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Cuba | Adriel Gómez - La cadena - La chaîne
Adriel Gómez (Cuba)


La cadena


Cuando el hombre finge que
Está muerto, a través de
Esa simulación no miente
Sino es la verdadera y
Perfecta imagen de la vida
Shakespeare. “Falstaff”


No sé si allá‚ del otro lado‚ esos reporteros comprenderán que hoy‚ precisamente hoy, no quiero salir al proscenio. Cuando me vean parado allí no sabrán que estoy escapando de las historias escritas por otros para mí, la mayoría de las veces sin contar conmigo; ni sabrán mi origen -o acaso lo olvidarán conscientemente (los que lo sepan); es decir, no sabrán de la cadena con la que le saqué un ojo al hijo de puta de mi padrastro‚ ladrón de la pensión que me dejara mi difunto padre. El muy sinvergüenza nunca se preocupó por abrir un libro‚ desgraciado infeliz en su incultura‚ incapaz de comprender que a mi edad se pudiera leer tanto y se pudiera uno entretener resolviendo problemas matemáticos aunque sólo fuera para olvidar las palizas que el muy hijo de puta le daba a mi madre... que el muy cabrón me daba‚ porque yo sentía cada cintazo en la espalda de mi madre como ella sentía los míos‚ hasta que me harté del dolor. Esos reporteros van a ignorar los detalles más oscuros de mi vida rancia‚ la que escondí detrás de los telones del escenario, la que yo escribí con mis manos llenas de la desesperación de mis víctimas, de sus ruegos y de sus gritos de horror.

Mi vida ha transcurrido sin yo notarlo. La muerte está cercana; pero la muerte de verdad, la que pude constatar en otros, no la que ensayé con agotadoras sesiones. No la apresuremos. Es posible retardarla. Tengo un buen retiro, una pensión envidiable; seguramente se acercarán para extenderme contratos jugosos, tentándome con ofertas como tentaron otros mi voracidad de criminal. Mi vida ha sido una cadena de muertes brevísimas, inciertas, ensayadas, aprendidas; otras me alarmaron con su quietud‚ otras más convencionales ocurridas fuera del escenario. Siempre preferí el convencimiento de lo natural. Por eso miro la tranquilidad de mis cadáveres.

Nunca me pregunté qué se siente al maquillar un cadáver. Luces. Motas de algodón para empolvarme. Pintura para enrojecerme labios y pómulos. Peinados. Mi vida se deslizó al filo de lo real. Luces que deslumbran, y sólo oscuridad del otro lado. Digo motas de algodón, y pintura para enrojecerme‚ y me acuerdo de aquel complejo antes de decidirme a pisar el escenario (temía que allá en el reformatorio me tomaran por un gay si podía imponer el orden por el miedo, yo, el más capacitado, el más hábil). Peinados que no siguieron modas; peinados que las influyeron. Mi vida se refugió en una cadena de vidas aparenciales, aprendidas, ensayadas, breves. Hoy quieren homenajearme por el transcurso de mi vida. Habrá una salva de aplausos. Haré que se demore. Habrá una carcajada envidiosa‚ inaudible‚ y por encima un grito de “Bravo!”. Haré que se demoren. Lo más probable es que se adelante una modelo‚ y yo me fijaré en sus estrechas caderas‚ entalladas por un vestido ajustado‚ y me concentraré en el roce de nuestras mejillas cuando nos apresuremos a imitar un beso. ¿Debería demorarme entonces‚ después de tanto tiempo? Voy a oir las voces de mis vidas aparenciales. Voy a mirar otra vez en cada rincón de mi refugio‚ desde el mismo principio‚ como lo haría el retratista de un anciano próximo a morir‚ un artista empeñado en descubrir arrugas bajo el polvo del maquillaje para leer los eslabones más importantes.

Odiseo se sienta en un banco del reformatorio infantil.

