ATTENTION : site en travaux - CAUTION: work in progress
Recherche




Traduction (littérature)
Traduction (articles)
Liens

Actualité- Société
Plume de presse
Les mots sont importants
Le Monolecte
Fondation Copernic
econoclaste
mouvements
R.E.S.F.
migreurop
cimade
Bakchich

Observatoire des inégalités
Paradis Fiscaux et Judiciaires
Les mots ont un sens
Attac
RISAL (Amérique Latine)
Ciudadanos por la República (Espagne)
mondialisation.ca
Association Européenne pour la défense des Droits de l'Homme

Presse - Critique medias
Contre Info
acrimed
rue89
Le Monde diplomatique
politis
blog des rédacteurs de Politis
Rezo.net
Le Plan B

Littérature - Culture
equi-librio.net
Lekti-ecriture
Livres hebdo
L'interdit
Inventaire/Invention
François Bon

remue.net
La république des livres
Le Matricule des Anges
Vacarme

Informatique - Logiciels libres
Framasoft
Qu'est-ce qu'un logiciel libre?

Divers - Inclassables
Observatoire Zététique

Contact - Infos
Visites

 82890 visiteurs

 7 visiteurs en ligne

Espagne | Antonio Palma - Humillados - Les humiliés

Antonio Palma (Espagne)

 

[traduction]

Humillados

Fue que en casa del jubilado Martínez, y como casi todas las mañanas, se inició una discusión entre éste y su esposa. El motivo había sido trivial, pero a los diez minutos los gritos podían oírse en todo el edificio y ya habían incluso olvidado por qué se había iniciado la pelea. Como siempre, el soberbio gana y fue él quien levantó más la voz, quien eligió las palabras más hirientes, quien menos se preocupó del daño que éstas producían. Cuando se marchó dando un sonoro portazo, Cecilia se sentó al borde de la cama y lloró en silencio tapando con un pañuelo su cara por la vergüenza que sentía y pensando que muchas veces su hogar era una trampa en la que hacía años había caído. Mientras, el jubilado Martínez se fue a la sucursal del banco a cobrar su pequeña pensión, que rondaba las cuarenta y cinco mil pesetas, y a comprar algunas cosas que necesitaba de ferretería. La chica de la ventanilla fue tan amable como todos los meses: le saludó, le pidió el DNI y le preguntó cuánto deseaba retirar, y éste, como todos los meses también, le dijo que veinticinco mil. Pero al otro extremo de la oficina el Pocho vigilaba a todos los clientes, y al ver al anciano supo que esa sería su víctima: observó primero cuánto dinero sacaba y luego salió a la calle con naturalidad, como si hubiese olvidado algo imprescindible. Se situó en la acera contraria y encendió un cigarrillo no bien le embargó la mezcla de emoción y miedo que siempre precedía a sus asaltos. El jubilado Martínez no tardó mucho en salir y enfilar la calle en dirección a la plaza: ¡buen camino, así sería más fácil! Le siguió a pocos pasos y al dar la vuelta a la esquina y entrar en la callejuela le abordó situándose enfrente de él y pidiéndole un cigarrillo. Le contestó de muy malas maneras, pero se suavizó al ver la navaja en las costillas, empezando una retahíla de ruegos que no se entendían porque el miedo apenas si le dejaba farfullar. El Pocho no dijo mucho, se limitó a registrar sus bolsillos con la mano que tenía libre hasta que encontró el dinero y a apretar un poco más su arma para que no gritara antes de ponerse a correr. Cerca de la plaza aminoró el paso mezclándose con el resto de la gente y se encaminó directamente a la boca del metro. El jubilado Martínez se había derrumbado en el suelo, llorando con rabia no sólo por la pérdida de un dinero que necesitaba, sino por cómo lo había perdido: ¡sólo era un viejo y se sintió humillado!

