos- en sabrosa holganza, y se pasa otros –muchos o pocos- en afanosa colocación de la mercancía. A cambio : buenos ingresos monetarios, clientela a la cual puede vender otro tipo de productos –aparte de los contrabandeados-, y pretexto justificado para escaparse de la harpía que tiene por esposa.
¿Los cuentos ? ¡Ah, sí !, los textos… Ésos se los compré no propiamente a él, sino a su mujer. Fue una transacción honorable… y caritativa. Ella vino a mi casa un día de tantos, quejándose de incontables penurias, y ofreciéndome en venta –previa autorización autenticada de aquél- el grueso de la producción literaria del ahora negociante, con la venia de ponerla a nombre mío o de venderla a otro comprador. Ni modo. Yo, que había acudido a tantos concursos literarios sin ganar nada ; yo, que había publicado aquí y allá sin pegar centro, tenía de pronto, en mi cara y en mi casa, la ocasión de hacerme famoso. No solamente porque conocía la calidad del material que se me ofrecía, sino porque contaba con la plata para comprarlo y con la plata para publicarlo.
De ahí para adelante todo fue cuestión de estrategia. Ni modo que, de pronto, iba yo a publicar uno de los mejores cuentos de aquél, calzado con mi nombre. No. Primero hice un refrito con textos suyos y textos míos, y lo publiqué en una revista mexicana, previa mordida. Después lancé a la luz pública tres textos casi completos de aquél, con unas breves intercalaciones mías. Uno apareció en un periódico de Guatemala, otro ganó un premio en los Juegos Florales de Quetzaltenango, y el tercero se editó en una revista universitaria.
En la tercera etapa me lancé yo solito. Fue entonces cuando publiqué mi libro Hasta no verte, patria mía, burdo plagio –si usted así quiere calificarlo- del célebre volumen de Elena Poniatowska.
Por supuesto que, de inmediato, se me planteó el ejercicio mental de cómo celebrar la aparición del libro. Lo primero fue el lugar. Problema resuelto : gracias a conectes importantes conseguí el auditorio del IGA. ¿Y quién podría hacer la presentación ? Formulé una lista de posibles candidatos, todos ellos escogidos entre la escasa flor y nata de la crítica literaria nacional. Los descarté a todos, y mejor me decidí por aquel señor que ya conocen –porque han visto su nombre en la contracarátula de mi libro o porque leyeron la reseña que apareció por allí-. De plano que él tiene su precio, lo cual para mí no implica ninguna dificultad, pues para eso recibí la herencia de mi vieja.
Como los lectores saben, el libro tuvo un éxito inmediato e innegable. Claro que a eso contribuyeron las habladas que les eché a dos o tres profesores de lengua y literatura, quienes lo pusieron como lectura obligatoria para los alumnos de primer ingreso en la facultad de derecho de la USAC. En otras palabras : gané fama, repuse los costos y obtuve ganancias. Y, de remate, un conocido librero me pidió la exclusiva para la segunda edición.
Así pues, lucir con sombrero ajeno ha resultado, para mí, una forma exitosa de acceder a la fama literaria. Hasta he conseguido esa no extraña calidad de los narradores famosos, la de sufrir altibajos. Por ejemplo, en un volumen de doce relatos, tres o cuatro son calificados por la crítica como poco dignos de mi capacidad creadora. O en una novela, a decir de los supuestamente entendidos, « Se producen altibajos cualitativos que, en todo caso, sirven para realzar el elevado nivel que caracteriza a la obra considerada en su conjunto ». Esos descensos no son otra cosa que los textos verdaderamente escritos por mí.
Hasta hoy, el logro más espectacular consiste en la edición mexicana de mi primera novela (« mía », entendido este término en el contexto ya explicado).