Me echa una mirada bárbara inyectada de sangre. Su barba tiene veinte años de espera igual que la mía. Al verlo sé que no me costará ningún trabajo meterme en su piel. Mataste cincuenta hombres para conservar a Penélope. Espectacular final el de tu condena ¡Durísimo! Pero para comenzar la mía bastó partirle la cara al agente que vino a llevarme por lo de mi padrastro‚ y lo hice con la misma cadena que después extrañé tanto en el reformatorio infantil‚ porque la barra de hierro con la que me defendí todos aquellos años‚ no tenía la misma soltura. Era un objeto rígido como el caminar del director del reformatorio y tuve que matar con esa barra a un jodedor‚ un atravesado que no podía esperar mucho de un traficante interno como yo desdoblado en lector de Homero‚ ¿dónde se han visto contrabandistas poetas‚ bicho? Y me puso en peligro diciendo que una carga importante se había perdido por mi culpa y me acordé de tu lanza de Troya‚ y no paré hasta joderle el pulmón con la barra‚ después de limarla hasta sacarle punta. Empecé a navegar tus aventuras‚ o desventuras; escuché el canto de las sirenas amarrado al poste de los suplicios‚ me enfrenté a Escilas y Caribdis‚ dejé ciego a Polifemo. Tuve que esperar casi veinte años para construir tu Caballo de Troya con la ayuda del bibliotecario Ham, cancerbero de nuestras noches, calculador como yo y soñador de riquezas. Me contaste que en el Hades acababas de ver a Tiresias “¿Y qué te dijo?” - te pregunté. “Que dentro de poco oirás aquella canción de un autor con bufanda‚ o sin ella (eso no pudo adivinarlo)‚ en la que se afirma que veinte años no es nada” A veces me duele recordar la expectativa impuesta por tu mensaje. Ahora comprendo que no podían ayudarme‚ ni tú ni el comemierda de Tiresias‚ dormido en su eterno infierno y pronosticando zodíacos para futuros arrepentidos. Yo estaba condenado por la cadena‚ ¿te das cuenta? Debí dejar que me mataran antes de seguir leyendo‚ o ayudando a Ham en el inventario de sus libros‚ antes de seguir fingiendo muertes en cada acto dramático organizado por el plan cultural del reformatorio; antes del día de la inspección‚ cuando al director se le ocurrió preparar una representación en grande‚ y decidió incluirnos‚ y yo maté cincuenta pretendientes al filo de lo real‚ disimulando en cada gesto el arte del crimen verdadero. Lo hice tan bien‚ llamé tanto la atención, que al fin tuve entre las manos el Caballo de Troya bajo el calificativo de actor.

Subsistir es la palabra apropiada para justificar el ingreso en los espacios de un viejo teatro, donde hay muchas vidas, y donde el tiempo no es uno si no el de todas ellas, y transcurre con la ligereza de un calendario corrompido.

