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Espagne | Fernando Sánchez Calvo - Mario - Mario

Fernando Sánchez Calvo (Espagne)


[traduction]



Mario

Te quiere por comparación con sus padres. Has llegado a cogerle cariño por costumbre y porque su piel es suave. A los trece años, cuando te necesite, le dirás que no moleste y, al poco, habréis abandonado cualquier tipo de motivación o empatía. Eso con este crío, que no es el tuyo, porque si se tratara de tu hijo, los vínculos se hubieran echado a perder desde el principio.
Voy con este crío, paseándolo, no por mí ni por él, sino por mi hermana Lourdes y, sobre todo, por mi cuñado, que no son malos aunque sí algo simples, que no pueden más, que están a punto de odiarse entre ellos por no cargar las culpas sobre este inocente, indultado sólo porque aún no habla con corrección y no sabe dejar por escrito o a la ventura del aire lo que piensa y lo que pretende hacer en breve.
Voy con este niño, paseándolo. Me ha dicho mi hermana :
‑Llévatelo un rato, por favor, Daniel, a ver si le da el aire.
Ha añadido mi hermana :
‑Mario, cariño, ven, sal de ahí y corre, vete con el tío Dani al parque, y os lleváis la moto que te regaló la Nuri para que vea el tío Dani cómo sabes montar.
Ha dicho mi cuñado :
‑No tengas hijos nunca, Dani.
Ha dicho mi cuñado, que no es malo aunque sí algo simple, que no es brillante pero sí lo suficientemente perspicaz como para haberse dado cuenta, casi cuatro años después, de que tener un hijo es desaparecer, es no volver a ser joven, es estar en casa (por las tardes), en los parques (de mañana), en el burguer (por las tardes) y en el sofá (de domingo) esperando a que venga su cuñado, que soy yo, para decirle qué pasa, hombre, ven, tómate algo y haznos algo de compañía, que estamos aquí encabronados con el puto crío éste de los cojones, porque no para de joder a tu hermana y no pasa ni un solo día sin que le pegue puñetazos en la barriga para que no nazca Cristina, porque le gusta dejarse el puré para que acudas en su ayuda, porque le gusta llorar, enloquecer y sufrir revolcándose en el suelo sólo para que nosotros doblemos su sufrimiento, porque tiene ya casi cuatro años y, desde que vive, tu hermana y yo no podemos besarnos ni cogernos de la mano sin que este hijo de puta se cague adrede en los pantalones. Sólo ha dicho, no obstante, mi cuñado :
‑No tengas hijos nunca, Dani.
Hemos dado dos vueltas al parque. Luego ha hecho saber que ya no quería montar en la moto, así que la he cogido de una rueda para acercármela a mi pecho mientras con la otra mano he ido arrastrando a Mario hasta el lago. Allí hemos estado media hora, dando gusanitos a los patos. No es listo, desde luego, ni es tan pillo y espabilado como me ha hecho créer, por cumplido, un matrimonio tras observar la increíble proeza que supone para un niño coger un puñado de tierra del suelo y pretender que, primero su tío y luego los patos, se lo coman.
‑Es más listo que el demonio. ¿Verdad, Julián ?
Si por lo menos no fuera tan inexpresivo e indoloro a lo mejor podría llegar a quererlo, pero qué va a saber este crío del dolor si el odio comenzó a gestar antes que él. Es una pena, desde luego, que no le pueda culpar de lo triste y cansado que este mes me siento, de lo difícil que es establecer relaciones sexuales a los veinte, a los veinticinco y también a los treinta.
Paralelo a mis pensamientos, en los columpios se ha peleado con un chico mayor que él. Disculpas delante de la abuela y del tobogán. Máximas hurtadas a Los Lunis como « hay que compartir », « un juego sin amigos no es un juego ». Después, sonrisa de media comisura a la señora y examen de conciencia mientras le sacudo el polvo adherido al cuello de la camiseta, al pelo.
‑¿Por qué has hecho eso ?
‑¿El qué ?
‑¿Por qué te has pegado con ese niño ?
‑Porque me ha pegado él.
‑Le has pegado tú antes.
‑Pues entonces le he pegado porque no quiero que nazca Cristina.
Los vínculos.
El parque es escaso en recursos y los pocos que tiene reposan desvencijados hasta que el ayuntamiento se decida a renovarlos. Le he preguntado a Mario si quiere volver a casa y no ha contestado al principio. Poco después ha dicho que está un poco cansado, que si le cojo en brazos y nos vamos, pero la dichosa moto pesa y, para colmo, no tiene ningún soporte para poder empujarla erguido.
‑¿Qué te parece si echamos una carrera hasta casa ? Yo a pie y tú en la moto.
‑Que estoy muy cansado.
‑Ya, pero… Mira : dame la mano y vamos andando los dos, ¿vale ? Porque la moto nos la tenemos que llevar.
En el camino de regreso, peticiones de papadeltas, paradas para hacer pis, deseos de volver al parque, confesiones a pecho descubierto sobre quién es el tío favorito (que no soy yo). Pienso en positivo y me convenzo de que, de este modo, mi hermana y mi cuñado han podido tener unos minutos más para ellos dos. Quiere ser él quien llame al telefonillo. Abandono la moto. Le subo en mis brazos. Desde la entrada, se divisa a mi hermana con la puerta abierta en el primer piso, esperando, con una sonrisa en los ojos.
‑¿Qué tal la pareja ? ¿Qué habéis ido ?, ¿al parque ?
‑Sí, ¿verdad ?
‑Sí, y me he pegado con un niño.
‑¿Y eso ?
‑Por nada.
‑Porque no me dejaba tirarme por el columpio.
‑¡Hombre ! ¿Ya estáis aquí ? Mario, ¿sabes qué ?: cuando habéis estado en el parque Cristina ha dado tres patadas más. Si supieras qué susto nos hemos dado.
Mario contempla el vientre de mi hermana. Mi hermana a mi cuñado. Mi cuñado a Mario. Decido que está bien por hoy y que ya me pasaré la semana que viene. Quieren que me quede a cenar. Mario también. Digo que no, de verdad, que además quiero ir al cine o pasarme por casa de Nuria. Mi cuñado me despide aportando sucesivas palmadas sobre mi espalda y una ocurrencia que sólo le hace gracia a Lourdes. Despídeme de Mario, ése ya está jugando en su cuarto, cierra la puerta abajo porque se anda quedando abierta, dos besos y, al bajar las escaleras, murmullos crecientes, risas, carreras por el pasillo, pequeños silencios, mi hermana gritando, un bofetón, hijo de puta tú y mamá, no quiero que seáis mis padres, este niño es gilipollas y otras cosas por el estilo.