El Pocho en cambio se sentía feliz, con lo conseguido podría pagar lo que le debía a Richy y aún le quedaría dinero para pillar tres gramos de heroína, La parada no estaba muy lejos del poblado, por lo que no tuvo que andar demasiado hasta la puerta de la chabola del camello al que solía ir. El colega al verle lo primero que dijo fue que lo sentía, pero que no podía fiarle más. Aquí el Pocho se mostró muy seguro de sí mismo y le contestó que tranquilo, que traía viruta suficiente para todo. Richy cambió de actitud en cuanto vio los billetes y se dispuso a pesarle la cantidad que le pedía "del mejor jaco del barrio, te lo aseguro". Sacó la mercancía y una pequeña pesa digital y con la punta de un cuchillo fue echando montoncitos en una bolsita de plástico que antes había preparado. Se despidieron de lo más amigos y el Pocho se fue para donde vendían papel de aluminio para fumarse un chino ahí mismo, pues llevaba varias horas malo. Un tipo flaco al que no conocía le ofreció de todo, llevándoselo un poco retirado, sin embargo no tardó en dar el agua de la policía y le dijo que se diera prisa y le siguiera, que aquel sitio ya no era seguro. Le obedeció como un imbécil, por lo que fue demasiado tarde para reaccionar cuando le sacó el hierro y le obligó a entregarle todo lo que tenía: en un momento había pasado de tener el día resuelto y ser feliz a no tener nada y sentirse el hombre más desgraciado del mundo: ¡no era justo, él se lo había currado para conseguir pasta para que un hijo de puta viniera ahora a quitársela!

Dani se guardó la pistola en los riñones y se fue hasta la avenida a coger un taxi, quería desaparecer de allí lo antes posible: nunca se sabe. Ya en su barrio se encaminó para la casa sin detenerse a saludar a nadie, lo primero era deshacerse del arma y ponerse un pico tranquilamente, sin prisas, pues ya no las tenía con el pedazo de bolsa que le había quitado al pringao ese. Pero a unos metros del portal dos hombres altos y con cara de pocos amigos se fueron a por él y tras mostrarle unas chapas le dijeron que quedaba detenido. Intentó zafarse y correr, por puro instinto, pero le fue imposible, lo único que consiguió fue recibir un puñetazo en el estómago después de un rodillazo en los cojones. Lo metieron en un coche que apareció de repente y se lo llevaron de allí a toda velocidad mientras veía a la gente del barrio observarle tras los cristales del automóvil. Ya en la comisaría lo metieron en una celda con otros tres tipos, a uno de los cuales conocía: saludó al Anguila nada más verlo, esperando que supiera más de cómo iba toda aquella mierda. Aunque lo recibió un poco hosco, se portó más amable al ofrecerle un cigarrillo, diciéndole que no se preocupara, que estuviera tranquilo y todo ese rollo que se suelta cuando ya estás acostumbrado a una situación. No tardaron en sacarlo de la jaula y llevárselo para las oficinas donde lo interrogaron a conciencia durante dos largas horas. Al principio ni fueron muy chungos con él, pero a medida que se obstinaba en negar lo evidente éstos comenzaron a ponerse violentos y a soltarle golpes por todos lados, hasta le amenazaron con un casco y un bate de béisbol, pero al final no hizo falta. Cuando volvió molido por los golpes pero sin una marca en el cuerpo al calabozo había confesado todos los atracos que le atribuían, incluso alguno que no había cometido él, aunque era cierto que no le acusaban de todos los que había dado. Sentía un odio tremendo por los monos, no le habían dejado la más mínima dignidad, jugando con él como si fuera un pelele, por lo que no pudo contener las lágrimas de rabia e impotencia: también él había sido humillado. No tardó mucho en verse por primera vez en prisión, rodeado de muros y de gente extraña a las que parecía resultar indiferente. Sin embargo, a las pocas horas había compañeros que se le habían acercado y le ponían al tanto de lo más básico que hay que aprender cuando se entra en un sitio así. Uno fue especialmente amable, enrollándose con él y gastando bromas que terminaron por hacerle reír: Paco parecía buen chaval y confió en él, por lo que le confesó que había tenido la precaución de empetarse el caballo cuando lo pilló (no se atrevió a contarle que lo había robado) y que no se lo habían colocado ni en la gobi ni al entrar en el talego y que por eso todavía lo llevaba dentro. El otro reaccionó de inmediato explicando cómo tenía que hacer para sacarlo y pidiéndole que se estirara y lo invitara. Dani le dijo que no se preocupara, que ahora mismo se fumaban un buen chino y se ponían a gusto. Ya encerrados en uno de los baños del módulo pusieron unas hojas de periódico sobre la taza y allí mismo soltó la bolsa que escondiera en sus intestinos. En cuanto el otro vio toda la cantidad que llevaba, muchísimo para allí dentro, sacó un pincho que escondía y se lo puso en el cuello: a los dos minutos se encontraba con los pantalones y los calzoncillos a medio bajar, sin una micra de caballo y con ganas de morirse ahí mismo.