Hamlet entró en mi camerino después de convencer a todos de nuestra vieja amistad. No tenía noticias suyas desde mis tiempos en el reformatorio. “Hablar de la muerte como representación no deja de estar del lado de lo imposible” -me dijo- “Yo estaría por la vertiente de los números complejos, y sus fórmulas en pizarras académicas serían la tentativa; o peor...el cuadro blanco de Malevich. En todo caso vivimos una época en que la dramaturgia muchas veces nace de la muerte y va hacia ella misma. La dramaturgia anuncia su fin...¿serías capaz de anteponer la metáfora a la angustia?” “¿Y ese discurso‚ Ham? Y me respondiste que "allá afuera hay dos tipos buscándote‚ una pareja de contratistas‚ bien informados de que este teatro de mala muerte sólo deja pérdidas". Vinieron a asegurarnos que un buen tiro de revólver podía resolverme algunos problemitas de bolsillo. Te respondí que yo nada más mataba al arma blanca, ¿no te acuerdas, Ham?, lo que en términos de colores emblemáticos expresaba la pureza de mis instintos. “Qué anticuado eres. Tienes que correr al ritmo de los tiempos; piensa en la suerte que tienes al vivir ahora. Hace poco, Macbeth y yo tratamos el mismo tema, y el pobre se lamentaba por no haber tenido una metralleta a mano". Entonces me doy cuenta de que mataste a Polonio‚ a Laertes y al rey con espadas y dagas; con un arma de fuego la cosa hubiera sido más fácil porque tu tal duda era el miedo a enfrentarlos, así directamente‚ como yo lo hice‚ y lo seguiré haciendo. Estás pensando en las ventajas de un disparo en la oscuridad‚ la oportunidad que no tuviste‚ el sabor de una muerte calculada. Y todavía te atreviste a decir que tú eras demasiado difícil para mí. Los tipos aseguran que será una acción sin complicaciones‚ menos excitante‚ pero también menos acusadora. “Lo siento‚ ahora estoy en otra cuerda” - te dije. “Bastante floja‚ por lo que veo” -respondiste. Y me aseguraste‚ "esto si que te va a levantar presión; eso($­­­­­­­) nunca está de más". No querías reconocer el riesgo que se esconde detrás de una experiencia frustrante. Yo podía dar un salto atrás‚ a la cárcel‚ a las galeras y las celdas. “Yo te saqué de allí” “Tú solo no” “De acuerdo‚ pero fui uno de los que más te ayudó a salir. Creo que no vas a perder nada con empaparte las manos de sangre otra vez. Al contrario”...Y yo no te reconocí oyéndote hablar de no sé cuál misión para librar al mundo de un político parásito‚ uno más, con el pecado‚ entre otros pecados‚ de no haber contemplado en su programa una ayuda para financiar proyectos teatrales‚ y que entendías mi vacilación‚ viéndome poner reparos porque‚ “en fin ‚ la muerte por los ideales (y había la posibilidad de morir) ya no resultaba atractiva por ser cosa de elegidos”‚ y yo soy un pobre diablo que se desgañita los fines de semana metido en pieles de segunda. Así que...piénsalo de todas maneras. Estás curado contra el horror de la violencia; hemos estado en tantas escenas ¿no?” Y desapareciste como habías llegado‚ en silencio...

Hice esperar a los contratistas un par de noches‚ y cuando me entrevisté con ellos se me ocurrió justificarme diciéndole que las ocupé en componer mortalidades ficticias. Me sonrieron despectivamente los hermanos James‚ con sus sombreros del Oeste llenos de polvo‚ tan ridículos bajo las medialuces de las calles afaroladas‚ y comprendí lo que esas torceduras faciales daban a entender: que todas mis muertes reales o fingidas‚ habían sido pura chapucería. “Ahora vas a trabajar en serio‚ boy ; dos balas de plata en nuestros coles respectivos y la muerte viajará hasta el cerebro de un tipo en limusina descapotable‚ mañana‚ cuando el sol se esté poniendo”. Les respondí:” No tengo práctica”; se miraron‚ me miraron‚ me preguntaron si había olvidado el libreto de la Guerra de Troya‚ porque la flecha que mató a Aquiles estuvo dirigida por una mano potente‚ por un camino recto‚ una bien planificada trayectoria‚ y yo no era quién para desconfiar del poder divino. “Pasado mañana queremos ver la noticia en el Baltimore Sun‚ boy; entonces tendrás los mil dólares y una tarjeta American Express. Al regresar al camerino y mirarme en el espejo‚ vi que mis ojos eran dos rayitas como los de los hermanos James‚ y tuve al otro día una actuación difícil‚ sudando una doble interpretación bajo los rayos de aquella tarde‚ en la azotea del teatro desde donde se ve bien la avenida por la que iba la limusina descapotable; sudando mientras le apuntaba al cráneo de mi víctima que me vio y murió señalándome (no sé por qué) cuando las dos balas de plata penetraron su entrecejo‚ una detrás de la otra. Un poeta antiguo‚ exaltado y cursi‚ diría que del sol moribundo de esa tarde rosácea‚ brotaron la luz y el calor del resto de mis días sobre la tierra‚ porque era un sol con muchos hijos‚ uno para cada una de las jornadas agotadoras‚ las de los ensayos diurnos con derrames de energía para honrar mis noches de actuaciones; pero mi biógrafo dirá solamente que nunca me descubrieron‚ que yo nunca estuve allí‚ disparando‚ y después huyendo por un elevador emergente para salir al sótano desde donde se puede acceder directamente al escenario‚ y aparecer delante de todos‚ libre de culpas y gritar: ¡Soy puro‚ soy puro‚ soy PURO!

