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Guatemala | Francisco Albizúrez Palma - Desdes lejos - Vu de loin

Francisco Albizúrez Palma (Guatemala)

 

 

[traduction]

Desde lejos

Son las cinco de la tarde y he terminado mi diaria tarea de limpiar ceniceros, vaciar botes de basura, sacudir escritorios y regar las plantas. He salido a la avenida, y el calor me invade sofocante. Aprieto el paso para llegar pronto a la Biblioteca del Congreso, donde podré disfrutar del aire acondicionado y de algún buen libro. Cuando salga de allí, caminaré despacio por Capitol Hill Avenue, hasta llegar al cuarto donde transcurren mis noches y mis jornadas de descanso. Abriré una botella de vino rosado o un botellín de cerveza negra, mientras ingiero los magros alimentos rutinarios de cada noche. Después, oiré radio, veré televisión, tomaré mi pastilla de diazepan y me iré a la cama.

Y así pasan los días de lunes a viernes, desde hace siete años. Los sábados y los domingos introduzco variaciones que me permiten visitar algún museo, escuchar algún concierto, cambiar impresiones con otros centroamericanos que comparten mi condición de emigrado.

Salvé la vida por un pelo. A decir verdad, yo estaba ignorante del peligro que corría. Sabía, como todos los que por entonces enseñábamos en la USAC, que los ojos de los servicios de espionaje estaban puestos sobre nosotros, y que existían niveles de peligrosidad para medirnos. Pero yo no sentía estar en camino de llegar a ningún nivel riesgoso.

Ciertamente, me daban que pensar las actitudes de mi hijo. Profesor como yo, entre nosotros había un acercamiento por demás íntimo, desde que Delia, mi mujer, falleció hace una docena de años. Pero esa cercanía como que se había empezado a fracturar, y existían zonas oscuras sobre las cuales yo carecía de noticias. Lionel, profesor de la facultad de odontología, había cambiado sus horarios. Con frecuencia llegaba muy tarde a la casa, y cuando nos encontrábamos a media mañana para tomar café, yo percibía que su atención andaba muy distante de aquello sobre lo cual hablábamos. Yo, que pasé por la universidad sin meterme en actividades políticas, y que me dedicaba íntegramente a mis cátedras y al laboratorio, pensaba que Lionel seguía mi ejemplo, y no sospechaba que sus quehaceres prioritarios ya no eran los académicos.

Vine a darme cuenta de la realidad cuando lo desaparecieron. Un pariente de mi mujer, oficial del ejército, bien conectado con la G2, me reveló los niveles de compromiso que Lionel había adquirido con el movimiento insurgente. Estaba metido hasta el cogote en la lucha armada, y, me dijo el pariente de Delia, de esa no lo salva nadie. « Mire doctor, me aseveró el oficial, lo mejor es que agarre sus telenques y se vaya a la mierda. Si no, a usted también se lo van a llevar ».

¿Qué podía hacer yo ? ¿Empezar el itinerario por morgues y supuestos cementerios clandestinos ? ¿Interponer ineficaces recursos de exhibición personal ? ¿Incorporarme a algún grupo de resistencia y arriesgar el pellejo por una causa en la cual no creía ?

Vistas así las cosas, mi ancla de salvación estaba en el pasaporte. En él había estampada una visa permanente que me permitía entrar y salir de Estados Unidos sin ninguna limitación. Contaba con algún amigo en Washington, y estaba seguro de obtener ayuda.

Así que, dos días después del aviso recibido, volé hasta esta ciudad. El amigo en quien confiaba ya no vive aquí : empecé a buscar contactos con emigrados, quienes pronto me consiguieron un estatus de refugiado político.

Mientras tanto, uno de los hermanos de mi mujer, en quien yo había depositado un mandado con representación total, empezaría los trámites de mi jubilación con la universidad. Un trámite largo y sinuoso, pero que me permite recibir cada mes unos cuatrocientos dólares que no me caen mal.

Lo del trabajo en el edificio fue resultado de la ayuda de un par de salvadoreños con quienes he trabado gran amistad. Por supuesto que me ayudó el conocimiento del inglés, gracias al cual no me fue difícil memorizar las rutinas cotidianas. Y por ese factor idiomático, puedo aumentar mis ingresos haciendo traducciones que de vez en cuando me consiguen los amigos guanacos.

¿Qué supe de Lionel ? Lo mismo que han sabido tantos y tantos parientes de desaparecidos : nada. El militar pariente de mi mujer perdió sus contactos con los servicios de inteligencia, pues lo remitieron a una lejana base en el interior del país. No quedaba más remedio que apechugar, y aceptar la realidad aunque fuera amarga.

No faltan quienes me proponen regresar a Guatemala, e inclusive reinsertarme en la Universidad. Pero no. Allá las cosas no cambian ; no tengo casi parientes ; y ya me acostumbré al american way of life. Además, buena falta me harían los museos, los conciertos, los ballets, y la belleza de esa capital del imperio.

Como no creo en la otra vida, trato de sacarle fruto a cada instante de mi esistencia. Vivo egoístamente, es cierto, pero no creo que haya un Juez Supremo que vaya a pedirme cuentas, y me parece que nadie en esta tierra tiene potestad para juzgarme.

Tranquilo, pues. Tranquilo. En todo caso, le brindé un hijo a una causa que fracasó, pero que talvez hubiera cambiado un poco las cosas. Lo demás es lo de menos.