 Después de la comida Paco se preparó un chino enorme en su celda y llevaba cuatro caladas fumadas cuando de repente se abrió la puerta automática de la celda y entraron dos funcionarios después de anunciar que era un registro. Le pillaron con la plata en la mano y la bolsa sobre la mesa junto a la cama, ya que no tuvo tiempo de reaccionar y esconder nada. Mientras uno le quitaba el papel de la mano el otro recogía los polvos meticulosamente. La rabia le hizo ponerse bravo, por lo que recibió unas cuantas hostias antes de que le encerraran en el chupano. Solo entre las paredes de la celda se sintió la última mierda del mundo hasta que le entraron ganas de vomitar. Al final la heroína fue decomisada y nadie disfrutó de ella.

 Cecilia, el jubilado Martínez, el Pocho, Dani y Paco fueron humillados. Ni el primero recuperó su dinero ni el resto consiguió nada, pero se había hecho justicia. Por cierto, uno de los funcionarios vivía un matrimonio infeliz que también lo tenía humillado, pero esa es ya otra historia.

 

Les humiliés

goya.jpgIl se trouve que chez Martínez, le retraité, la matinée commença, comme chaque jour ou presque, par une dispute entre lui et son épouse. La raison était sans grande importance mais au bout de dix minutes on pouvait entendre les cris dans tout l’immeuble bien que le couple eût déjà oublié pourquoi il se battait. Le plus arrogant finit toujours par l’emporter, et ce fut lui qui cria le plus fort, qui choisit les mots les plus blessants, lui qui se soucia le moins du mal que ces mots provoquaient. Lorsqu’il partit en claquant bruyamment la porte, Cecilia s’assit au bord du lit et pleura en silence, le visage enfoui dans un mouchoir où elle dissimulait sa honte, voyant son foyer souvent réduit à un piège où jadis elle était tombée. Entre-temps, le retraité Martínez se dirigeait vers l’agence bancaire pour encaisser sa petite pension, quarante-cinq mille pesetas environ, et acheter deux ou trois choses dont il avait besoin à la quincaillerie. La jeune fille du guichet fut tout aussi aimable qu'à l'accoutumée, elle le salua, lui demanda sa carte d’identité, combien il souhaitait retirer, et lui, comme d’habitude aussi lui demanda vingt-cinq mille. Au fond de l’agence, «el Pocho» observait tous les clients, et lorsqu’il vit le vieux il sut qu'il serait sa victime: il regarda d’abord quelle somme il retirait et sortit de l’agence comme s’il avait oublié quelque chose d’indispensable, avec un naturel parfait. Il se plaça sur le trottoir d’en face et alluma une cigarette pour apaiser le mélange d’émotion et de peur qui précédait toujours chez lui les agressions. Le retraité Martínez sortit peu de temps après et se dirigea vers la place. Un bon itinéraire, ce serait plus facile!. Il le suivit à quelques pas et lorsqu’il tourna au coin de la rue pour prendre la ruelle, il se planta face à lui et lui demanda une cigarette. Celui-ci lui répondit sèchement mais il changea de ton lorsqu’il vit le couteau sur ses côtes, se lança dans une litanie de suppliques, par ailleurs inaudibles, un bredouillis peureux. «El Pocho» parla peu, il se contenta de fouiller ses poches jusqu’à ce qu’il trouve l’argent et il pressa un peu plus son arme pour que le vieux ne se mette pas à crier pendant qu’il détalait. Près de la place, il ralentit, se mêla à la foule et se dirigea vers la bouche du métro. Le retraité Martínez s’était effondré sur le sol, pleurant de rage, non seulement pour la disparition d’un argent dont il avait besoin, mais aussi pour la façon dont il l’avait perdu: il n’était qu’un vieillard et se sentit humilié.