Mario

balancoire.jpg Il t’aime parce qu’il te compare à ses parents. Tu ressens finalement de la tendresse envers lui, par habitude, et parce que sa peau est douce. A treize ans, quand il aura besoin de toi, tu l’enverras promener, et à brève échéance, tout intérêt ou connivence aura disparu. Et ça avec ce gosse qui n’est pas le tien, parce que s’il s’agissait de ton fils, les liens se seraient rompus dès le début.
Je marche avec ce gosse, je le promène, non pour mon plaisir ou pour le sien, mais pour ma sœur Lourdes et surtout pour mon beau-frère, qui ne sont pas mauvais bien qu’un peu limités, qui n’en peuvent plus, qui sont sur le point de se haïr mutuellement pour ne pas faire porter la responsabilité sur cet innocent, gracié pour la seule raison qu’il ne parle encore pas correctement et ne sait pas coucher par écrit ou lancer à la cantonade ce qu’il pense et ce qu’il a l’intention de faire bientôt.
Je marche avec ce gosse, je le promène. Ma sœur m’a dit :
‑Emmène-le un moment, s’il te plaît, Daniel, qu’il prenne un peu l’air.
Et ma sœur a ajouté :
‑Mario, mon cœur, viens, sors de là, vite, va avec l’oncle Dani au parc, et vous prenez la moto que Nuri t’a offerte pour montrer à l’oncle Dani comme tu sais bien la conduire.
Mon beau-frère a dit :
‑Ne fais jamais d’enfants, Dani.
C’est ce qu’a dit mon beau-frère, qui n’est pas mauvais bien qu’un peu limité, qui n’est pas brillant mais tout de même assez perspicace pour s’être rendu compte, presque quatre ans après, qu’avoir un enfant c’est disparaître, c’est ne plus jamais être jeune, c’est se retrouver chez soi (le soir), dans les parcs (le matin), au fast-food (l’après-midi) sur le canapé (le dimanche) à attendre que son beau-frère arrive, c’est-à-dire moi, pour lui dire, et alors, ça va ?, entre, allez, prends un verre et tiens-nous un peu compagnie, parce que tu vois, on est coincés là comme des cons avec ce putain de gosse de mes couilles, parce qu’il n’arrête pas de faire chier ta sœur et il ne se passe pas un seul jour sans qu’il lui file des coups de poing dans le ventre pour empêcher Cristina de naître, parce qu’il aime laisser sa purée pour que tu viennes l’aider, parce qu’il aime pleurer, devenir dingue et souffrir en se roulant par terre pour le seul plaisir de nous voir souffrir aussi, parce qu’il a déjà presque quatre ans, et depuis qu’il est né, ta sœur et moi nous ne pouvons pas nous embrasser ou nous tenir par la main sans que ce connard ne chie exprès dans son pantalon. Mais mon beau-frère a seulement dit :
‑Ne fais jamais d’enfants, Dani.
Nous avons fait deux fois le tour du parc. Ensuite, il a déclaré qu’il ne voulait plus faire de la moto, de sorte que je l’ai prise par une roue pour la porter contre ma poitrine tandis qu’avec l’autre main j’ai peu à peu traîné Mario jusqu’au lac. Nous sommes restés là une demie heure, à donner des biscuits aux canards. Il n’est pas malin, c’est sûr, et il n’est pas non plus aussi rusé et éveillé qu’il me l’a fait croire, par politesse, un couple, après avoir observé l’incroyable prouesse que cela représente pour un enfant de prendre une poignée de terre sur le sol et vouloir que, d’abord son oncle et ensuite les canards la mangent.
‑Il est malin comme un singe. N’est-ce pas, Julián ?