 

Vu de loin

desde_lejos.jpgIl est dix-sept heures et j'ai terminé mon travail quotidien qui consiste à vider les cendriers, épousseter les bureaux et arroser les plantes. En sortant sur l'avenue, la chaleur me saisit, étouffante. Je presse le pas afin d'arriver rapidement à la Bibliothèque du Congrès où je pourrai profiter de la climatisation et d'un bon livre. Quand j'en sortirai, je marcherai lentement dans Capitol Hill Avenue, jusqu'à la chambre où je passe mes nuits et mes jours de repos. J'ouvrirai une bouteille de vin rosé ou une petite bière brune pour accompagner les maigres aliments que j'avale chaque soir, par routine. Ensuite, j'écouterai la radio, je regarderai la télévision, je prendrai mon comprimé de diazépam et j'irai me coucher.

Et c'est ainsi que passent mes jours, du lundi au vendredi, depuis sept ans. Le samedi et le dimanche, je m'autorise quelques changements, je visite un musée, je vais écouter un concert ou échanger des impressions avec d'autres Centraméricains qui partagent ma condition de réfugié.

Il s'en est fallu de peu que je ne perde la vie. A vrai dire, j'ignorais le danger que je courais. Je savais, comme tous les enseignants de l'USAC, que les services secrets nous avaient à l'oeil et que nous étions classés selon la menace que, selon eux, nous représentions. Mais moi, sur cette échelle du danger, je ne m'imaginais pas sur le point d'atteindre un niveau de risque quelconque.

Certes, l'attitude de mon fils me préoccupait. Professeur comme moi, il y avait de plus entre nous une très grande intimité depuis que Delia, ma femme, était décédée une douzaine d'années plus tôt. Mais il semblait que cette intimité avait commencé à se fissurer, et il y avait des zones d'ombre d'où j'étais exclu. Lionel, professeur à la faculté d'odontologie, n'avait plus les mêmes horaires. Souvent, il rentrait très tard à la maison, et quand nous prenions un café, dans la matinée, je voyais bien que son attention était très loin de ce dont nous parlions. J'avais mené une carrière universitaire sans me mêler de politique, je me consacrais entièrement à mes cours et au laboratoire, et je pensais que Lionel suivait mon exemple, je n'imaginais pas que ses activités prioritaires ne concernaient plus l'enseignement.

Je dus me rendre à l'évidence lorsqu'il fut enlevé. Un parent de ma femme, officier dans l'armée qui avait de bons contacts avec le G2, me révéla à quel point Lionel était engagé dans le mouvement d'insurrection. Il était mouillé jusqu'au cou dans la lutte armée, et, me dit le parent de Delia, au point où il en est personne ne peut le sauver. "Écoutez docteur, m'affirma l'officier, le mieux c'est que vous preniez vos cliques et vos claques et que vous alliez vous faire voir ailleurs. Parce que vous aussi, on viendra vous chercher".

Et qu'est-ce que je pouvais bien faire, moi? Aller de morgue en hypothétique cimetière clandestin? Introduire en justice d'inefficaces recours? M'engager dans un groupe de résistance et risquer ma peau pour une cause à laquelle je ne croyais pas?

Tout bien pesé, mon passeport était ma bouée de sauvetage. J'avais un visa permanent qui me permettait d'entrer et de sortir des États-Unis sans aucune restriction. J'avais un ami à Washington et je pouvais compter sur son aide, j'en étais sûr.

C'est ainsi que deux jours après la mise en garde je m'envolai pour cette ville. L'ami sur lequel je comptais avait déménagé: je pris contact avec les émigrés qui m'obtinrent rapidement le statut de réfugié politique.

Entre-temps, l'un des frères de ma femme, à qui j'avais confié une procuration, devait entamer les démarches afin de faire valoir mes droits à la retraite de l'Université. Des formalités longues et sinueuses, mais qui me permettent de recevoir chaque mois environ quatre cents dollars qui ne sont pas de trop.

Le travail dans l'immeuble, je l'ai obtenu grâce à deux Salvadoriens avec lesquels j'ai noué une grande amitié. Bien sûr, la connaissance de l'anglais m'a facilité la tâche, de sorte qu'il ne m'a pas été difficile de mémoriser les routines quotidiennes. De plus, je peux augmenter mes revenus grâce à des traductions que les amis d'Amérique Centrale m'obtiennent de temps à autre.

Ce que je sais de Lionel? Ce que savent tant et tant de parents de disparus: rien. Le militaire parent de ma femme a perdu ses contacts avec les services secrets après sa mutation dans une lointaine base de l'intérieur du pays. Je ne pouvais qu'encaisser le coup et accepter la situation, pour amère qu'elle fût.

Nombreux sont ceux qui me proposent de retourner au Guatemala, y compris de reprendre mon poste à l'Université. Non, merci. Là-bas les choses ne changent pas; j'y ai peu de famille; et puis je me suis fait à l'american way of life. De plus, les musées, les concerts, les ballets et la beauté de cette capitale de l'empire me manqueraient beaucoup.

Comme je ne crois pas en une autre vie, j'essaie de profiter de chaque instant de mon existence. Je vis en égoïste, bien sûr, mais je ne crois pas qu'un Juge Suprême me demande des comptes un jour et il me semble que personne ici-bas n'ait autorité pour le faire.

Du calme, donc. Du calme. En fin de compte j'ai sacrifié un fils dans un combat perdu, mais qui, victorieux, eût peut-être un peu changé les choses. Le reste a peu d'importance.


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