Desde entonces he modulado la acción de mi garganta: he sonorizado voces de hombres muertos en guerras, por enfermedades y por mentiras de amor. He conocido muchas muertes: la de las espadas‚ la de los venenos‚ la de los miedos y las balas.

Ha sido una cadena con eslabones de oro.

Cuando vi a Jean Paul Sartre me dio la impresión de que le sería difícil concentrar la mirada. Su mirada es más compleja que la de Odiseo‚ que la de Hamlet. Observa a la vez la existencia y la esencia; y me descubre como esencialmente criminal. Luego me induce a interpretar su personaje del camarero en la obra Puerta Cerrada. “SI lo haces te garantizo representaciones a teatro lleno por lo menos durante veinte años”- me dijo. Y he conducido sus personajes a la muerte‚ me he apropiado de Caronte‚ y por eso quieren hoy homenajear mi disfraz con ruido de bombos y platillos. Saben los reporteros que no puedo hablar porque tengo cáncer en la garganta‚ que he sido amante de quince actrices famosas y de no menos de veinte aspirantes; tengo una mansión cerca de Straford-upon-Avon y algunas acciones en la Mitsubishi y un ligero tufo sobacal porque prefiero los platos excesivos en condimentos y el desodorante no me asienta.

Pero no saben que la cadena con la que le saqué el ojo al hijo de puta de mi padrastro está debajo del asiento del camerino‚ y que la policía quizás necesite un curso de existencialismo para descubrir mi esencia.

Y me pregunto‚ ¿por qué no?
Voy a salir al escenario.




La chaîne


Quand l’homme feint la mort,
Le simulacre n’est pas mensonge
Mais la véritable et parfaite
Image de la vie
Shakespeare. "Falstaff"


theatre.jpg Je ne sais si là-bas, de l’autre côté, ces journalistes comprendront qu’aujourd’hui, précisément aujourd’hui, je n’ai aucune envie de monter sur scène. Quand ils me verront là, debout, ignorant que j’échappe désormais aux histoires écrites par d’autres pour moi, la plupart du temps sans mon accord, ils ne sauront rien non plus de mon origine –ou peut-être l’oublieront-ils consciemment (ceux qui la connaissent) ; ils ne sauront donc rien de la chaîne avec laquelle j’ai arraché un œil à mon salopard de beau-père, voleur de la pension que m’avait laissée mon père défunt. Cette espèce d’escroc n’avait jamais eu l’idée d’ouvrir un livre, pitoyable malheureux dans son inculture, incapable de comprendre qu’à mon âge on soit capable de lire autant et qu’on puisse passer son temps à résoudre des problèmes de mathématiques, ne fût-ce que pour ne plus penser aux raclées que le salaud donnait à ma mère… que cette ordure me donnait, parce que je sentais chaque coup de ceinture sur le dos de ma mère comme elle sentait les miens, jusqu’au jour où j’ai cessé d’accepter la douleur. Ces journalistes vont ignorer les détails les plus obscurs de mon ancienne vie, celle que j’ai cachée derrière les rideaux de scène, celle que j’ai écrite avec mes mains pleines du désespoir de mes victimes, de leurs prières et de leurs cris d’horreur.

Ma vie s’est écoulée sans que je le remarque. La mort est proche, mais la mort vraie, celle que j’ai pu constater chez les autres, pas celle que j’ai répétée en d’épuisantes séances. Ne la pressons pas. Il est possible de la retarder. J’ai une bonne pension, un endroit agréable où me retirer, certainement on viendra me proposer des contrats juteux, me tenter, comme d’autres ont tenté ma voracité de criminel. Ma vie a été une chaîne de morts très brèves, incertaines, répétées, apprises ; d’autres m’ont effrayé par leur quiétude, d’autres plus conventionnelles qui ont eu lieu hors de la scène. J’ai toujours préféré convaincre par le naturel. C’est pour cela que j’observe la tranquillité de mes cadavres.