«El Pocho», en revanche, se sentait heureux. Avec cette somme, il pourrait régler ce qu’il devait à Richy et il lui resterait encore de quoi de se payer trois grammes d’héroïne. La station où il descendit n’était pas trop éloignée des habitations, il n’eut pas à marcher longtemps jusqu’à la porte du taudis où vivait son dealer, lequel en le voyant lui annonça d’emblée qu’il regrettait, mais qu’il ne pouvait plus lui faire crédit. «El Pocho» se rengorgea et lui répondit qu’il avait suffisamment de blé pour tout. Richy changea d’attitude dès qu’il vit les billets, il était disposé à lui peser la quantité demandée, «tu trouveras pas meilleur dans tout le quartier, fais-moi confiance». Il sortit la marchandise et une petite balance à affichage digital, et avec la pointe d’un couteau il préleva des petits tas qu’il versa dans un sachet en plastique qu’il avait préparé. Ils se séparèrent comme les meilleurs amis du monde et «el Pocho» partit en quête d'une feuille d’aluminium pour se taper un alu tout de suite, il était en manque depuis des heures. Un type maigre qu’il ne connaissait pas lui proposa tout ce qu’il voulait, il l’entraîna un peu à l’écart et annonça soudain les flics arrivent, dépêche-toi, suis-moi, l’endroit n’est pas sûr. Il lui obéit comme un idiot et il était trop tard pour réagir quand l'autre sortit un flingue et qu'il fallut lui donner tout ce qu’il avait; en un instant, tout avait basculé: lui qui avait gagné sa journée, lui qui était heureux n’avait plus rien et se sentait l’homme le plus malheureux du monde. C’était injuste! Il n’avait pas bossé pour qu’un fils de pute vienne lui piquer son fric!