Si au moins il n’était pas aussi inexpressif et insensible à la douleur je pourrais peut-être arriver à l’aimer, mais que peut bien connaître ce gosse de la douleur, alors que la haine a commencé à germer avant lui. C’est dommage, c’est sûr, que je ne puisse le rendre responsable de la tristesse et de la fatigue que je ressens ce mois-ci, de la difficulté d’établir des relations sexuelles à vingt, vint-cinq et aussi trente ans.
Pendant que je suis dans mes pensées, il s’est battu aux balançoires avec un gamin plus grand que lui. Excuses devant la grand-mère et le toboggan. Morale tirée des Télétubbies du genre « il faut partager », « un jeu sans amis n’est pas un jeu ». Ensuite, sourire en coin à la dame et passage au confessionnal pendant que je nettoie la poussière collée sur le col du maillot, dans les cheveux.
‑Pourquoi tu as fait ça ?
‑Ça quoi ?
‑Pourquoi tu t’es battu avec ce gamin ?
‑Parce que lui, il m’a frappé.
‑Mais tu l’as frappé avant.
‑Et bien alors je l’ai frappé parce que je ne veux pas que Cristina naisse.
Les liens.
Le parc offre peu de jeux pour les enfants et ceux qu’on y trouve gisent, déglingués, en attendant que la municipalité se décide à les rénover. J’ai demandé à Mario s’il voulait rentrer à la maison et au début il n’a pas répondu. Peu après, il dit qu’il est un peu fatigué, me demande si je peux le prendre dans mes bras et partir, mais la sacrée moto pèse son poids et, pour couronner le tout, elle ne dispose d’aucune poignée pour que je puisse la pousser debout.
‑Et si on faisait une course jusqu’à la maison ? Moi à pied et toi sur la moto.
‑C’est que je suis très fatigué.
‑Oui, mais… Ecoute : tu me donnes la main et on marche tous les deux, d’accord ? Parce que la moto, il faut l’emporter.
Sur le chemin du retour, je veux des chips, arrêts pour faire pipi, désirs de retourner au parc, aveux juré craché sur qui est l’oncle préféré (ce n’est pas moi). Je regarde le bon côté des choses et je me persuade qu’en traînant ainsi, ma sœur et mon beau-frère ont pu avoir quelques minutes de plus pour eux. C’est lui et personne d’autre qui doit appeler à l’interphone. J’abandonne la moto. Je le prends dans mes bras pour monter. Depuis l’entrée on aperçoit ma sœur devant la porte ouverte, au premier étage, un sourire dans les yeux.
‑Et alors, le couple ? Vous êtes allés où ? au parc ?
‑Oui, pas vrai ?
‑Si, et je me suis battu avec un enfant.
‑Et pourquoi ça ?
‑Pour rien.
‑Parce qu’il ne me laissait pas monter sur la balançoire.
‑Ah ! Vous êtes déjà là ? Mario, tu sais quoi ?:pendant que vous étiez au parc Cristina a encore donné trois coups de pieds. Si tu savais comme on a eu peur.
Mario observe le ventre de ma sœur. Ma sœur regarde mon beau-frère. Et mon beau-frère Mario. Je décide que ça suffit pour aujourd’hui et que je repasserai la semaine prochaine. Ils veulent que je reste dîner. Mario aussi. Je dis non, vraiment, en plus je veux aller au cinéma ou faire un tour chez Nuria. Mon beau-frère me dit au-revoir en m’appliquant quelques tapes dans le dos et sort une plaisanterie qui n’amuse que Lourdes. Dis au-revoir à Mario, celui-là, il est déjà en train de jouer dans sa chambre, ferme la porte en bas parce qu’elle reste toujours ouverte, deux bises, et pendant que je descends l’escalier, des chuchotements de plus en plus forts, des rires, des courses dans le couloir, de petits silences, ma sœur qui crie, une gifle sonore, connard toi et maman, je ne veux pas que vous soyez mes parents, ce gosse est con et d’autres choses du même genre.



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