Como tantos otros escritores, decidí financiar la edición azteca, compartiendo ganancias con la casa editora, a cambio de que ésta se encargara de la distribución. La edición alcanzó 15000 ejemplares, que no son mala cosa para un escritor que se lanza por primera vez al mercado extranjero.
Con « el verdadero autor » hace rato que no nos vemos. Habiendo abandonado el mundo de las letras, creo que mi éxito le importa un pepino. En fin de cuentas, los negocios son los negocios, y aquí hubo dos fundamentales. El suyo, al dedicarse a hacer dinero, y el que realizó su mujer vendiéndome los textos. El otro, el mío, no es propiamente negocio. Lo mío es la sensación del triunfo, el sabor de la fama, la delicia de la alabanza.
Hoy soy lo que son mis obras, y eso no me lo quita nadie. Amén.
Le chapeau d’un autre
Et bien oui, c’est vrai, mes contes ne m’appartiennent pas. Bon, c’est une façon de parler, parce que leur propriété, je l’ai bel et bien payée au prix convenu avec l’auteur. On ne peut m’accuser de plagiat ni me traiter de voleur. Non. J’ai même rendu un grand service à ce dernier en le tirant de ses difficultés financières.
Et lui, de qui s’agit-il, me demanderez-vous, comme dans la chanson de José Luis Perales. Ah non!, le prestidigitateur ne dévoile pas ses trucs ! En premier lieu parce que je n’ai aucun intérêt à révéler l’identité de la personne en question, ensuite pour la bonne raison que lui, la littérature, « il n’en a rien a cirer », comme on dit aujourd’hui. En effet, celui qu’on appellera ici « le véritable auteur » -pour lui donner un nom- découvrit très vite que la littérature, ici comme ailleurs, ne paie même pas le pain quotidien, et je ne parle pas de la viande, des haricots, des œufs, de la boisson et du loyer. Alors, avec sagesse et prudence, il se lança dans les affaires ; pas celles, officielles, de la zone d’activités ou de Peri Roosevelt ou des rues du Guarda Viejo. Ne me faites pas dire ce que je n’ai pas dit, il n’est pas mêlé au trafic de drogue. Non, ses affaires sont plus ou moins liées à la contrebande.
L’un de ses amis lui proposa, au bon moment, de s’associer à lui pour développer un efficace petit réseau, qui opérait dans tout le pays, à l’abri de possibles délations –moyennant quelques exécutions- et d’éventuelles actions de la police –moyennant quelques bakchichs-.
Voilà pourquoi, en toute discrétion, notre ex-écrivain se rend régulièrement dans la région de Tapachula où l’attend une fourgonnette pleine d’articles qu’il est sûr de placer : de superbes bijoux en or ou ce livre dont l’étudiant a absolument besoin et qu’il est prêt à payer au prix du diamant.
C’est ainsi que notre homme établit son emploi du temps sur mesure. Il passe quelques jours –peu ou beaucoup- dans une agréable oisiveté, et il en passe d’autres –beaucoup ou peu- dans une laborieuse distribution de la marchandise. Cette activité lui rapporte des gains confortables, un bon carnet d’adresses pour le placement de produits autres que ceux de la contrebande, et un bon prétexte pour échapper à son harpie d’épouse.
Les contes ? Ah, oui ! les textes… Ce ne fut pas directement à lui que je les achetai, mais à sa femme, au cours d’une transaction honnête… et charitable. Elle se présenta chez moi un jour, se plaignit d’innombrables difficultés et me proposa de me vendre –avec l’accord dûment authentifié du mari- l’ensemble de la production littéraire de l’actuel homme d’affaires, production que je pouvais mettre à mon nom ou revendre. De ça, il n’était pas question. Moi qui avais participé à tant de concours littéraires sans jamais rien gagner, moi qui avais publié un peu partout sans succès, j’avais soudain, sous mes yeux et chez moi, l’occasion de devenir célèbre, grâce à la qualité de ce qu’on m’offrait et à l’argent dont je disposais pour l’acheter et le publier.