Je n’ai jamais pensé à ce qu’on pouvait bien ressentir lorsqu’on maquille un cadavre. Lumières. Boules de coton pour me poudrer. Rouge pour colorer mes lèvres et mes pommettes. Coiffures. Ma vie a glissé sur le fil du réel. Lumières aveuglantes et seulement l’obscurité de l’autre côté. Je dis boules de coton, et rouge à lèvres, et je me souviens de cette hésitation à monter sur scène (je craignais que là-bas, au Centre, on ne me prenne pour un gay, alors que je pouvais imposer l’ordre par la peur, moi, le plus expérimenté, le plus habile). Des coiffures qui n’ont suivi aucune mode ; des coiffures qui l’ont influencée. Ma vie s’est réfugiée dans une chaîne de vies d’apparences, apprises, répétées, brèves. Aujourd’hui on veut rendre hommage à mon parcours, à ma vie. Il y aura une salve d’applaudissements. Je la ferai durer. Il y aura un éclat de rire jaloux, inaudible, et par-dessus un cri, « Bravo ! ». Je les ferai attendre. Il est plus que probable qu’un mannequin s’avancera vers moi, mon regard ira se poser sur ses hanches étroites, sculptées par une robe ajustée, et je savourerai le frôlement de nos joues quand nous nous dépêcherons d’imiter un baiser. Devrais-je alors attendre encore, après si longtemps ? Je vais entendre les voix de mes vies d’apparence. Je vais encore fouiller chaque recoin de mon refuge, depuis le début même, comme le ferait le portraitiste d’une personne âgée aux portes de la mort, un artiste déterminé à débusquer les rides sous le maquillage afin de déchiffrer les maillons les plus importants.

Ulysse s’assied sur un banc du Centre de redressement.

Il me jette un regard sauvage injecté de sang. Sa barbe a vingt ans d’attente tout comme la mienne. Lorsque je le vois je sais que je n’aurai aucun mal à me glisser dans sa peau. Tu as tué cinquante hommes pour garder Pénélope. Spectaculaire final de ta vie condamnée. Très fort ! Pour commencer la mienne, moi, il m’a suffit d’ouvrir la tête de l’agent venu me chercher pour l’histoire de mon beau-père, et je l’ai fait avec la même chaîne qui m’a tellement manquée ensuite au Centre, parce que la barre de fer avec laquelle je me suis défendu toutes ces années-là n’avait pas la même souplesse. C’était un objet rigide comme la démarche du directeur du Centre et il m’a fallu tuer avec cette barre un emmerdeur, un tordu qui ne devait pas s’attendre à ça d’un trafiquant du Centre comme moi, doublé d’un lecteur d’Homère, est-ce qu’on a jamais vu des contrebandiers poètes, animal ? Et il m’a mis en danger quand il a dit qu’un chargement important s’était perdu par ma faute et je me suis souvenu de ta lance de Troie, et je n’ai pas cessé de frapper avant de lui avoir crevé le poumon avec la barre patiemment limée en pointe. J’ai commencé à naviguer dans tes aventures, ou mésaventures ; j’ai écouté le chant des sirènes attaché au poteau des supplices, j’ai affronté Charybde et Scylla, j’ai aveuglé Polyphème. J’ai dû attendre presque vingt ans pour construire ton Cheval de Troie avec l’aide du bibliothécaire Ham, cerbère de nos nuits, calculateur comme moi et rêveur de fortunes. Tu m’as raconté qu’au royaume d’Hadès tu venais de voir Tirésias « Et qu’est-ce qu’il t’a dit ? » - t’ai-je demandé. « Que d’ici peu tu entendras cette chanson d’un auteur avec une écharpe, ou sans (ça il n’a pas pu le deviner), dans laquelle on affirme que vingt ans ne sont rien ». Parfois je souffre quand je me rappelle l’attente qu’imposait ton message. Maintenant je comprends que vous ne pouviez m’aider, ni toi ni cet abruti de Tirésias, endormi dans son enfer éternel et déclamant des horoscopes pour des futurs pleins de remords. Moi j’étais condamné par la chaîne, tu te rends compte ? J’ai dû les laisser me tuer avant de lire à nouveau, ou, aidant Ham dans l’inventaire de ses livres, avant de continuer à feindre des morts au cours de chaque représentation théâtrale organisée par le plan culturel du Centre ; avant le jour de l’inspection, quand le directeur a eu l’idée de préparer une représentation grandiose, et qu’il a décidé que nous en ferions partie, et moi j’ai tué cinquante prétendants, à la limite du réel, dissimulant dans chaque geste l’art du crime véritable. J’ai tellement bien joué, j’ai fait une telle impression, qu’enfin j’ai eu entre les mains le Cheval de Troie, j’étais un acteur.