Dani glissa le pistolet dans sa ceinture, contre les reins et se dirigea vers l’avenue pour prendre un taxi; il voulait quitter cet endroit le plus vite possible, on ne sait jamais. Une fois dans son quartier, il rentra directement chez lui sans saluer personne, il devait d’abord se débarrasser de l’arme et se fixer tranquillement, prendre son temps, plus rien ne pressait maintenant qu’il avait le sac bien garni de ce connard. Mais à quelques mètres de l’entrée de son immeuble, deux hommes grands, le regard mauvais, lui tombèrent dessus, sortirent leurs plaques et annoncèrent qu’il était en état d’arrestation. Il tenta de s’échapper et de courir, instinctivement, mais tout ce qu’il gagna fut un coup de poing dans l’estomac suivi d’un coup de genou dans les couilles. Ils le jetèrent dans une voiture qui apparut soudain et l’emportèrent à toute vitesse, sous les yeux des gens du quartier qui le regardaient à travers les vitres de la voiture. Au commissariat, on le mit dans une cellule avec trois autres types. Il en connaissait un: il salua «el Anguila» lorsqu’il le vit, il espérait en savoir plus sur la façon dont se passait généralement cet épisode merdique. Au début, celui-ci se montra peu aimable, mais sa langue se délia un peu lorsqu’il lui offrit une cigarette: t’inquiète pas, reste tranquille, lui dit-il avec le baratin de celui qui est déjà habitué à la situation. On le sortit rapidement de la cage et on l’emmena dans les bureaux où on l’interrogea consciencieusement pendant deux longues heures. Au début, ils s’amusèrent à peine avec lui, mais plus il s’obstinait à nier l’évidence plus ils devenaient violents, les coup se mirent à pleuvoir et ils le menacèrent même avec un casque et une batte de base-ball, mais en fin de comptes, ce ne fut pas nécessaire. Quand il revint au cachot, roué de coups mais sans une seule marque sur le corps, il avait avoué toutes les agressions qu’on lui attribuait, mêmes celles qu’il n’avait pas commises, même si, il faut le reconnaître, on ne l’accusa pas de tout ce qu’il avait réellement fait. Il ressentait une haine terrible pour les flics qui lui avaient enlevé toute dignité, qui avaient joué avec lui comme avec un pantin, si bien qu’il ne put retenir ses larmes de rage et d’impuissance; lui aussi avait été humilié. Il se retrouva bientôt et pour la première fois en prison, entouré de murs et de gens étranges, qui semblaient l’ignorer. Quelques heures plus tard cependant, certains l’avaient déjà abordé et l’informaient des règles de base qu’il faut connaître dans un tel lieu. L’un d’eux se montra particulièrement aimable, parla beaucoup, plaisanta et finit par le faire rire. Paco semblait être un brave gamin et il lui fit confiance, il lui raconta qu’il avait pris ses précautions, qu’il s’était enfilé la drogue quand il se l’était procurée (il n’osa pas lui raconter qu’il l’avait volée), et que personne, au commissariat ni à son entrée en prison ne l’avait trouvée, et que, par conséquent, il l’avait toujours. L’autre lui expliqua immédiatement comment faire pour la faire sortir et lui demanda de partager. Dani lui répondit qu’il n’avait pas à s’inquiéter, qu’ils allaient s'envoyer tout de suite une bonne dose et se sentir bien. Une fois enfermés dans les toilettes de l’un des blocs ils posèrent des feuilles de papier journal sur la cuvette et il expulsa le sachet dissimulé dans les intestins. Dès que l’autre vit la quantité qu’il y avait, phénoménale pour l’endroit où ils se trouvaient, il sortit la lame qu’il cachait et la lui mit sur le cou: deux minutes plus tard il se retrouvait pantalon et caleçon baissés, sans une seule trace de poudre et avec l’envie de mourir là, à l’instant.

Après le repas, Paco se tapa un alu énorme dans sa cellule, et il avait à peine aspiré quatre bouffées que la porte automatique s’ouvrit, deux matons entrèrent pour une fouille. Il fut pris l'alu à la main et le sachet sur la table, près du lit, sans avoir eu le temps de réagir et de cacher quoi que ce fût. Pendant que l’un lui ôtait le papier des mains, l’autre ramassait méticuleusement la poudre. La rage le rendit furieux, motif pour lequel il reçut quelques baffes avant d’être mis au cachot. Seul entre les murs de la cellule, il se vit comme la dernière merde qu’eût jamais portée la terre et il eut envie de vomir. En fin de compte, l’héroïne avait été saisie et personne n’en profita.

Cecilia, le retraité Martínez, «el Pocho», Dani et Paco furent humiliés. Ni le premier, qui ne récupéra pas son argent, ni personne d'autre n’y gagna rien, mais justice avait été faite. Bien sûr, l’un des matons vivait aussi dans l’humiliation, à cause d’un mariage malheureux, mais ça, c’est une autre histoire.

[haut]



Prévisualiser Prévisualiser     Imprimer l'article Imprimer l'article

 
^ Haut ^