A partir de ce moment-là, tout fut question de stratégie. Je ne pouvais pas, de but en blanc, publier l’un des meilleurs contes sous mon nom. Non. Je fis d’abord une nouvelle mouture de ses textes et des miens et je les publiai –un dessous-de-table facilitant les choses- dans une revue mexicaine. Ensuite je lançai publiquement, au grand jour, trois textes presque complets de lui, avec de brèves incises de mon cru. L’un fut publié dans un journal du Guatemala, un autre remporta un prix aux Jeux Floraux de Quetzaltenango et le troisième fut édité par une revue universitaire.
Au cours de la troisième étape, je pris en main, seul, la promotion. Je publiai alors mon « Hasta no verte, patria mía », qu’on peut qualifier de grossier plagiat du fameux livre de Elena Poniatowska.
Evidemment, je réfléchis tout de suite à la façon de faire de cette publication un événement. Tout d’abord, il fallait trouver le lieu. Problème résolu : grâce à des relations de poids, je réservai l’amphithéâtre de l’IGA. Et qui pourrait bien se charger de la présentation ? J’établis une liste des possibles candidats, appartenant tous au même petit groupe, la fine fleur de la critique littéraire nationale. Je les écartai tous et je fis appel à celui que vous connaissez déjà –pour avoir lu son nom sur la quatrième de couverture de mon livre ou dans je ne sais quel un compte-rendu-. Bien sûr, ses prestations coûtent les yeux de la tête, mais ce n’est pas un problème pour moi depuis que je dispose de l’héritage de ma mère.
Comme les lecteurs le savent, le livre connut un succès franc et immédiat. Je glissai quelques mots à deux ou trois professeurs de langue et littérature et la lecture du livre devint obligatoire pour les nouveaux étudiants en droit de l’USAC, ce qui bien sûr contribua au succès. Bref : je gagnai en notoriété, je couvris mes dépenses et réalisai même des bénéfices. Et pour couronner le tout, un célèbre éditeur me demanda l’exclusivité de la deuxième édition.
Ainsi, coiffé du chapeau d’un autre, les portes de la célébrité littéraire se sont ouvertes pour moi. J’en suis même arrivé à posséder cette qualité si répandue chez les écrivains célèbres, celle de connaître des hauts et des bas. Dans un recueil de douze récits par exemple, trois ou quatre sont considérés par la critique comme peu dignes de mon talent. Ou dans un roman, selon les prétendus spécialistes, « la qualité de certains passages déçoit un peu, ce qui permet cependant d’apprécier le haut niveau de l’œuvre considérée dans son ensemble ». Ces baisses de niveau sont en fait les textes véritablement écrits par moi.
A ce jour, la réussite la plus spectaculaire est l’édition mexicaine de mon premier roman (« mon » étant compris dans le contexte expliqué).
Comme tant d’autres écrivains, j’ai décidé d’en financer l’édition aztèque, les bénéfices étant partagés avec l’éditeur, à charge pour lui de les distribuer. L’édition a atteint 15000 exemplaires, ce qui n’est pas si mal pour un écrivain qui se lance pour la première fois sur le marché étranger.
« Le véritable auteur » et moi ne sommes plus en contact depuis longtemps. Ayant abandonné le monde des lettres, j’imagine qu’il se moque de mon succès comme de sa première chemise. En fin de comptes, les affaires sont les affaires, et ici, chacun a fait son choix. Lui d’abord, qui a préféré l’argent et sa femme qui m’a vendu les textes. Moi, ensuite, bien qu’il ne s’agisse pas pour ce qui me concerne, à proprement parler, d’une affaire. Ce qui compte pour moi, c’est la sensation du triomphe, la saveur de la célébrité, les délices de la louange.
Aujourd’hui, je suis ce que sont mes œuvres et cela, personne n’y peut plus rien. Ainsi soit-il.
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