Subsister est le mot juste pour expliquer mon entrée dans les espaces d’un vieux théâtre, peuplé de tant de vies, où le temps n’est pas un mais celui de toutes ces vies, et passe avec la légèreté d’un calendrier déréglé.

Hamlet est entré dans ma loge après avoir convaincu tout le monde de notre vieille amitié. Je ne savais plus rien de lui depuis ma période du Centre. « Parler de la mort comme représentation, c’est demeurer du côté de l’abstraction » -me dit-il. « Moi je pencherais plutôt pour les nombres complexes, et leurs formules sur des tableaux noirs seraient l’ébauche ; ou pire… le tableau banc de Malevitch. En tous cas nous vivons une époque où la dramaturgie naît souvent de la mort et va vers elle. La dramaturgie annonce sa fin… tu serais capable de faire passer la métaphore avant l’angoisse ? » « Qu’est-ce que c’est que ce discours, Ham ? Et tu m’as répondu que « là-bas dehors il y a deux types qui te cherchent, deux commanditaires, bien informés du fait que ce misérable théâtre ne rapporte que des dettes ». Ils sont venus nous assurer qu’un bon tir de revolver pouvait résoudre quelques petits problèmes de trésorerie. Je t’ai répondu que je ne tuais plus qu’à l’arme blanche, tu ne t’en souviens pas, Ham ?, ce qui dans le symbole des couleurs exprimait la pureté de mes instincts. « Qu’est-ce que tu es vieux jeu. Tu dois suivre ton époque ; pense à la chance que tu as de vivre maintenant. Il y a peu, Macbeth et moi évoquions le même sujet, et le pauvre regrettait de ne pas avoir disposé d’une mitraillette ». Alors je réalise que tu as tué Polonius, Laertes et le roi avec dagues et épées, qu’avec une arme à feu la chose aurait été plus facile parce que ton soit-disant doute était la peur de les affronter, ainsi, directement, comme moi je l’ai fait et je continuerai de le faire. Tu penses aux avantages d’un tir dans l’obscurité, l’occasion que tu n’as pas eue, la saveur d’une mort calculée. Et tu as encore osé dire que tu étais trop difficile pour moi. Les types assurent que ce sera une opération sans complications, moins excitante, mais aussi moins risquée. « Je regrette, maintenant j’ai changé de registre » je t’ai dit. « Le registre des faillites, à ce que je vois » tu as répondu. Et tu m’as assuré, « C’est ça qui va soulager la pression ; ça($­­­­­­­) ça ne se refuse pas ». Tu ne voulais pas reconnaître le risque que comporte une expérience frustrante. Et si je revenais en arrière, si je me retrouvais au temps des prisons, des galères et des cellules ? « Je t’ai sorti de là » « Tu n’étais pas seul » « D’accord, mais j’ai été l’un de ceux qui t’ont le plus aidé à en sortir. Je crois que tu n’as rien à perdre à tremper encore tes mains dans le sang. Au contraire »… Et je ne t’ai pas reconnu quand je t’ai entendu parler de je ne sais quelle mission pour libérer le monde d’un politique parasite, un de plus, souillé du péché, entre autres péchés, de ne pas avoir prévu dans son programme le financement des projets théâtraux, et que tu comprenais mon hésitation, en écoutant mes objections parce qu’ « enfin, la mort pour les idéaux (et la possibilité de mourir était réelle) n’était plus attirante car elle était devenue le domaine réservé des élus », et moi je suis un pauvre diable qui s’égosille les fins de semaine dans la peau de personnages de second ordre. De sorte que… à y réfléchir, de toutes façons. Tu es vacciné contre l’horreur de la violence ; nous nous sommes trouvés ensemble dans tant de scènes, n’est-ce pas ? Et tu as disparu comme tu étais venu, en silence…

J’ai fait attendre les commanditaires deux nuits et quand je me suis entretenu avec eux j’ai pensé me justifier en leur disant que j’avais occupé ces nuits à composer des mises à mort fictives. Les frères James m’ont souri avec mépris, leurs chapeaux du far West pleins de poussière, tellement ridicules sous la lumière tamisée de l’éclairage urbain, et j’ai compris ce que ces sourires en biais signifiaient : que toutes mes morts réelles ou feintes n’avaient été que du bricolage. « Maintenant tu vas travailler sérieusement, boy ; deux balles d’argent dans chacun de nos colts et la mort ira jusqu’au cerveau d’un type en limousine décapotable, demain, à la tombée du jour
». Je leur ai répondu : « je n’ai pas l’expérience » ; ils se sont regardés, m’ont regardé, m’ont demandé si j’avais oublié le texte de la Guerre de Troie, parce que la flèche qui avait tué Achille avait été tirée par une main puissante, avait suivi un chemin droit, une trajectoire bien planifiée, et ce n’était pas à moi de manquer de confiance dans le pouvoir divin. « Après-demain nous voulons voir la nouvelle dans le Baltimore Sun, boy ; alors tu auras les mille dollars et une carte American Express ». Lorsque je suis revenu dans ma loge et me suis regardé dans le miroir, j’ai vu que mes yeux étaient deux petites fentes comme ceux des frères James, et j’ai donné le lendemain une représentation difficile, suant une double interprétation sous les rayons de cet après-midi-là, sur la terrasse du théâtre d’où l’on voit bien l’avenue dans laquelle avançait la limousine décapotable ; suant pendant que je visais le crâne de ma victime qui m’a vu et qui est morte en me montrant (je ne sais pourquoi) quand les deux balles d’argent ont pénétré entre ses deux yeux, l’une derrière l’autre. Un poète ancien, exalté et démodé, dirait que du soleil moribond de cette soirée teintée de rose jaillirent la lumière et la chaleur du reste de mes jours sur terre, parce que le soleil était là avec ses enfants, nombreux, un pour chacune de mes journées épuisantes, celles des répétitions le jour, où je mettais toute mon énergie afin d’honorer mes représentations du soir ; mais mon biographe dira seulement qu’on ne m’a jamais découvert, que je ne m’étais jamais trouvé là, tirant, fuyant ensuite par un ascenseur de service pour arriver au sous-sol d’où l’on peut accéder directement à la scène, et apparaître aux yeux de tous, totalement innocent et crier : Je suis pur, je suis pur, je suis PUR !

Depuis, j’ai donné à ma gorge des modulations variées : j’ai prêté ma voix à des hommes morts à la guerre, morts de maladie, morts de mensonges d’amour. J’ai connu de nombreuses morts : celle des épées, celle des poisons, celle des peurs et des balles.

Ma chaîne a eu ses maillons d’or.

Quand j’ai rencontré Jean Paul Sartre j’ai pensé qu’il lui serait difficile de fixer son regard, plus complexe que celui d’Ulysse, que celui d’Hamlet. Il observe à la fois l’existence et l’essence ; et il me découvre comme essentiellement criminel. Il me propose donc d’interpréter son personnage du garçon d’étage dans Huis Clos. « Si tu le fais je te garantis des représentations à guichet fermé au moins pendant vingt ans »- me dit-il. Et j’ai conduit ses personnages à la mort, je suis devenu Charon, et c’est pour cela qu’on veut aujourd’hui rendre hommage à mon rôle en grandes pompes. Les journalistes savent que je ne peux pas parler à cause de mon cancer de la gorge, que j’ai été l’amant de quinze actrices célèbres et de pas moins de vingt starlettes ; j’ai une maison de maître près de Straford-upon-Avon, quelques actions Mitsubishi et un léger relent d’aisselles parce que je préfère les plats excessivement épicés et le déodorant ne tient pas sur moi.

Mais ils ne savent pas que la chaîne avec laquelle j’ai arraché l'œil de mon salopard de beau-père se trouve sous le fauteuil de la loge, et que peut être la police aurait besoin d’un cours d’existentialisme pour découvrir mon essence.

Et je me dis, pourquoi pas ?
Je vais entrer en scène



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